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Consulta: Códigos secretos

Los códigos de Planeamiento y de Construcción, deberían dar tranquilidad y facilitar la convivencia. Esto no sucede en Bariloche. La inacción de los funcionarios es una amenaza que atenta contra la paz.


En Bariloche, hay subyacente una tensión que se percibe cada vez que se habla de las arbitrarias irregularidades que se ven físicamente construidas en la ciudad. Son los edificios o loteos que crecen con permisos extemporáneos, resoluciones y disposiciones que sólo conocen unos pocos, los interesados directos y alguna camarilla pequeña.

Más de una vez, en el desgaste de una absurda operatoria se crean agujeros negros que dan lugar a obras que a sabiendas y disgusto de los ciudadanos, quedan perpetuadas como ejemplos de nuestra mediocridad. Cambian los funcionarios, se renuevan y la historia debe reescribirse nuevamente. Y así durante años las cosas no mejoran. Se pasean por el mundo de la promesa fantasiosa. Falta amor a la función en muchos casos. Abundan instrumentos y sistemas para trabajar en la materia pero sistemáticamente se embarullan gracias a la proliferación de los mismos. La falta de transparencia y su casi imposible acceso imposibilita tomar confianza y trabajar ágilmente. Los profesionales deben ser habitantes permanentes de los pasillos municipales para comprender la normativa.

Sólo el personal de planta nos esclarece. Se obligan y adueñan de la verdad. Son esclavos de este sistema precario que los obliga a un trabajo forzoso innecesario. Llevamos más de tres décadas de infructuosos pedidos o intentos de hacer accesible la normativa que regula el crecimiento de la ciudad. Acción que refleja las inversiones y los esfuerzos de la población y que usualmente agotan las iniciativas de inversión. Hemos construido un destino poco atractivo y hasta peligroso que ahuyenta la creatividad sana de los negocios.

El sector privado por medio del Colegio de Arquitectos y Consejo Profesional de Ingeniería ha hecho infructuosos y suaves reclamos que no condujeron a nada. Sabemos que todo termina cuando un funcionario se apiada de nuestra inquietud y decide darnos la esquiva información.
Todo parece indicar que “a río revuelto, ganancia de pescadores” y entonces quienes administran la información discrecionalmente, pueden ser sindicados de aprovecharse deshonestamente de su posición. Esto que no necesariamente es así, se presta a una lectura plagada de desconfianza que también atenta al sano crecimiento. La ausencia de reglas claras no es más que un enorme daño que cubre el ambiente con nubarrones que no presagian riqueza ni paz. En años recientes y con ánimo recaudatorio se implementó un “empadronamiento” de obras irregulares.

Se implementó un inventario disfrazándolo de “moratoria” a efectos de que sea más atractiva, pero lo cierto es que constituyó un engaño del que no saben cómo salir sin que se evidencie la acción oficial errónea que se desparramó. Alguien debe ponerle el cascabel al gato y llamar a las cosas por su nombre. Se hace un daño social que todos aceptamos pasivamente durante años con la eterna promesa de su solución. Ésta no llega nunca y nuestra convivencia se deteriora día a día.

José A. Orol, arquitecto
DNI 10.133.844

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