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La prudencia

Es una de las cuatro virtudes cardinales. Se dice que es la más importante de las cuatro porque las otras dependen de ella, que vincula al sujeto a la medida objetiva de la realidad y lo conecta con el ser de las cosas. Reside en la razón práctica que ordena rectamente nuestro obrar y facilita la elección de los medios conducentes a nuestra perfección.


En el lenguaje corriente se suele considerar prudente a la persona serena, que no se precipita en los juicios, que es ponderada, que suele informarse antes de actuar, considerando los pros y los contras. No se puede considerar prudente a la persona que nunca toma una decisión. Precisamente la prudencia nos indica si la decisión hay que tomarla ya o es más conveniente esperar hasta tener más datos. En modo alguno se puede considerar prudencia a ese “dolce far niente” que dirían los italianos.

Veamos algunos casos en los que claramente vemos que hemos cometido una imprudencia: un adelantamiento en la carretera cuando está prohibido, dejar un fuego encendido, no retirar del alcance de los niños objetos peligrosos para ellos, medicamentos, etc. …En estos casos y otros parecidos tenemos claro cuando hemos sido prudentes y cuando no, aunque no haya ocurrido nada. En otros casos puede ser complicado el discernimiento objetivo.

Siempre hemos de tener en cuenta el estado y condiciones de la persona a la que queremos ayudar y corregir. A modo de ejemplo: ¿Para qué vamos a reprochar y echarle una bronca descomunal a un hijo, nieto, sobrino… porque se ha emborrachado si mientras le dure “la mona” no nos puede escuchar? Lo prudente será esperar a que se recupere y cuando esté en condiciones de escuchar y comprender hacerle ver que con esa conducta, que es reprochable, aparte de la “resaca”, pone en peligro su salud y su vida.

Si nos piden consejo o creemos que tenemos que aconsejar a hijos, nietos… sobre un tema concreto no debemos olvidar que por más prudente, objetivo y sabio que sea nuestro consejo, por encima de todo está la libertad y responsabilidad del sujeto de seguir o no seguir el consejo.
También la prudencia nos puede llevar, si es inevitable, a elegir lo “menos malo” y a su tiempo para evitar males mayores. Un caso: una persona que tiene gangrena en un pie. Será prudente aceptar que lo menos malo es “cortar por lo sano” para salvar la vida (si como profano en medicina he dicho algo incorrecto o inconveniente pido disculpas).

La prudencia abarca a la persona, tanto en su ser material como espiritual. Como virtud hay que cultivarla y ejercerla y como sin la gracia no podemos conseguir nada en el terreno espiritual, los creyentes debemos acudir a los medios de siempre que son la oración y los sacramentos. Los no creyentes no se deben sentir nunca excluidos de practicar las virtudes humanas que son meritorias y propias de todo hombre de bien.

La prudencia puede ser un signo de madurez humana.

Juan Blasco
Foro Independiente de Opinión
http://foroin.wordpress.com

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