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Claves para un amor duradero

(*) Por Alejandro Rocamora Bonilla

El amor es como una carrera de maratón, pero con una salida explosiva como si de una prueba de cien metros lisos se tratara (enamoramiento). Es necesario un cambio de ritmo para ir adaptándose a cada una de las etapas de la vida. De manera similar al deporte, en la pareja, lo importante no es ganar sino llegar a la ‘meta’ del amor duradero y estable. Pero este recorrido no está exento de dificultades e incluso de zancadillas. La vida de pareja es como un tobogán con cuestas que subir y rampas que descender.

Para que un amor sobreviva es necesario que ambos miembros de la pareja cumplan una serie de condiciones imprescindibles:

1) Que se haya favorecido un vínculo maduro en la infancia. El niño que ha tenido una buena vinculación con las figuras paternas y con su entorno, será un buen candidato para establecer una pareja estable. Existen personas que están incapacitadas para una relación amorosa duradera porque no han sentido en ellos mismos los efectos placenteros de esa vivencia; en otras ocasiones, cuando se han producido situaciones muy traumáticas (violencia física, abandono, utilización como una cosa, desvalorización total, etc.) el sujeto pretenderá huir de toda posible unión, pues la vive como una reproducción de las primeras. Es imprescindible posibilitar un marco convivencial sano en el niño, para que éste, después, cuando sea adulto, no sienta a los demás como potenciales enemigos, o perciba todo vínculo amoroso como posible invasor o destructor de su identidad. Un ejemplo: las “relaciones de dependencia” en la infancia, en las que “madre e hijo” forman un todo único e indivisible, difícilmente pueden favorecer el establecimiento de una unión de pareja madura e independiente. La sombra de la dependencia cubrirá toda relación y la ruptura está servida de antemano. Aquí, ¿ha fracasado el amor? No, ha fracaso el sujeto que no ha podido establecer un vínculo sano. En estos caso lo que falla no es el amor sino la condición previa para establecer una relación permanente.

2) Saber elegir pareja. La elección es otro de los momentos decisivos para el futuro del vínculo amoroso. Si nos acercamos al otro/a en un intento de satisfacer un deseo inmediato o paliar algún problema (soledad, incomunicación, salir de la custodia de los padres, demostrar que se es mayor, etc.) habremos firmado de antemano la ruptura. Una relación amorosa no se puede edificar sobre la necesidad, ni tampoco es solucionadora de problemas. El amor es espontáneo e incondicional, no es premeditado, ni mucho menos programado. El amor surge y basta. No obstante, una cosa es cierta: una buena pareja es aquella cuyas características no son ni iguales ni complementarias, sino que tienen “un carácter equivalente”. Es decir, cuando elegimos desde la libertad (sin presiones ni retos) es posible que consigamos a la otra ‘media naranja’, que en su estructura más profunda sea semejante a uno mismo. Así, una persona muy decidida y emprendedora puede enamorarse de otra más indecisa, pero posiblemente más segura en su esfera más profunda, lo que producirá sintonía a la hora de convivir. La seguridad aparente de la primera encaja con la seguridad profunda, de la segunda. Es como mirarse en un espejo. Aquí el amor tiene posibilidades de perdurar. Una conclusión es la importancia del tiempo de noviazgo, donde la pareja puede conocerse a través del intercambio con el compañero. Ambos sujetos deben llegar a un conocimiento profundo, mirándose en el espejo del otro, para tomar la decisión de seguir o cortar. Desde esta perspectiva, “los flechazos” y “el usar y tirar” no son los mejores consejeros para llegar a un amor duradero.

3) Alimentación contínua del amor. El amor, como cualquier experiencia humana, si no se alimenta, muere. Es un proceso dinámico, no estático, que necesita unos cuidados continuos. No comienza y termina en el enamoramiento sino que éste es la puerta que abre la posibilidad de realizar un proyecto común. A este respecto, entre las condiciones indispensables, podemos señalar las siguientes: la capacidad de redescubrir al otro cada mañana y ser sensible a los pequeños cambios cotidianos: un corte de pelo, un vestido nuevo, etc. En los pequeños detalles es con lo que vamos alimentando de forma continua el fuego del amor duradero, para que no se apague.

4) Adaptación. Es una consecuencia de los anteriores puntos. La vida en pareja tiene numerosas “novedades” personales y externas (nacimientos, muertes, enfermedades, etcétera) que son indispensables de ir incorporando con una buena dosis de flexibilidad. Sin una mínima capacidad de renuncia ante los cambios externos, nuestro deseo de construir un amor duradero de pareja será irrealizable.
 
(*) El autor de la columna es psiquiatra. (CCS).

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