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Bloque errático

- TURISGRAFIAS AL PASO - 

Allí está, silencioso testigo protagónico de tiempos lejanísimos, emergiendo desde el fondo de las eras y de la tierra... asomándose apenas, como pispando, tanto en la luz de la superficie como en la historia del hombre... a pesar de su inmovilidad e inercia...


Es una piedra, un trozo de roca, un bloque ciclópeo... Resultado de algún movimiento o estertor telúrico, está allí donde lo dejaron, quizá, los hielos en su lento deslizar hace centenares de siglos atrás. 

Parece claro que ese no es su lugar de origen; no debe haberse formado allí. No es el resultado de algún fenómeno que ocurrió en el sitio que ahora ocupa. Hasta allí ha de haber sido traído por fuerzas que quizá fueron las mismas que lo desprendieron de alguna formación rocosa mayor, de alguna montaña. Hasta allí llegó y allí se quedó, ¡sabrá Dios por cuánto tiempo! 

El apelativo técnico para casos como el de él es “bloque errático”, denominación que resulta risueña, cuando, atendiendo a su inmutabilidad e inmovilidad, uno coteja aquella adjetivación con lo que nos dice la Real Academia son las acepciones del término errático: “errante, o que se mueve sin rumbo o sin asentarse en un lugar”, o “impredecible o que cambia con frecuencia”. 

Estaba allí desde antes que el primer bípedo humano deambulara por estos paisajes. Estaba inconmovible, como ahora, cuando a su vera se levantó el edificio de la catedral del Nahuel Huapi. Pese a la envergadura de tal importante emprendimiento de hombres, no intentó -o se descartó a priori por descabellado- sacarlo o removerlo o demolerlo. Se lo respetó como parte del entorno. Se lo incorporó ¿qué menos? al proyecto de avenida de acceso al templo, que contemplaba, bueno es recordarlo, una calle Beschtedt de más del doble ancho que la actual, desde Mitre hasta V.A. O’Connor, para darle un marco digno a la entrada lateral del templo.

Las autoridades que décadas después encararon la pavimentación de esta última arteria, muñidos de mayores recursos y menos imaginación y tolerancia, decidieron demolerlo, para lo cual lo perforaron y le colocaron una carga de dinamita, que al explotar, lo partió, lo rebanó... un poco, una mínima parte. Hoy esa partición se observa claramente. Pero la demolición alcanzó a apenas una mínima parte de lo que asomaba en la superficie, lo suficiente como para hacer sobre ella el cordón de la vereda... Y él siguió allí, imperturbable...

“Bloque errático”... Si pudiera él opinar, ¿cómo nos denominaría?

Nantlais Evans

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