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EMOCIONES ENCONTRADAS

Edgardo Lanfré. Edgardo Lanfré.

Corchos en el agua - 

Eran esos tiempos en los que la diferencia entre la mañana y la tarde, era el lado en que estuviera el sol en el cielo. Todo el día a nuestros pies, para que la bandada bochinchera desplegara sus alas. 

Por Edgardo Lanfré

La calle y la vereda de tierra estaban separadas por un arroyito que corría encajonado, en una zanja con pastos crecidos. Manzanillas silvestres y margaritas aromaban. 

Ese arroyito no se sabía de dónde venía ni adónde iba, a nadie le importaba: estaba allí y eso era lo necesario para incorporarlo al juego. Allá, en la esquina, se metía en un caño gigante y cruzaba por debajo de la calle. Del otro lado, se derramaba en una cascada para seguir su curso acompañando la pendiente.

Alguien trajo alguna vez una bolsa de papel llena de corchos de damajuana, a algún otro se le ocurrió hacerlos flotar en el arroyito mirando cómo se iban cauce abajo; de allí a tirar unos cuantos y organizar una carrera, hubo un corto camino.

Aquello era el juego en su más pura expresión. Ese corcho, ya no era tal, era un barco que desplegaba sus velas y luchaba contra el torrente de ese río, que lo llevaba entre las piedras y juncos, amenazando hacerlo encallar en la orilla. 

Los corchos comenzaban a flotar, llevados por la corriente. Nosotros desde la orilla los acompañábamos. La gran dificultad era el cruce de la calle, entrados en ese inmenso túnel que era el caño, la incertidumbre se hacía carne en todos, hasta el más valiente temblaba. Había que correr hasta la otra punta, cruzando la calle, rogando que ningún obstáculo hubiese detenido la marcha. Además, ni bien salidos del caño, debían afrontar lo más riesgoso, que era el salto, la cascada, para luego flotar en el remanso. Comentarios, festejos y a subir la cuesta para comenzar una vez más. El tiempo era nuestro.

Como ese agua que pasa y ya no habré de volver a ver, así pasaron aquellos días. El arroyito hoy está escondido debajo del asfalto. Un caño le aprisiona su camino, mientras anónimos pies lo pisan desde las lajas de la vereda. A mí, como a los otros muchachos, nos aprisionan otras circunstancias. Como aquél agua, nuestros días tampoco volverán.

Han cambiado tanto los juegos… creo que ya dejaron de serlo. Están más ligados a las habilidades de tocar botones y mover palancas frente a un televisor o monitor, que a soltar esa fantasía que es el motor de todo juego. Se ve todo tan de plástico, tan resuelto, tan lejos de aquel elemental corcho flotando en el arroyito.

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