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EMOCIONES ENCONTRADAS

El precio de una apuesta -

(*) Por Edgardo Lanfré

Esa noche, no durmió, estaba intranquilo. Hace como quince días le había prometido a la barra que él era capaz de hacerlo. Llegaban de una excursión en bici por el campo de las margaritas. Algunos dejaron las bicicletas en el piso, otros apoyadas en los árboles. Él estaba encima de la suya. Mientras tomaban una Coca en la despensa de la esquina, daba vueltas y les frenaba cerquita a los que estaban apoyados contra la pared.

- Me llegás a rozar y te reviento, le dijo Pepe.
- ¿Qué te pasa gil, te creés que no la domino? Acá hay muñeca, papá.
- No te hagás... el otro día cuando te desafié te fuiste al mazo, dijo Roberto
- No, no. Te dije que yo lo hacía. Ese día no podía.
- Ja, ja. ¿Y? ¿Cuándo vas a poder?
- El sábado. El sábado que viene.

Y hoy era sábado. Claro que se animaba, era capaz de eso y de mucho más. Una vez que andaban por la estación, se subió al tren andando, cuando salía y, después de atravesar todos los vagones de pasajeros por adentro, se bajó en el último, cuando el tren ya corría. El cabezón era capaz de eso y de mucho más, así que cuando aquella mañana lo desafiaron no lo dudó: “papita pal loro...” pensó.
Pero se le complicó todo, la vieja cuando se levantó le ordenó la fajina:

- Ricardo, hoy tenemos la kermés del colegio de tu hermana. Bañáte y no salgas, así estas limpio. No quiero andar a las corridas, acá te dejo la ropa. Yo voy a la peluquería, vengo, me cambio y nos vamos.

La madre sentenció esto y se fue, sin siquiera imaginarse en la que lo había metido al cabezón. Se fue hasta la ventana, desde allí se veía la esquina de la despensa, donde se juntaban. La barra iba llegando de a poco y cada tanto, miraban para la casa de él, a ver si salía. No lo pensó mucho más, la vieja un par de horas ocupaba en la peluquería.

Se dio un baño rápido, dejó la ropa que le había dado la madre sobre la cama, se vistió así nomás y salió. Estaba en juego su honor y reputación. No los iba a arruinar una kermés de porquería, a las que además odiaba ir, pero la vieja había cosas que quería que las hicieran todos juntos.

Salió al patio, saltó el portoncito sin abrirlo y se fue hasta la esquina, donde estaban esperando.

- ¿Y? -le dijo Roberto-. Es sábado.
- Sí, y acá estoy. Al cabezón le latía fuerte el corazón, lo sentía en las sienes. No por cumplir el desafío, sino por la vieja, a la vuelta.
- Bueno dale, vamos. El cabezón se olvidó de todo: de la recomendación de la vieja, de la ropa, de la kermés.

Cruzaron la calle y se acercaron al hogar Gutiérrez. Ocupaba una manzana completa y lo rodeaban unos pinos altos por toda la periferia. Ese era el desafío: dar la vuelta a la manzana por arriba de los pinos, sin bajarse. El cabezón se animaba, claro que sí. Incluso había elegido el sábado porque no quedaba nadie, no tenía cuidador, venía un sereno a la noche, pero de día nada. Calculó todo. Lo que pasa es que la hermana y su kermés lo echaron a perder.

Decidió empezar por al lado del portón. Se subió a uno de los postes que lo sujetaban, se escupió las manos cono para no resbalar y allá se trepó. Creía que lo más conveniente era hacerlo por la mitad del pino, a media altura, porque arriba las ramas eran más finas y traicioneras. El día estaba bárbaro, no había viento, porque cuando soplaba los zamarreaba de lo lindo y se hubiera puesto fulero.

El cabezón avanzaba de pino en pino. Desde abajo, la barra controlaba. Las ramas se entrelazaban de un pino al otro, por ahí tenía que subir un par de ganchos o bajar, pero la iba peleando. Dobló la esquina y toda la hilada del lado del zanjón la hizo bastante rápido. Las agujas se le prendían a la ropa, vio que sus manos se iban llenando de resina, como su cara y su pelo; ni hablar de la tierra que se desprendía cada vez que tocaba una rama, lo hacía pestañear más de lo habitual. Pero ya era todo adrenalina, nada importaba, se sentía el hombre araña.

Al llegar a la otra esquina, se le complicó, faltaba un pino y el próximo estaba más alejado que los demás. Aunque unas ramas llegaban hasta allá, las vio medio débiles y pensó que no aguantarían su peso. Se quedó un rato pensando, retomando el aliento. Le dolían un poco los brazos y las manos, pero el orgullo estaba intacto. Desde abajo alguien se rió y comentó: “perdió...” El cabezón pensó “tu abuela perdió...” Aspiró aire, tiró el labio inferior hacia adelante: era un gesto que armaba en su boca ante las dificultades o situaciones que requerían mucha concentración, como cuando apuntaba para quiñar una bolita por ejemplo.

Saltó como un mono, abrió los brazos en el aire y, luego de un instante que le pareció eterno, con los ojos bien abiertos, se prendió de la primera rama que encontró en el otro pino. El salto fue un éxito. Escuchó un murmullo de aprobación desde abajo. De ahí al final fue “pan comido”.

Llegó al portón de nuevo, por el otro lado y se bajó. Alguno aplaudió; otros le palmearon la espalda. Él paseó su mirada triunfante cara por cara. Un cierto aire de revancha le ganaba el gesto.

Preguntó la hora y uno le dijo “la una...”. Se le borró la sonrisa, la vieja seguro que estaba por llegar, no quiso ni mirarse la ropa, sintió los dedos de las manos pegoteados por la resina, la cara tirante por la transpiración seca y la tierra pegada. Entró a la casa apurando el paso. La cosa era esperar cambiado y limpio a que llegara la madre. Ella había llegado. Desde la cocina le gritó “¡adónde te fuiste...!” y se vino enfurecida, quizás alertada por el olor a pino que traía Ricardo, que llenaba el aire de la casa. Cuando se asomó la mamá y lo vio pasar para la pieza, se le atoraron tantas cosas en la garganta que no pudo decir nada, solamente le metió un coscorrón y de una oreja lo llevó hasta el baño, mientras le decía cosas que jamás le había escuchado decir. De refilón, se alcanzó a mirar en el espejo, realmente daba lástima.

La kermés estuvo bastante linda, pero Ricardo no la disfrutó. Estaba raro: por un lado, le inflaba el pecho haber ganado la apuesta pero, por otro, le ardían las orejas de los tirones que le dio la vieja, también las manos y los brazos.

Por suerte, en los anales del barrio, quedó la hazaña del cruce del pinar y no la paliza que le dieron al héroe.

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