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EMOCIONES ENCONTRADAS

- La Norma - 

Por Edgardo Lanfré

 

El altillo de las casas, a veces, es el último lugar donde van a parar las cosas antes de desprendernos definitivamente de ellas o bien, sin tirarlas, dejarlas allí para cuando la nostalgia lo requiera. Otros habitantes de la casa no entenderán por qué uno se empeña en guardar esos “cacharros”, sin darse cuenta de la importancia que ellos tienen para conectarnos con el pasado.

Una mañana, recorriendo el altillo me detuve frente a una lata llena de bolitas, en diferente estado de uso. Por encima de todas, presidiendo ese montón, estaba mi puntera. La puntera es aquella que se utiliza para jugar, se puede decir que por su peso, color o quizá por afecto (sea regalada por alguien especial o adquirida en algún juego).

Acomodé la puntera en mi mano con el dedo pulgar por detrás, aprisionándola contra el dedo mayor, dejando libre el índice a medio estirar para que deje libre el camino del tiro certero. Fue en ese momento que me vino el recuerdo de aquella mañana de enero.

Estábamos en la vereda de tierra, en esa suerte de callejón que se formaba entre la cuneta que acompañaba la calle y el cerco de maderas de una casa vecina, grises por el paso del tiempo y falta de barniz. El hoyo, en el medio de la vereda, congregaba a todos los contrincantes y curiosos que esperaban el desenlace del juego. Para mí, aquella había sido una mañana inolvidable. Ese día estaba inspirado. Mis bolsillos regordetes y pesados de bolitas; estaba a punto de “quiñar” la puntera del Emilio. Él era el mejor jugador del barrio, no sólo de bolitas. Se destacaba en todos los juegos. Además, bastante canchero y sobrador, sabedor de sus habilidades. Pero aquel era mi día: me había desplazado por la cancha con aplomo, midiendo cada paso. Estaba reclinado contra un álamo bastante antiguo que tenía en el tronco una especie de hueco bastante grande donde descansaba una Crush que habíamos comprado entre todos.

Cuando me aprestaba a cerrar un ojo para hacer puntería y realizar el tiro final, sucedió lo inesperado. Dobló la esquina la Norma, caminando hacia nosotros con la intención de rodear la cancha y seguir su camino bajando al centro. Iba con la madre, pero solo importaba ella. Era preciosa, el sol que la envolvía nos regaló un guiño desde el largo pelo negro que le caía sobre los hombros; un vestido rojo y floreado parecía conjugar todos los trinos que llegaban desde los arboles cercanos. Yo estaba profundamente enamorado de la Norma. Ella no lo sabía; el único enterado del flechazo era mi gran amigo Joselito. Cuando yo la veía, todo mi cuerpo se ponía en alerta, me recorría un suave temblor. A veces, su belleza me molestaba, me hacía bajar la mirada. Se detuvo el juego y un silencio a modo de “salva de honor” saludó su paso. Ella dijo “Hola” y siguió. Para mí, fue un antes y un después. Cuando quise retomar la puntería, un suave temblor me dominaba y bajaba hasta mi mano que no lograba centrar el tiro, acompañado del desorden que había generado su paso en mi cabeza. Finalmente fallé y el resto de la jornada fue desastrosa; el Emilio era una fiera, donde no lo rematé se rearmó y dejó el tendal. Yo, después del paso de la Norma, había quedado flotando, sin reacción, con el corazón golpeándome en la garganta por un largo rato. Hubo algunas cargadas y hasta algunos me dijeron que no tenía pasta de ganador, que había arrugado.

Camino a mi casa me consoló el silencio de Joselito que caminaba a mi lado. Él comprendió todo lo sucedido. A los amigos de verdad, no hay que explicarles nada, ellos lo sienten con uno.

La Norma vivió un tiempo más en el barrio y después se fue vaya a saber adónde. A mí me quedó esta lata llena de bolitas que descansa en el altillo, resistiendo, aunque más no sea para tomarla, cada tanto, en mis manos y recordar mi infancia. Pero también a aquella que inauguró en mí algo que no entendía y hoy sé que era el amor.

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