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EMOCIONES ENCONTRADAS

Verano en CopahuePor Edgardo Lanfré

Mi viejo solía ir en los veranos hasta Copahue por unos baños termales. Yo lo acompañaba; era un buen plan. Además de estar con él, andaba largas horas a caballo (los alquilaban en la villa). Caminatas, a veces junto a otros chicos que estaban allí con su familia, esas hermosas amistades de verano en las que uno comparte largas horas, aunque nunca más los vuelva a ver. Calculo que hoy, con las famosas redes sociales, suele ser más fácil reencontrarse.

Lo máximo era la excursión al volcán. Se hacía de a caballo, en caravana, guiados por un “baqueano” de por allí que tenía su tropilla. Unas tres o cuatro horas cruzando valles al pie del volcán, hilos de agua, mallines y senderos entre piedras pómez, para luego subir faldeando, en zigzag. Por último, antes de llegar a la cumbre, una travesía por inmensos planchones de nieve helada a los que perforaban las patas y manos de los caballos. Ese último punto era bastante riesgoso; algunos no se animaban ni a mirar la ladera que se perdía hacia abajo. Más valía mirar hacia el otro lado y ver lo poco que faltaba para llegar a la cumbre.

Una vez arriba, se ve un tremendo hoyo, la boca del volcán que adentro tiene un lago inmenso, color azufre, que despide el olor característico de ese mineral. La vista desde allí, si toca en suerte sea un día claro, es maravillosa: se ven volcanes aquí y allá, con sus picos intentando penetrar el cielo azul.

La cuestión es que solíamos quedarnos por allí unos quince días más o menos. Dos o tres veces a la semana, llegaban “los chilenos”: una larga caravana de mulas y caballos en los que montaban los pobladores de un pueblito llamado Trapa Trapa, que está a la altura de la Villa Copahue pero del otro lado del volcán, ya en territorio de Chile. Bajaban por la ladera del cerro que custodia el caserío, con las chihuas cargadas, amarradas a los pilcheros. (Chihuas son especie de alforjas hechas con cañas de colihue y tientos).

Había un predio especialmente destinado a la feria que ellos montaban. Allí se adquirían prendas de lana rústica, matraz, ponchos, medias, gorros, artesanías y la famosa Crema de Lechuga, que en esos años no se conseguía por este lado de la cordillera, así que se buscaba agenciarse de unas cuantas latas.

Otra de las tradiciones de esos viajes era comer un chivito al asador. Para ello, bajábamos hasta Caviahue donde se instalaban los “veranadores”, Mapuches que suben a los pastos altos, que deja libre la nieve de la primavera, para dejar descansar los pastos de la “invernada” que son las zonas bajas. Se trasladan con todas sus pertenencias y animales. Viven en modestas rucas en comunidad y allí cuidan sus majadas y yeguarizos.

Es común irlos a ver para encargarles algún chivito. Algunos ya tienen carneados, porque saben que alguien ha de venir a comprarlos.
Íbamos por un senderito, camino a alguno de esos campamentos, cuando vimos venir un señor de a caballo, con unos lienzos de harina a modo de valija, colgando al costado del recado.

- Buen día.
- Buen día señor, respondió aquel hombre tocando el ala de su sombrero, respetuoso.
- ¿Se consiguen chivitos por acá?
- Sí, sí.
- ¿Nos puede decir adónde?
- Por allí abajo deben tener. Estiró el labio inferior y la pera, para señalar un lugar más adelante.
- ¿Tiene idea cuanto salen?
- Y debe estar a unos 10.000 pesos (de esa época).
- ¿Y usted tiene chivos para vender?
- Si, acá llevo.
- ¿Y no nos vendería uno?
- Y… si quieren.

Qué maravilla, sólo contestó lo que le preguntaron. En cualquier otra situación, antes siquiera de dar una dirección, alguien habría ofrecido primero lo que él tiene. Para mí, aquella situación fue una lección.

El fuego asando el chivo con leña seca de los Pehuenes que abundan en esa zona a orillas del río Agrio, que por allí forma unas preciosas cascadas. Una siesta acostados, como una lagartija, sobre una piedra cerraba la excursión antes del regreso.

Doy gracias a Dios por haber podido vivir aquello y poderlo contar.

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