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El viejo Canal 3

- EMOCIONES ENCONTRADAS - 

Los comienzos de la televisión en nuestro pueblo datan de la década del sesenta. Aún recuerdo una nochecita cuando, de la mano de mis padres, "bajamos" hasta Casa Soriano, a mirar desde la vidriera un enorme televisor marca Admiral que, al poco tiempo, luciría en el comedor de mi casa. Era literalmente un mueble al que le entraban encima unos cuantos portarretratos, adornos y floreros, oportunamente acomodados sobre unas carpetitas de hilo. Tranquilamente podía uno encenderlo e irse a dar una vueltita hasta que apareciera la imagen, pues las válvulas se tomaban su tiempito para calentar.


Por Edgardo Lanfré

El canal era de circuito cerrado y funcionaba en una casa, propiedad de la familia Sauter, que daba a la calle Elflein. Su horario de transmisión era bastante acotado, comenzaba alrededor de las seis de la tarde y terminaba a la medianoche. Rín tín tín, Lassie, Caza submarina, Bonanza eran algunas de las series que llenaban la pantalla; después, venían los noticieros y los programas para adultos.

Al acercarse el horario de inicio de la programación, las cámaras mostraban desde la ventana la calle Elflein, en la que se armaban unos tremendos "picados" entre el “piberío” del barrio, aprovechando el escaso tránsito. Fueron los primeros partidos televisados de la ciudad.

Alguna vez, al enfocar la cámara, apareció la imagen de un borracho que, ajeno a todo, estaba orinando contra un árbol de los que hay en la vereda.

Existen un sinnúmero de anécdotas alrededor del canal 3, protagonizadas por aquellos jóvenes muchachos, hechos al oficio con la práctica, que le sacaban canas verdes a don Francisco Caló, director, maestro y guía de todos ellos.

Eran tiempos en que no existía el vídeo tape, por lo que la programación y las publicidades eran en vivo, locutadas y actuadas si la ocasión lo requería. Había un programa en el que, en la apertura, una joven locutora con aires de modelo, que tenía suspirando a todos los muchachos, pasaba algún vestido de Casa Valles o Gran Tienda Bariloche, luciéndolo frente a las cámaras, mientras alguien describía su vestuario.

Una noche de verano, aprovechando el buen tiempo, un camarógrafo, con ínfulas de cineasta y poniendo a prueba su creatividad, sugirió que las tomas se hicieran desde los jardines del chalet de la familia Sauter, contiguos al canal, para lo cual asomaron una cámara por la ventana lateral, que daba al mismo.

"Nosotros te hacemos una seña cuando estés al aire y vos caminá por el jardín…", le dijeron a la señorita; quien aguardaba desde una escalera, entre unos canteros.

Llegó el momento, le hicieron la seña y arrancó caminando que era una preciosura, hasta que se soltó uno de los tantos perros de la casa que, de televisión no entendía nada, y se abalanzó sobre la modelo, quien emprendió la huida dejando atrás toda su elegancia.

Esa noche, todos los televidentes pudieron observar este singular aviso publicitario.

Por las noches, solían pasar largometrajes y películas, que venían en unas latas enormes, como las de dulce de batata, denominadas "tortas". Estas se enganchaban en los carretes del proyector y, si la película era larga, había que cambiar el rollo, tarea que debía ser realizada con cierta presteza y precisión, pues la pantalla quedaba en blanco durante esta tarea.

A las inexpertas y nerviosas manos de un novel operador, se les escurrió el rollo, que saltó como un resorte y llenó de celuloide la sala. Fue así que, mientras toda la teleaudiencia esperaba pacientemente con la pantalla vacía, el operador y su ayudante bajaron hasta la vereda, con la "galleta" en sus brazos y, mientras uno caminaba por Elflein hacia arriba con la punta de la cinta, el otro la iba enroscando. Vaya a saber el tiempo que habrá pasado, hasta que finalmente pudieron poner nuevamente el rollo y terminar la proyección.

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