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Inutilidad de las “PASO”

La idea fue buena, pero su ejecución no dio los resultados esperados. Las primarias abiertas y obligatorias se pensaron en 2009 para quebrar el procedimiento cerrado del tipo cenáculo mediante el cual un pequeñísimo círculo de dirigentes digitaban los candidatos, armaban las listas.

Con la irrupción de la ciudadanía a través de las elecciones primarias abiertas y obligatorias -PASO-, desde ese momento en más sería el pueblo el gran preelector. Se terminarían las cocciones de listas entre cuatro paredes.

Sin embargo, las PASO no resolvieron dos cuestiones esenciales: la discrecionalidad del partido o de la coalición para vedar la participación de dos o más contendientes y el armado de la lista principal de precandidatos.

La Junta Electoral interna de cada agrupación fue empoderada por la Ley 26.571 con tal grado de facultades que prácticamente se posibilita que disponga sobre la existencia misma de una selección genuina de candidatos. Los Tribunales Electorales -tanto federales como provinciales-, tan propensos a judicializar hasta el más mínimo entuerto interno, contrastantemente tienden a darle la derecha al órgano interno y en los hechos a cristalizar iniquidades flagrantes. En la realidad, han sido muy pocas las primarias abiertas que hemos tenido desde 2010 y los resultados en materia de mejora en la calidad de los dirigentes o su renovación han sido magros.

Por otra parte, las listas se siguen elaborando como era entonces: con el lápiz “mágico” de los dirigentes. Las PASO no pudieron ni siquiera con el nepotismo. Cónyuges, hijos y parientes son los grandes privilegiados del sistema, relegando a la militancia, la preparación y el estudio como condiciones para ingresar a las nóminas.

En estas PASO que se avecinan -se celebrarán el 13 de agosto próximo- la norma es que no haya competencia. Así se ha determinado en el seno del oficialismo y de las dos o tres alternativas de oposición. Se descalifica a las PASO como “desgastantes” y se lo expresa sin eufemismos.

Asimismo, existe un extendido temor de que las PASO brinden la oportunidad para que se organice una maniobra de manipulación exógena sobre las candidaturas de un partido determinado. Más que el libre ejercicio de la voluntad popular participando en la selección de candidatos el temor es que se utilicen las PASO para que el partido competidor tenga a la postre los “peores” candidatos de modo de que en las generales se le pueda vencer más fácilmente. En una palabra, la inutilidad de las PASO salta a la vista. No sirven para inhumar el dedo del círculo dirigente y tampoco garantizan la participación de grupos de ciudadanos deseosos de dejar de ser meros espectadores. La idea de abrir los partidos no tuvo éxito.

Las PASO duplican el gasto electoral elevándolo a más de $5.500 millones, pero por sobre todo nos hacen literalmente perder un año de gestión, generando incertidumbre en todos los actores socioeconómicos.

Normalmente, si tuviéramos sólo la elección general del último domingo de octubre, las campañas comenzarían a lo sumo a mediados de agosto dándole al país un respiro de más de medio año. En cambio con las PASO de agosto, la actividad preelectoral empieza terminado el verano y ocupa el escenario durante todo el año. Además, ni la ley ni los jueces han sido capaces -si es que tuvieron la voluntad- de hacer cumplir las campañas de 50 días previos al comicio. En los hechos, las actividades proselitistas se inician en el período estival y sólo culminan a fines de octubre. Largos meses de efervescencia, aunque no de debates. Porque otra característica perniciosa de nuestra política es que se agita mucho, se habla bastante, pero no se confrontan ni debaten ideas y propuestas. Además, las agendas son muy acotadas, sometiéndose a las urgencias. No trae votos plantear el futuro, ni del trabajo, ni del clima ni de la geopolítica mundial ni siquiera de la educación y de la salud pública. Lo importante, gran ausente.

Las PASO, pues, son un gastadero de dinero y de tiempo. No han aparejado más calidad de nuestros representantes, no controlaron el dedo armador de listas, no garantizaron la competencia interna y tampoco aseguran el indispensable debate. En rigor, las PASO han sido un redondo fracaso.

Hasta tanto llegue el momento de enmendar la Constitución para eliminar las elecciones de medio término -el gobierno de turno tiene que disponer de por lo menos tres años y medio para realizar su programa sin interferencias político electorales-, es recomendable que se abroguen las PASO. Fue una mala experiencia y para peor muy cara.

*Diputado del Mercosur
Dip.nac. m.c.
www.unirargentina.org

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