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EMOCIONES ENCONTRADAS

Un par de historias de radio - Por Edgardo Lanfré

Esto ocurrió en los años sesenta, cuando recién estaba llegando la televisión, que era por circuito cerrado y no estaba presente en todos los hogares. Es decir, que el gran medio de comunicación era la radio, aquella vieja LU8.

 

Era muy común que, si llegaba algún viajero y no sabía cómo ubicar a alguien, se fuera hasta la radio y allí pedía que le pasen el aviso, para que lo vengan a buscar.

Una tarde se encontraba de turno mi amigo Gerardo Blanco. Sentado en el escalón de la entrada a la emisora, esperando que termine una transmisión en cadena cuando, de pronto, vio que se bajaba de un taxi un señor grandote que, luego de pagar el viaje, se le acercó, mascando algo en uno de los costados de su boca:

- Buen día, mozo. Yo soy “Cuchi” Leguizamón y ando buscando a “Chingolo” Casalla. ¿Me puede poner un aviso, así me viene a buscar?

Gerardo lo invitó a pasar al estudio, donde estaba el imponente piano de cola que, aún hoy, allí se encuentra. Mientras esperaban retomar la transmisión, el gran músico salteño se sentó y comenzó a correr sus manos sobre las teclas, desgranando sus zambas.

Con ese fondo, Gerardo salió al aire, diciéndole a Chingolo, que lo esperaba semejante personalidad en la radio. Vaya lujo, para la audiencia; escuchar un aviso social, con música del “Cuchi” Leguizamón en vivo.

Y ya que estamos con el piano de la radio, cierto día, llegó por aquí un concertista, de renombre internacional, al que se lo invitó a interpretar algo en vivo. El músico se sentó y comenzó a ejecutar una obra pero, al llegar a determinado sector del teclado, algunas teclas no sonaban; esto causó sorpresa, pues el piano funcionaba a la perfección y estaba afinado.

El hombre salió del trance como pudo y cuando se retiró, con las disculpas del caso, se fueron a fijar que sucedía. Al levantar la tapa, encontraron que allí estaba oculto el paquete de yerba del operador.

¡Qué confusión!

Cuando los militares tomaron por asalto el poder, en 1976, una de las primeras medidas fue intervenir las radios y canales de TV. Prontito cayó un interventor a Radio Bariloche, que no sabía ni el nombre del personal. Una noche, llamó a la emisora y se produjo el siguiente diálogo:

- Radio, buenas noches.
- ¿Quién habla ahí?
- Moreno, el sereno.
- ¿Qué Moreno?
- Belgrano.
- ¿Hay alguien más ahí?
- Sí, el operador.
- ¿Quién es?
- San Martín.
- tuuu ... tuuu ... tuuu ...

A los diez minutos, “hervía” la emisora de milicos, con el interventor a la cabeza, seguro de que le habían estado haciendo una broma o que había sido tomado el edificio.

Costó convencerlo de que se trataba del querido Belgrano Ángel Moreno, después apodado “Manolo”, y de Rubén San Martín, operador de turno.

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