Menu
denuncia-whp

La Fiesta de la Nieve, las carrozas y algo más

- EMOCIONES ENCONTRADAS - Por Edgardo Lanfré

En la década del sesenta, se comenzó a llevar a cabo la Fiesta de la Nieve. En sus inicios, fue una fiesta pueblerina y, más tarde, se transformó en Fiesta Nacional.

De aquellas primeras ediciones, quedan algunas creaciones: el concurso de hacheros, la carrera de mozos y la fiesta del pullover, las cuales convocaban a trabajadores, que realizaban estas actividades a diario. Competían y eran premiados y vitoreados por sus vecinos. Más de un chiquilín vio a su padre portar la bandeja por las calles, y sería la única vez que lo vería trabajando ya que, en los salones de los hoteles y restaurantes, no podían hacerlo.

La tejeduría artesanal fue una industria casera que dio el clásico "Pullover Bariloche", con diseños que los distinguían en el país. Era habitual encontrar en muchas casas, sobre la mesa del comedor, las máquinas de tejer Knitax o Godeco, con prendas enganchadas en sus agujas, que las mujeres iban elaborando, mientras atendían las tareas del hogar. Luego, bajaban al centro con los bolsos llenos de pullovers, medias y guantes, que entregaban en los comercios. Recuerdo algún año en el que las muchachas lucían modelos paseadas por Mitre (mano hacia el Centro Cívico, como fue en su origen) sobre los techos de autos último modelo, cedidos por alguna concesionaria (Chevrolet, Torino, Falcon, etc.).

Otra cosa linda que sucedía en aquellos tiempos era el desfile de carrozas. Se presentaban instituciones intermedias, colegios, empresas, barrios, etc. En mi caso, mi familia representaba la "Calle Gallardo". En esta calle, (aunque fuera avenida, para nosotros, era calle), a media cuadra del 300, se encontraba la propiedad de don Alfredo Caspani. El tenía su fábrica de piezas de hormigón, donde se podían hallar desde bloques, hasta unos caños enormes que parecían ruleros gigantes, y unas tremendas montañas de arena volcánica, a la que nos tirábamos desde el techo del galpón. No había “pelotero”, pero la sensación era parecida.

Esa fábrica era una usina de ideas a la que concurrían todos los vecinos, después de sus actividades diarias, a diseñar y, luego, poner manos a la obra en la concreción de la carroza. ¡Cuántas tardes-noches de otoño o invierno han visto a estos vecinos trabajando por "amor al arte"! Recuerdo a mi padre, junto a don Alfredo, "Mingo" Magistrali, "Rudy" Baur, Duré, Carro, los Sánchez, Ruinoso, Baratta... La energía de esta gente era tal que se irradiaba a calles vecinas, entonces venían de Palacios, Rolando, Elflein y Tiscornia.

Había dos o tres que se encargaban del "catering". Las estanterías del viejo Lanfré pasaban susto, con el acarreo de Gancia, Cinzano o algún “licorcito”, con salamines y quesos “pa´acompañar”.

Las carrozas eran con motivos lugareños y diseñadas de tal modo que pudieran ser bajadas al centro para el posterior desfile por "la Mitre". Se arrancaba desde Beschtedt, se bajaba por Quaglia, luego Costanera y se subía al Centro Cívico, para terminar frente al municipio.

Enfrente de los Caspani, vivía un hombre solo, medio huraño y callado, que tenía un rastrojero, sobre el cual se montaron algunas carrozas, por no decir casi todas.

Los niños y adolescentes del barrio formaban parte de estas estructuras, aportando su humanidad a la escenografía con vestimentas y disfraces que eran pacientemente elaborados por las madres. Toda una organización que, vista hoy a la distancia, creaba una mística barrial y pueblerina que muchos añoramos.

Recuerdo una tremenda bola de nieve, de unos cuatro o cinco metros de alto, confeccionada con una circunferencia de malla de hierro, revestida en yeso, montada sobre el rastrojero, que simulaban tirar los muchachotes del barrio vestidos de pingüinos. En la parte superior, íbamos sentados, bien amarrados, Patricia Caspani y yo, ambos de apenas cinco o seis años, vestidos de reyes. Pese a las reiteradas pruebas y ensayos (“sonrían y saluden…”), creo haber llorado a lo largo de todo el recorrido, rogando que me bajaran, por el vértigo y el frío, que me adormecía las piernas.

Otra carroza fue un Mangangá (un abejorro gigante), que estaba armado sobre... sí, el rastrojero. Rodeado de flores típicas, que no eran otros que los niños y niñas del barrio, vestidos para la ocasión.

Quizás la más destacada, ya que fue premiada incluso en un desfile en Mar del Plata, fue una tremenda trucha Arco Iris, hecha a escala, montada sobre un trailer que era un piletón con agua y, adivinen... tirada por el rastrojero. Simulaba un risco, desde donde un pescador, Don Carlos “Fredy” Fricke, portando una caña de pescar, parecía pelear con ella enganchada en su señuelo.

Aquellas del principio, eran verdaderas fiestas. El pueblo participaba y era protagonista, no un pasivo espectador, como fue sucediendo con los años, hasta llegar a lo que es en nuestros días: solo un espectáculo, que transcurre sobre un escenario y el público, pasivamente, sólo observa. Si uno va a una fiesta popular, ve un pueblo que se divierte y pronto lo hacen tomar parte. En la Fiesta de la Chaya, los riojanos juegan con agua y harina y uno ya está bañado y embadurnado; en la Fiesta de la Vendimia o la Manzana, nos ofrecen frutos por doquier y bailes populares. Quizás la diferencia sea que aquellos son frutos de la siembra y la cosecha, y la nieve sea sólo un recurso natural, vaya a saber.

Nuestra ciudad creció y quedó atrás aquella nuestra fiesta pueblera. La nieve gratuita (la del “culipatín” y el muñeco con el gorro en la cabeza y la zanahoria por nariz) cae menos y los parques de nieve suelen ser inaccesibles para muchos. Tal vez sea lindo para acompañar esta lectura un poquito de aroma a ropa de lana húmeda, una pequeña molestia de sabañones en las manos y el sabor de un chocolate caliente, al lado de la cocina a leña.

volver arriba
puelo

Si Ud. siente que algún comentario, hecho por lectores, en este artículo o en alguna de nuestras redes sociales lo perjudica, denúncielo haciendo click aqui o telefónicamente al 0294-4431409. 

denuncia-whp