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EMOCIONES ENCONTRADAS

Joseph, el pilotoPor Edgardo Lanfré

Entre los tantos “gringos” que habitan nuestra Patagonia, varios de ellos llegaron al finalizar la segunda guerra mundial. Desde ex jerarcas nazis (que buscaban ocultarse) hasta anónimos soldados rasos que lucharon junto a los aliados, sobrevivientes de aquellos tiempos que recalaron al sur buscando paz y trabajo. De este lado del mundo, fuimos espectadores; nuestros mayores seguían las acciones por diarios y radios, y nosotros, los que aun no habíamos nacido, las recreamos con los libros de historia, y hasta por las revistas El Tony, Dartagnan o algunas otras que, con historietas, recreaban aquellos episodios bélicos.

Estando de visita en una estancia de la zona, la esposa del administrador me contó la historia de su abuelo, un ex aviador de la RAF (la fuerza aérea británica) durante la Segunda Guerra Mundial. Sentados en la galería de la inmensa casona, casco de la estancia, fue desgranando el relato.
Joseph, su abuelo, piloteaba su avión por los cielos de Bélgica, cuando se trenzó en combate con un caza alemán. Como dos pájaros haciendo piruetas en el aire, zigzagueaban, subiendo y bajando uno tras del otro, disparando sus ametralladoras o esquivando los disparos de las de su rival.

En determinado momento, sintió una tremenda vibración en toda la aeronave, le costaba guiarla y el timón amenazaba escapársele de las manos. Vio, por un costado, un hilo de humo espeso, acompañado de llamas que brotaban de una de las alas; comprendió que había sido alcanzado por los disparos enemigos. Rápido de reflejos, logró eyectarse. Alcanzó a ver (aún recordaba) el hermoso paisaje que le ponía ante sus ojos el atardecer sobre suelo belga.

Cayó en un claro del bosque, sobre la ladera de un cerro, y alcanzó a divisar, en las cercanías, una casa. Era de noche cuando golpeó a la puerta. El temor de aquella gente y la imposibilidad de comunicarse, por no entender el idioma, dieron más dramatismo a la situación. Con gestos, el piloto les hizo entender que su avión había sido derribado y que necesitaba algo de comida y un lugar para pasar la noche. La negativa fue total. El miedo a ser descubiertos albergando en su casa a un enemigo daba por tierra cualquier intento de solidaridad. Bélgica estaba ocupada por el ejército alemán.

Se retiró y vio, a unos metros, un granero. Pensó en descansar allí y, el día siguiente, intentar suerte en algún otro lugar cercano. Una vez dentro del modesto galpón, se acomodó sobre una pila de pasto seco disponiéndose a descansar lo que pudiera. Por la puerta de atrás, entró una jovencita adolescente que traía en una bolsa algo de ropa y unos panes envueltos en un repasador. Los jóvenes, a veces, dan otra dimensión a los peligros y resuelven situaciones con facilidad. En el suelo del granero, le dibujó un mapa y lo orientó sobre el rumbo que debía tomar para llegar hasta la frontera, donde estaba “la resistencia”. Una vez allí, estaría a salvo.

Al amanecer, partió el joven piloto, ya con la ropa que le facilitara aquella joven, dejando oculto entre los pastos su uniforme (si encontraban aquellas ropas los alemanes, esa familia iba a estar en verdaderos problemas, aunque nada tenían que ver con la guerra). Joseph logró llegar hasta donde estaba “la resistencia” y ellos lo ayudaron a regresar a su tierra, donde nuevamente piloteó un avión hasta el fin de la contienda. Con los años, recaló por la Patagonia argentina, luego de trabajar como aviador comercial hasta jubilarse.

Ya mayor, tuvo la oportunidad de viajar por Europa y cumplir un anhelado sueño: ver de nuevo aquel lugar donde había salvado su vida cayendo con el paracaídas. Con algo de esfuerzo y tiempo, llegó hasta el lugar. La luz del sol de esa primavera le mostró la campiña en todo su esplendor: pudo observar detalles que, en aquella oportunidad, no había podido. Los acontecimientos de entonces no le permitieron oír el canto de las aves ni llenar sus pulmones con el aroma de los pastos y las flores. Ese día era distinto y se tomó el tiempo para hacerlo. Las personas, además de huesos, carne y piel, también estamos hechas de historias y allí estaba él, de pie frente a la suya.

En un claro del bosque, se veía la casita, con el granero al lado. Todo lucía igual que entonces. Al golpear la puerta, lo salió a recibir una señora que aparentaba tener unos años menos que él. Con una modesta mezcla de francés combinado con inglés, logró que ella lo entendiera. Era aquella muchachita que le había alcanzado la ropa y los panes esa noche. Pese a que la guerra le había templado el carácter y blindado sus emociones, se permitió derramar un par de lágrimas. La joven le dio su tiempo y luego lo invitó a seguirla hasta el granero; allí, Joseph pudo ver el sitio donde descansó aquella noche, acostado sobre el heno.

Toda la ceremonia transcurrió en silencio. Aquella jovencita transgresora y desobediente (para gracia de él) se había transformado en esta señora calma y cálida que le permitió transitar ese momento con todas las emociones a flor de piel. Le invitó un café en el comedor de la casa y le presentó a su familia. Cuando Joseph se disponía a retirarse, ella le pidió que aguardara un momento. Se dirigió a una de las habitaciones de la casa y regresó trayendo una bolsa que, en su interior, guardaba el uniforme que aquel día llevaba puesto cuando, aferrado al paracaídas, descendió sobre la ladera del cerro.

Hasta sus últimos días, el “abuelo Joseph” podía oír, en el silencio de las tardes patagónicas, el rugir del motor de su avión y el tableteo de la ametralladora. Se sentaba junto al hogar en uno de los salones de la casona de la estancia, rodeado de sus nietos, a desgranar recuerdos.

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