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EMOCIONES ENCONTRADAS

Las noches del boliche - Por Edgardo Lanfré

Qué nostalgia da pensar en aquellas salidas de los sábados. Tal vez, comenzaba con un lomito, pancho o hamburguesa en La Mamadera (ese local al trescientos y algo de Mitre, al que había que subir los escalones para entrar), las mesas altas con banquetas y la mayonesa, mostaza y ketchup en mamaderas de las que utilizáramos de bebes.

Nos juntábamos para entrar a Grisú, a la hora en la que hoy los pibes recién se están bañando o terminando de “hacer la previa”. A veces, se entraba más temprano, para escuchar algo de música hasta que el DJ soltara “el” tema con el que hacía la apertura y ¡a las pistas!

Aquel Grisú, en la década del 70 y parte de los 80, era el emblema de la noche de Bariloche. Los que teníamos hermanos mayores envidiábamos esa salida y ansiábamos el día que llegara nuestra hora. El orgullo de saber que era famoso en todo el país; cuando conocimos boliches de otras latitudes entendimos porqué: no le llegaban ni a los talones a ese edificio que recreaba los recovecos de una vieja mina, con sus paredes granuladas y escaleras y balcones de madera rústica.

Algunos se metían estratégicamente debajo de la escalera para ver subir a las chicas. La barra de arriba, donde paraba el Jet Set vernáculo (la mayoría con tarjeta habitué), era un lugar de encuentros y abrazos, regados con “wiscola”, séptimo regimiento, primavera o algún otro trago de moda de la época.

Más de uno, en alguna de aquellas noches, habrá logrado conocer estudiantes de otras ciudades del país; el Facebook y las redes de hoy quizá han permitido reencontrar algún “amigo o amiga fugaz” de la semanita de egresados en “Barilo, Barilo…”

Por allá abajo, los reservados: sillones para dos, con almohadones color crema, negros o naranja; allí más de uno besó, por primera vez, labios temblorosos que parecían de papel (también había veteranos de largas batallas). Los menos afortunados se contentaban con bajar allí y, junto al fueguito del hogar, pitando un Jockey, LM, 43/70 o vaya a saber qué marca, conversar y observar las riberas del Nahuel y hasta divisar algunas de las tremendas ratas que, ajenas a todo, merodeaban entre las piedras. Ver nevar frente a esos ventanales era “lo más”, o quedarse a ver amanecer.

A la salida, salvo aquellos que se iban a cerrar el expediente de lo iniciado en los sillones, la pasada por “Copos” y comer aquellas descomunales hamburguesas abiertas, con papas rejilla y la charla con “el Gato”, mozo emblemático de ese local de dos plantas en Mitre, cerca de la esquina con Palacios, a la cual después se mudó, ampliando sus instalaciones.

El mediodía del domingo, con apenas unas horitas de sueño y la cabeza repicando como las campanas de la Inmaculada, nos encontraba sentados a la mesa y sin soltar palabra de nuestra resaca. Los comentarios en la escuela durante la semana, por la gloriosa noche vivida, duraban hasta el miércoles, porque el jueves ya empezábamos a armar la próxima.

Junto con nuestras canas, un flequillo que ya no está y una figura que se quedó en las fotos, también cambió aquel boliche. En algún rinconcito del alma, lloraría aquel adolescente soñador al ver lo que quedó, sólo el cascarón: almuerzos temáticos, noches de velas y no sé cuantas otras yerbas de estos tiempos han dejado atrás aquellos días. Si hasta los chicos de hoy ni siquiera entran. La noche se “mudó” a calles más arriba y la costanera parece ser sólo de egresados y colectivos que los transportan.

Como siempre sucede, el marketing, el progreso y vaya a saber que más, tienen sus propias reglas; pero permítanme decirles que con lo que no pueden es con el sentimiento que han dejado en generaciones de barilochenses aquellas noches irrepetibles.

Algún día, aprenderemos la importancia de preservar nuestro patrimonio, el cultural (que quizás sea el más importante) y encontrar ese equilibrio de lograr progresar sobre lo ya existente.

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