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El árbol, el bosque y la manipulación

- COLUMNA ABIERTA - 

“Controla los alimentos y controlarás a la gente; controla el petróleo y controlarás a las naciones; controla el dinero y controlarás el mundo” (Sir Henry Kissinguer - 1973) 

Los medios de comunicación nacionales (?)(radios, TV, diarios especialmente), funcionan con la lógica inequívoca de alguien a quien “Un árbol le impide ver el bosque”. El bosque  es el mundo, nuestra Nación y su realidad, hoy; y el árbol, el producto terminado de una farsa para consumo de un Pueblo agostado en el cinismo, la hipocresía y la mentira, urdida ésta científicamente en sofisticados laboratorios de un sistema de poder global ya agobiante, finalmente consumada por beneficiarios, lacayos y personeros locales aunque tal percepción sea asequible sólo a una ínfima minoría que conserva -no sin esfuerzo- lucidez autónoma sobre su sistema neuronal.

Sometidos a las dosis programadas de “realidad ficcional”, nuestro cerebro sólo recrea desperdicios del bombardeo sicológico cotidiano agravando las maltrechas capacidades perceptivas que superan levemente las de un raciocinio primario, que impide descifrar las claves físicas y metafísicas, culturales, políticas, económicas, históricas, del laberíntico intríngulis nacional, empujando la voluntad individual y colectiva a la decisión de no pensar, que constituye la antesala del no ser.

Tan sofisticado arsenal de posibilidades “comunicacionales” típico de las modernas guerras de baja intensidad, encubre a modo de fachada o “falsa bandera” un mundo de cuya realidad última percibimos sólo sombras y apariencias  como en la platónica alegoría de la caverna, reduciendo a nivel masivo las posibilidades de una acabada intelección y limitando la “toma de decisiones” personales, familiares, comerciales, productivas, etcétera, a escasos, superficiales e inconducentes datos.

Así en una ola de continua medianía enquistada en la “opinión pública” por una suerte de mercenarismo de “professional soldiers” se consuma el carácter meramente gregario de las personas, soporte de una cultura tecnocrática, fría, mecanizada y carente de genuinos elementos valorativos éticos, políticos y sociales; eliminando así toda posibilidad de acceso a una cultura de crecimiento verdadero de las personas que enriquezca y mejore genuinamente la vida social-comunitaria.

En la atmósfera viciada de la desinformación, perdemos de vista:

1. El fracaso descomunal del sistema político-cultural y económico-financiero de los últimos 70 años, fracaso sistémico más allá de gobiernos partidocráticos o militares, peronistas, radicales, socialistas, progresistas o conservadores, todos responsables de una gravosa herencia de discordias, odios y desencuentros, corrupciones, latrocinios, violaciones, desprestigios, derrumbes, marcada decadencia y riesgos severos de “disolución social y territorial”.

2.La progresiva pérdida de la FIDES, esa vieja diosa romana corporizada en nuestro sistema jurídico como garantía de la palabra dada, signo vital de confianza y armonía social; soporte además del prestigio de naciones vigorosas y confiables, modelos universales heredados de la sabiduría de Grecia y de Roma hoy extraviados en la lógica de un mundo en regresión que -agotadas las utopías liberal-marxistas- parece huir del monstruo leviatánico engendrado, sus despropósitos, rigores y calamidades donde abundan sempiternos afanes de inhumanos mecanismos, sus negativas secuelas y dolorosas consecuencias.

3. La pérdida de la confianza recíproca que alimenta el conflicto social y extingue el optimismo en el futuro de una Nación solidaria y abierta como pocas, compelida históricamente a renunciar al porvenir de grandeza que vislumbrara como destino cierto; compelida digo -manipulación mediante- por factores de poder escasamente conocidos por el hombre común pero que han arraigado fuertemente en el sistema de control planetario integral, confundiendo el espíritu, la inteligencia, la voluntad y la decisión de hacer de la Argentina una Nación soberana liberándola de mediatizaciones groseras por exóticas, desvergonzadas e intolerables en la justa pretensión de su querer y deber ser, en el concierto del orbe.

Extraviada en la abulia, el desinterés y la anomia la brújula del rumbo cívico por manipulaciones, confusiones, acciones u omisiones, optando más que eligiendo; soportando por décadas regímenes “salvíficos” y redentores de dudosa entidad; votando repetidos rostros gastados e inexpresivos salvo en la contundencia de reiteradas y lesivas afrentas, mentiras, daños, perjuicios, ineptitudes, mediocridades, corrupciones, falsedades, traiciones y complicidades; hastiados del palabrerío falaz y monocorde de reiterados farsantes; consumido el más preciado capital de la vida política -tal la confianza-, frente al horizonte de la debacle personal y colectiva se yergue frente a nosotros el antiguo soliloquio shakesperiano del “ser o no ser”, cuya evocación aventara  “La conciencia que nos vuelve cobardes desmayando el suave tinte de la idea y las empresas de rigor y empeño que, ante el temor, se pierden y su rumbo tuercen pronto…”.

Mil evidencias  existen -para quienes aman, piensan y razonan libremente- que anuncian el final de un largo ciclo en la Argentina y el mundo; final indócil, peligroso e incierto sobre cuyo cansancio secular cabalga la sombra de nuevos y sofisticados depredadores; y en la atmósfera enrarecida por la manipulación y el engaño, sólo quedan el desafío de la reflexión y la contundente decisión, de rechazo a los nuevos y tentadores cantos de sirena.

Desafío reservado sólo a los dispuestos a la magna y épica empresa de reparar históricas afrentas y fracasos, restaurando la memoria de quienes nos precedieron legando un alto ejemplo a los que vendrán; a partir del modelo nutricio de los grandes hombres que enseñaron los caminos de una libertad que aparece hoy de difícil sostenimiento, por un Pueblo prisionero de las prédicas disolventes y temeroso de los fantasmas del demonismo económico dominante, al ignorar que  “el precio a pagar por desentenderse de la política es el de ser gobernados por los peores hombres”.

Juan Manuel Castañeda
Las Grutas (Río Negro)

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