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Las reformas necesitan un desempate

(*) Por Alberto Asseff

En el último medio siglo, la Argentina es la excepción planetaria. Es el único país que decayó no sólo en parámetros económicos, sino también socioculturales. Entre 1974 y 2017, sólo Sudáfrica nos superó en declinación. En este contexto objetivo, cabe una aserción tan razonable como innegable; esto es que necesitamos imperiosamente cambios y reformas. Haciendo lo mismo, seguiremos en el tren de la decadencia.

Es notorio que la Argentina está trabada por un largo y muy tenso conflicto interno entre quienes quieren modernizar al país y aquellos que se aferran a conceptos de viejo arraigo. La disociación es sobre cuál debe ser el patrón de crecimiento. O una industrialización moldeada en la idea de sustituir importaciones o una economía dinámica con cadenas de valor integradas y con un rol ascendente de los servicios y del conocimiento. Estas dos posturas son antitéticas y se resisten y neutralizan mutuamente. Empatan. Hubo lapsos donde la modernización pareció ganar la pugna, pero sus resultados frustrantes terminaron por volver al estado previo. Es lo que acaeció con la década menemista. Continuó el empate y, con ello, prosiguió el declive, agudizándose el conflicto.

Existen muchas rémoras que ese empate neutralizador de los cambios impide remover. No es admisible que se prosiga creyendo que la solución provendrá de la fracasada lucha de clases y del hundimiento de todo lo que huela a empresa y empresario. Igualmente no puede ser que se apueste al capital estatal como la excluyente fuente para financiar la satisfacción de necesidades sociales y obras de infraestructura indispensables. Es inaceptable que la ideología sustituya a la realidad. No podemos sostener la idea de crecimiento si una barcaza paraguaya navega nuestro Paraná con ocho tripulantes y las nuestras deben hacerlo con catorce. Es imposible que seamos impávidos ante el triunfo del camión por sobre el transporte multimodal, a pesar de que todos saben que, en EEUU, la producción viaja un 61% en barcazas y acá el 6% o que, en Brasil, un tercio de la carga use el ferrocarril y, entre nosotros, el 10%. Es inconcebible que se pongan tantas trabas a la reforma educativa cuando salta e hiere a la vista que el secundario está atrasado un siglo y que la Universidad ayuda limitadamente a la innovación. Es increíble que los enamorados del Estado no apoyen la carrera administrativa para revertir la lamentable realidad de que ingresan a la Administración más parientes, amigos, acomodados y recomendados que meritorios. No puede ser que crear trabajo sea un dolor de cabeza y una quiebra potencial para un pequeño emprendedor. Es irracional que tengamos un sistema tributario inicuo, de altísima presión y de bajo rendimiento, plagado de impuestos distorsivos como el IVA a los alimentos, el gravamen a la bancarización y a las transacciones que mueven la actividad como el de Ingresos Brutos. Es insostenible que coexistan tres estructuras para atender la salud, las obras sociales, la medicina privada y la pública y, a pesar de todo lo que se invierte, más de un tercio de la población esté en semi-desamparo en esa área tan vital. Es insoportable el burocratismo y morosidad de una Justicia sin vendas y sin eficacia. Armando expedientes como hace un siglo y medio, con papeles que van y vienen, pero sin darle a cada cual lo que le corresponde o dándoselo tan tarde que ya no hay justicia.

Hoy más de dos tercios del producto bruto mundial son servicios, un cuarto es industrial y siete de las diez empresas más grandes de la tierra son de servicios. Son datos que deberían hacernos pensar, pero acá pareciera que no mueven el amperímetro.

Existe creciente conciencia de que el trabajo es el que dignifica, pero se insiste en buscar ese desarrollo humano y social por atajos como los planes asistenciales sin un control efectivo de la contraprestación laboral. Los jóvenes son quienes más sufren el desempleo, pero hay resistencia a facilitar el empleo en las pymes so pretexto de que se trataría de trabajo basura. Basura es no tener trabajo y ser empujado al ocio esquinero o, peor, a las adicciones o el delito. Es inextricable que brille por su ausencia una política demográfica y de equilibrio en la distribución geográfica de la población. No pueden explicar los proclamados adalides de las políticas públicas que carezcamos de una política de fronteras que interprete que no son el fondo sino el frente del país y por ende exigen ser priorizadas. Inclusive con esa estrategia iremos articulando eficazmente la reintegración con los vecinos que es un objetivo insoslayable si aspiramos a ser protagonistas en el mundo que viene.

No hay otra opción que desempatar el poder para darle lugar a las reformas. Ese desempate será el resultado de la victoria contracultural, es decir que todas las falacias y falsedades conceptuales sean desplazadas por visiones realistas del país y del planeta. Vale decir que el desempate será hijo de una vocación de futuro en la que el pasado sirva sólo como experiencia. La Argentina con los ojos en la nuca es inviable, al igual que este empate de los resistentes a los cambios con quienes los buscan. Es tiempo para desempatar.

(*) El autor de la columna es diputado del Mercosur.
Presidente nacional del partido UNIR - www.unirargentina.org

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