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EMOCIONES ENCONTRADAS

De juegos y algo más - Por Edgardo Lanfré

Cómo han cambiado los juegos de hoy… Se suele ver a niños concentradísimos frente a la pantalla de un celular o tablet, deslizando su dedo índice sobre la pantalla jugando vaya a saber qué juego. ¿Sabrán estos niños lo que es recibir un coscorrón de la vieja por llegar con las rodillas del pantalón rotas o embarradas? ¡Hágame el favor! Hoy se enferman de tendinitis. El juego debe tener fantasía y creatividad, cosa que con un control en la mano y frente a una pantalla es difícil de conseguir.

Uno decía “llegó la temporada de la bolita o las figuritas”, sin darse cuenta de que ello obedecía (como en tantos otros órdenes) a modas impuestas desde alguna distribuidora o por los quiosqueros, pero igual valía la pena. En el caso de la bolita, atentó, hasta casi extinguirlas, el cemento y las veredas de lajas o baldosas; antes se hacía el “hoyito” (pisando una bolita para que se hunda en la tierra) y terminándole los rebordes a mano; hoy se necesitaría un taladro. Ya casi no se ve a ese par de galanes torneando la soga para que las chicas salten o aquel elástico estirado por las piernas, que iba subiendo dejando participantes fuera.

¿Qué habrá sido de aquellos “sunchos”? Una llanta de bicicleta, sin los rayos, que se transformaba en un aro que magistralmente dominábamos como un exquisito malabarista, por medio de un hierro doblado en la punta y que nos hacía correr detrás de él por las veredas y calles de ripio. Más de un conservacionista de estos días se sonrojará al recordarse con la gomera al cuello o entre sus manos, con el bolsillo lleno de piedras, mirando entre los árboles en busca de alguna presa, o simplemente haciendo puntería contra latas y botellas (los aisladores de porcelana de los postes de luz pasaban susto).

¿Quién se atrevería a comparar una Play Station con un metegol? Aquellos de fundición, no estos de plástico de hoy. Cierre los ojos por un instante y sienta el ruido de aquellas varas con los jugadores sujetos a ellas o el olor de la grasa que las lubricaba. Un arquero, una defensa de dos zagueros, los cinco del mediocampo y el tridente delantero. Nada de molinete, eso era para principiantes, el golpe seco y certero para impulsar la pelota. Claro, nos pueden hablar de la Play con relato, sonido de tribuna estereofónico y hasta la posibilidad de elegir el equipo y los jugadores que se desee, pero nada iguala aquel relato, en boca de algún compañero o uno mismo mientras manipulaba las varillas, imitando a Fioravanti o al gordo Muñoz, mientras creíamos que esos estoicos jugadores de metal eran Rojitas, Perfumo, Onega o Artime. ¿Quién puede comparar ese sonido de la tribuna gritando gol en un juego cibernético con el sonido del fondo del arco de aquel metegol, cuando entraba la pelota. Algún disparo certero que venía desde el fondo, desde la zaga, o el letal disparo de un delantero que burlaba la defensa y al arquero hacia “cantar” la chapa y correr una ficha en el contador sobre el arco.

Como suele suceder, aquellos juegos pasaron de moda y nosotros transitamos un camino que no tiene regreso, al menos en la realidad; pero sí aceptar que, cada tanto, nos visiten en nuestra memoria, aunque sea en unas líneas escritas en un papel.

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