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EMOCIONES ENCONTRADAS

Salida de campo - Por Edgardo Lanfré

La mañana de aquel domingo estaba radiante, de esas de verano que invitan a salir a orillas de algún espejo de agua o a acercarse a un río. El tío ya había acordado con sus sobrinos que, al primer día lindo que no hubiera viento e hiciera calor como para animársele al agua, los buscaría en la chatita para ir hasta el Limay: asado, pesca, fútbol y todo lo que hiciera falta para pasar un día glorioso.

Ese tío, soltero, salidor y divertido, disfrutaba de la compañía de sus sobrinos y la barra de amigos que siempre lo alegraban. Esa mañana temprano, la vieja Ford A se detuvo en la esquina, donde se iba a juntar la barra dispuesta a la excursión dominguera. Los más chicos medio apretados dentro de la cabina y los más grandes en “calidad de bulto” en la caja, la que por barandas tenía unas tablas sujetas a unos postes aferrados a la carrocería. Una mesa de madera (seguramente sacada de la cocina), algunas sillas, la parrilla y un cajoncito con comestibles estaban cargados allí.

Así que, como pudieron, se fueron acomodando para iniciar el viaje.

Aquel Bariloche de los años 40 aún no lucía asfalto sobre sus calles, las que dejaban una polvareda detrás del vehículo que las transitaban, pero allá partieron, felices, rumbo al río. El poco tránsito que había por las calles, más aun ese día domingo, permitió que rápidamente estuvieran a la altura de la estación. Allí, justo en frente, a un costado del camino, se hallaba un gaucho, aparentemente con ganas de hacer dedo (el hombre de campo no hace gestos para detener el auto, más bien confía en que el conductor debe adivinar que quiere viajar). Una vez detenida la Ford A, efectivamente comprobaron que aquel hombre se dirigía también hacia el Limay. Una vez acomodado en la caja, él y los bultos que llevaba con sus compras, emprendieron nuevamente la marcha.

La cosa iba linda hasta que en la bajada, que luego de una curva cruza las vías, al doblar, se salió una de las ruedas delanteras de la chatita, lo que provocó que literalmente se clavase en el suelo despidiendo por el aire a todos los pasajeros que iban sobre la caja. Por suerte, la baja velocidad hizo que sólo se tratara de un revolcón, festejado como una más de las aventuras que los esperaba ese día.

Los más grandes ayudaron a levantar la pesada carrocería, mientras el tío se las ingeniaba para sujetar nuevamente la rueda; con ingenio y algo de alambre, pronto estuvo todo listo para retomar la marcha. El gaucho, que con el golpe había ido a parar unos metros por delante, luego de sacudirse un poco el polvo de la caída, volvió a subir y ocupar su lugar en la caja.

Marchó todo bien hasta que a la altura del aeroclub, donde el camino viejo hacia una curva de noventa grados, nuevamente, en plena “doblada”, la rueda se salió. Calcadas fueron las rodadas, esa vez, un poco más lejos de la chatita. Nuevamente los muchachos oficiaron de crique y levantaron la chata, para que el tío acondicionara de nuevo la rueda. Cuando ya estuvo reparado el vehículo, y ya prontos a partir, observaron que el gaucho se iba caminando, algunos metros más adelante; lo alcanzaron e invitaron a subir, ante lo que se negó aquel hombre. “No, no, mejor me voy caminando sino voy a llegar muy estropeao”.

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