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Hablar poco de lo que se sabe y nada de lo que no se sabe

La República y sus instituciones están enfrentando una de las mayores crisis de identidad de su historia. Un destino de grandeza se ha perdido en los repliegues de nuestra historia. Todo está relativizado y puesto en la picota: los políticos, los gremialistas, los jueces, hasta el mismo pasado tiene mil caras como Proteo, según el cristal que cada uno mira. En vez de aunarse la mayoría de las voluntades en pos de los grandes objetivos que necesita la Nación, están arrutadas en peleas de intereses pequeños, bastardos, de aparcerías políticas de cuarta. Ya no se discuten ideas, ahora se vive del agravio y del insulto y de la descalificación personal.

Se han muerto las doctrinas y el gran pensamiento político y, por eso, los argentinos como Gargantúa han vuelto a vivir una infancia en medio de una querella de pedantes y soberbios que, sin saber nada de nada, se exponen como pavos reales discutiendo apasionadamente ante la patria locutora y mediática como si fueran expertos en todos los temas, olvidando un precepto básico: hablar poco de lo se sabe y nada de lo que no se sabe.

Ahora cada uno es experto para hablar de los submarinos, de la cultura de los pueblos pre existentes, de la causa Amia, sacando conclusiones apresuradas y falsas como si fueran la verdad suprema y única y, como pasa con la selección argentina, hay millones de DT que hablan hasta por los codos recitando sus letanías y que en verdad no saben nada de nada, corriendo de panel en panel y de programa en programa hasta el hartazgo. Pero, en esa farsa, hay pocos inocentes. Cada uno lleva agua para su molino y, conforme a la orden que recibe de su "jefe", son como muebles de forja o juguetes a cuerda, adocenados como una mano de obra paga para instalar intereses oscuros y confundir a la opinión pública.

Pensar y discutir los grandes temas nacionales en la Argentina de hoy “es tan imposible –como decía Chesterton- como pescar al Leviatán con un gancho”. Y hasta que no haya un gran acuerdo nacional sobre política exterior, sobre defensa, sobre energía, sobre recursos naturales, educación y otros, seguiremos a los tumbos poniendo remiendos a un traje ya deteriorado que no resiste más parches. Por ejemplo, nuestros políticos no han sido capaces de implementar una política previsional, educativa o sanitaria sustentable y armónica; por el contrario, se vive remendando ante cada cambio de gestión y con el agravante de que, cuando entra una nueva, arroja al desván lo realizado por el anterior. Eso se llama no tener políticas de Estado. O, para decirlo como el gran Arturo Jauretche, “hacer prevalecer políticas bartoleras”.

Los argentinos, decía Perón en el exilio, “son una generación de amanuenses que no sirven para Dios ni para el diablo”. Y ante una democracia que se jacta de tener libertad porque cada cuatro años se cambian autoridades, dijo que “la libertad no significa solamente poder decir lo que uno quiere, sino también estar sometidos a las causas justas”.

Desde Buenos Aires, verdadera caldera del diablo, se difunde una vida frívola, chillona. Entre la audiovisualidad infame y el indigesto desayuno cotidiano que nos brinda la patria locutora, hemos perdido la paz del alma y pensamos cosas pequeñas, mezquinas. Para ser un país serio, debemos dignificar esa subcultura audiovisual que gana todos los espacios, y que, como el idiota de Shakespeare, sólo reparte “sonido y furia”. Por eso: hablar poco de lo que se sabe y nada de lo que no se sabe.

Jorge Castañeda
Escritor – Valcheta

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