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EMOCIONES ENCONTRADAS

La Noche Buena - Por Edgardo Lanfré

Para muchos, será la noche buena; para otros, sólo una buena noche. Pero para la gran mayoría, la del 24 al 25 es “la” noche del año. “Nos juntamos allá”, “vamos nosotros o vienen ustedes”, “¿qué cenamos?”. En fin, todas las decisiones que se van tomando para pasar ese momento en familia o en rueda de amigos. Los hijos que están estudiando lejos van llegando (algunos sobre la hora), los que viven en otras ciudades o países deciden pasarla en la casa materna… Todo alrededor de la Noche Buena. Cuando diciembre comienza a caminar (no hay un momento preciso) alguien nos suelta el primer “¡Felicidades, che!” y caemos en la cuenta de que llegó fin de año: despedida aquí, brindis allá, cena de cierre y tantas otras cosas que nos meten en una especie de tobogán que desemboca allá por los días de reyes del año siguiente. Pero, sin dudas, el espacio central lo ocupa la Noche Buena. Cae la tarde del 24 y pasa un nene vestido de angelito que va para un pesebre, saludando al vecino que viene con un cordero al hombro; se va mezclando el aroma de incienso con el de la leña haciendo brasas.

Si uno mira hacia atrás, todo ha cambiado, principalmente nosotros que ya no somos niños. Esperábamos a Papá Noel, a quien nunca lográbamos ver, con su carro tirado por renos, y ver si había cumplido con el pedido de la cartita; más de uno lo habrá querido correr a piedrazos al comprobar que en lugar de una pelota le había traído una remera. Esperábamos la Navidad tirando cohetes. Hoy nos tenemos que hacer cargo de los preparativos mientras nuestros hijos se pasean indiferentes. Ya no se escuchan tantos villancicos tradicionales en las radios, es cierto. Pero, en algún lugar de nuestra memoria, todavía ronda aquel “din, don, dan…” de las campanitas, acompañando la música.

Por suerte, las reglamentaciones y la conciencia ciudadana han desterrado casi el uso de pirotecnia, aunque si uno se asoma a su infancia, se verá viniendo de algún quiosco, librería o comercio afín, luego de comprar una interesante dotación de explosivos para adornar los días previos y esa noche, con sonoras explosiones: rompeportones, triangulitos, metralletas, cañitas voladoras. En un bolsillo, los cohetes y, en el otro, una caja de fósforos Ranchera o Fragata, para encenderlos. Los Ranchera eran mejor porque, aun sin la caja, encendían al frotarlos en las lajas de la vereda, en el cordón de la calle o en la pared. Se “amasaba” la mecha entre los dedos, para que se desarme la pólvora y así lograr “retardarla”. Frotar un cohete en la cajita y tirárselo entre los pies a algún desprevenido. Estaban aquellos corajudos que le ponían en pie, apoyando la zapatilla en el talón y dejando libre la punta para que explote por debajo y no salten chispas. A los rompeportones (que, literalmente, por la fuerza de su explosión, lograban hacer honor a su nombre), se los solía tapar con una lata vacía, de leche Nido o de duraznos al natural, dejando afuera sólo la mecha para encenderla y, al explotar, ver aquellas latas alcanzar la altura del techo de la casa. Hoy da temor el sólo pensar la fuerza de aquellas explosiones y el peligro que acarreaban. Las cañitas voladoras (o más bien “terror de los techos”), las metralletas, que eran una especie de Rodhesia, que al encender soltaban una batería de descargas.

Recuerdo a un amigo, al que le pusieron una en el portaequipaje de la bici Aurorita, que comenzó a explotar mientras pedaleaba, lo que provocó que soltara el manubrio y se aparte asustado. Había una especie de varillitas (parecidas a un sahumerio) que al encenderla soltaba chispita de colores, sin otro tipo de entretenimiento lo cual, al lado de las otras explosiones, eran más aburridas que arrastrar un palo.

Muchos deben recordar alguna Noche Buena en especial, esa que por algún motivo fue distinta a las demás. En Bariloche, sin dudas todos recordaremos aquella del 78, con nuestra región militarizada y a punto de trenzarnos en guerra con los hermanos chilenos y que, gracias al abnegado cardenal Zamoré, que fue y vino a ambos lados de la cordillera mediando, no llegó a mayores. En lo personal, recuerdo la del 82 en la que, estando bajo bandera, “haciendo la colimba”, me tocó justo a la media noche estar de guardia en un puesto, desde el cual observaba en las casas cercanas a la familia reunida en torno a la mesa, el brindis y todo lo demás.

De jóvenes, luego de los protocolos familiares, se partía a la reunión de amigos, (hoy vemos marchar a hijos y nietos), en alguna casa o plaza. Muchas veces, terminábamos en los boliches, hasta que aclarara. Recuerdo a un amigo, a quien sus padres le encargaron que, ya que iba a amanecer, se fuera tempranito a buscar algún lugarcito a orillas del lago y tuviera el fuego prendido y el cordero puesto en el asador, para que cuando llegara la familia ya todo estuviera encaminado. Grande fue la sorpresa cuando llegaron y encontraron cumplimentado el trámite sugerido, pero con el cordero ensartado ¡con el cogote hacia arriba y el parrillero durmiendo bajo un maitén!

Será una Noche Buena más. Para los cristianos, quizás un buen momento para recordar al cumpleañero, que ya va por los 2017 años. Para los demás, una linda juntada. Una noche diferente que nos permite salirnos del camino y, desde un costadito, reencontrarnos, abrazarnos y renovar las almas. Ojalá podamos concretar todas las cosas lindas y deseos que se formulan al chocar las copas. Feliz Noche Buena.

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