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Emociones encontradas

La llegada de Los Reyes - Por Edgardo Lanfré

A Beto, su mamá le dijo: “Miguel está tomando la leche en la cocina. Cuando termine mandalo a vestirse. Decile a Luis que se levante y entre leña. Colgame la ropa y dejá atado al perro, que si no corre y levanta tierra. No se pongan las zapatillas nuevas para ir a patear...”. Le sonaron rutinarias las órdenes, como siempre, con sus doce años y siendo el mayor, cargaba con ciertas responsabilidades. Cuando Miguel terminó de tomar la leche, lo llevó a upa a la pieza para vestirlo. Era el más chico de los varones y se levantaba siempre temprano, casi con los papás. Se acercó al mueble de la cocina, prendió la radio y le dio volumen para escuchar algo de música.

- Luis, dijo la mami que entres leña para la cocina.
- ¿Adónde fue?
- Fue a llevar a la Caro al médico. Parece que estaba con fiebre.

Era la hermana más chica y, como apenas estaba aprendiendo a caminar, era la preocupación de todos.

Beto, después de colgar la ropa y ordenar a su ejército, se cruzó a lo de Doña Irma para devolverle el fuentón grande. El barrio donde vivían era humilde y la solidaridad entre vecinos estaba a la orden del día. Se quedó charlando un rato, era viuda y los conocía desde que nacieron, así que la mamá de Beto se iba tranquila, sabiendo que la vecina cada tanto le curioseaba la casa y que los chicos, ante algún problema, acudirían a ella.

Cuando volvió a su casa, salió a recibirlo Luis: “Beto, dijo la radio que esta tarde van a llegar los Reyes Magos al club Náutico, en una lancha. Van a repartir juguetes y caramelos, ¿queda lejos?”. Beto le hizo una mueca con la boca, como dándole a entender que era una pavada. Pasó de largo para el patio, controlando que la ropa estuviera bien colgada, pero la idea de los Reyes en una lancha le daba vueltas en la cabeza. Los juguetes y los caramelos eran una oferta nada despreciable. En su casa, esas cosas no abundaban, había para comida y ropa, que iba pasando de más grande a más chico; los juguetes se contaban con los dedos de la mano, había que arreglarse con palitos, maderas, latas, chapas... El Club Náutico estaba saliendo para el lado de Llao Llao, como a cuatro kilómetros, a lo que había que sumarle que ellos debían bajar hasta el centro y, de ahí, rumbear. Una vez, lo acompañó a su papá a Melipal, a entregar unos trabajos y él le preguntó, al ver tantos botes y barcos juntos, y su padre le dijo “es el club Náutico”.

En la casa se comía a las doce, hora en la que llegaba el papá. Él salía cuando ellos todavía dormían, venía al mediodía y se iba de nuevo hasta la tardecita. Mientras comían, se escuchaba el panorama de noticias en la radio, así que lo poco que se hablaba era en voz baja, para no interferir.

De pronto, el aviso cambió el rumbo del día: “Hoy, a las 16 horas llegan los Reyes Magos al Club Náutico. Chicos, vengan a recibirlos. Habrá golosinas y juguetes para todos...”. Beto y Luis cruzaron miradas cómplices: estaba decidido, había que organizarlo y actuar con premura y discreción.

Con un leve golpe de cabeza al costado, Beto invitó a su hermano a levantarse de la mesa y rumbear a la pieza. Miguel los siguió, lo cual era una complicación. Apenas tenía siete años, se iba a cansar, sólo salía del barrio con los papás, pero amenazó con delatarlos si no lo llevaban. Sacaron cuentas rápido. Llegar hasta allá les iba a llevar un par de horas.

- ¿Y si bajamos y nos tomamos el colectivo?, preguntó Luis.
- ¿Con qué plata?
- Saquemos del sobre, la mamá no se va a dar cuenta.

El sobre estaba celosamente guardado en el ropero de la pieza. Era el que contenía el sueldo del papá. Beto aprovechó que la mamá estaba levantando la mesa, se metió a la habitación, abrió el ropero y sacó un billete, uno color violeta, con la fragata pintada, que era de los que su mamá metía en el monedero cuando iba a hacer las compras: “Con este vamos a andar bien”, pensó. Volvió a la pieza donde lo esperaban sus hermanos, los mandó al patio. “Le voy a decir a la mamá que vamos al campito a patear, espérenme en la vereda...”. Acto seguido fue a la cocina y consiguió el permiso, con todo el rosario de recomendaciones del caso.

Corriendo por la emoción y también para estar a horario, bajaron al centro por la calle enripiada. “Miguel, cuando lleguemos abajo me das la mano y no te soltás por nada, ¿entendiste?”. El pequeño era el que más iba a disfrutar de los Reyes, cosa que a Beto lo alegraba sobremanera, pero era una responsabilidad, nunca habían andado solos.

Llegaron al refugio municipal, al lado del mercado, desde donde salían los colectivos. Preguntaron si iba a Llao Llao y, al obtener una respuesta positiva, le pidieron al chofer que les avise en el Club Náutico.

El asiento era doble, pero se sentaron los tres juntos, con Miguel contra la ventanilla. Era la primera vez que se subía a un colectivo, miraba para todos lados con los ojos grandes. Beto iba del lado del pasillo, atento a que le avisen cuando llegaban. Al poco rato, ahí adelante, se vio una caravana de autos estacionados en la banquina y gran cantidad de gente. El chofer les avisó que llegaron. Caminaron hasta el playón cerca del muelle: había chicos en cantidad, banderines, guirnaldas y tocaba la banda. Por un momento, el entorno los cautivó y se olvidaron de donde andaban, de haberlo hecho se les borraría la sonrisa, seguramente.

- ¿Cuándo vienen los Reyes, Beto?, preguntó ansioso Miguel.
- Ya van a venir. Lo calmó, aunque no tenía ni idea, pero lo calmó.

Sonó una sirena ronca, que cortó el aire y hubo un estallido de alegría. Desde la izquierda, venía atracando una tremenda lancha con los tres Reyes Magos saludando. Hubo una estampida de niños, que fueron controlados por los adultos y algunos policías que había por allí. Los Reyes saludaban y al detenerse contra el muelle, comenzaron a arrojar caramelos en cantidad, los niños iban recogiendo y cargando sus bolsillos. Luis se sonrió y, por un momento, se sintió una de las tantas gallinas de la abuela, cuando lo mandaba a tirarles maíz molido en el patio.

Hicieron formar una fila y los chicos fueron avanzando hasta llegar a un Rey que les obsequiaba algo. Beto les dijo a sus hermanos que se tomen de la mano y vayan. Él se quedó, le pareció que estaba un poco grande para esas cosas. Al rato, regresaron, radiantes, agitados por la emoción.

- Mira Beto- dijo Luis mostrándole un trompo.
- Y mirá. A mí, me toco un autito, como el del tío Juan- le mostraba Miguel, saltando.
- ¿Y esa muñeca?- Le señaló lo que tenía en la otra mano su hermanito.
- Es para la Caro. le dije a Melchor que mi hermanita no había podido venir porque estaba enferma y me la dio.

Todo este revuelo a Beto le hizo perder noción de la hora y empezó a preocuparse, así que ordenó la retirada. Sus hermanos, felices con los bolsillos llenos de golosinas y, además, los juguetes, obedecieron cuando les dijo que crucen la ruta para esperar el colectivo de regreso.

Por suerte, el colectivo los dejó en el mismo lugar donde lo habían tomado al salir, por lo que desandar el camino y subir la calle fue un trámite. El asunto se iba a complicar con los caramelos y los juguetes, había que declararlos o esconderlos; si la mamá los veía con cualquiera de las dos cosas, iba a sospechar enseguida. Los juguetes que había en la casa los sabía de memoria y tenían, en sus manos y bolsillos, más caramelos de los que comían en meses.

- Cuando lleguemos, entremos por el patio de atrás y escondemos las cosas en el galponcito, después vemos cómo hacemos- ordenó Beto.
- Digámosle a la mami que los encontramos en el campito- aportó Luis.
- Sí, ¿y los caramelos? No, metámoslos en un tarro y vamos comiendo de a poco.

Miguel miró el autito y la muñeca de trapo en sus manos y no le cerró la idea de dejarlos, pero a Beto había que obedecerle.

- ¡Miren la hora que es! ¿Dónde se metieron?- dijo la mamá, mirándolos uno por uno, bastante enojada.
- Andá a calentar agua Beto y bañensé, es tarde ya. No hagan ruido que tu hermanita esta con fiebre, recién la pude hacer dormir.

Se fueron bañando de a uno, a medida que la serpentina de la cocina a leña calentaba el agua. Se quedaron en la pieza, cada tanto mirándose y sonriendo, cómplices.

Cenaron en silencio. Su papá les preguntó algunas cosas y los mandaron a la cama. Fue una buena idea, porque con la “andada” de hoy habían tenido suficiente. Antes de dormirse, hubo intercambios de cuchicheos y sonrisas cómplices, por lo exitoso del plan llevado adelante. Había salido todo de maravillas, sin dejar ningún detalle librado al azar.

A Beto lo despertó su mamá, zamarreándolo.

- ¿Adónde fueron ayer a la tarde? Decime la verdad.
- Estuvimos en el campito, jugando con los chicos.
- No mientas- la mamá lo zamarreó.
- En serio, mami.
- Levantate y andá a lavarte, que tenés cosas que hacer ¡y más vale que me digas la verdad!

Se le hizo la noche en plena mañana. Algo había fallado, pero ¿qué? De paso al baño, vio a su hermanita acostada, abrazada a la muñeca de trapo y a su hermano Miguel, al lado, en el piso, jugando con su autito… Habían llegado los Reyes Magos.

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