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Reflexionar antes de consumir

Con las fiestas de fin de año a la vista, se avecina la exacerbación del consumo que suele producirse en la última hoja del calendario. La coyuntura es propicia para llamar a la reflexión y meditar sobre la actividad de consumir, la que llevamos a cabo durante más ocasiones durante el día. La necesidad de organizar la actividad económica según criterios de justicia y de respeto, tanto a las personas como a la naturaleza, es un asunto que cada vez adquiere más importancia.


El consumo crítico tiene que ver con la vocación de vivir de una manera responsable en la cotidianeidad. Como consumidores, constituimos un eslabón de mucha importancia en el funcionamiento de la economía y por eso, la situación global exige que desarrollemos criterios críticos hacia los mandatos que se imparten.

Esa toma de conciencia se impone con urgencia, al tornarse cada vez más evidentes los deterioros sociales y ambientales que se generalizan en todos los rincones. Consideraciones sobre la distribución injusta de la riqueza y sobre el aumento de la pobreza se reproducen a diario en los medios de prensa, al igual que los efectos que provoca el cambio climático, como consecuencia del carácter insostenible de la actividad económica. Los ejemplos son muchísimos: los fenómenos migratorios desde los países pobres hacia los ricos, la deforestación y la desertización, la eliminación de la biodiversidad y la explotación laboral de mujeres y niños, entre otros flagelos.

Es mucha la incidencia que como consumidores, se puede adquirir en las decisiones económicas de los gobiernos y también de las grandes compañías. Es levantar los conceptos del consumo ético, que inquiere sobre las condiciones sociales y ecológicas en las que se elaboran productos o servicios. Por ejemplo, mucha polvareda se levantó años atrás cuando trascendieron las condiciones de esclavitud en las cuales se desempeñaban trabajadores inmigrantes bolivianos y peruanos, al confeccionar prendas infantiles y deportivas de cotizadas marcas. Pues bien, una actitud ética al consumir consiste en decidir la compra a partir de la historia del producto o servicio y de la conducta de la empresa que opera en el mercado. Al valorar las opciones más justas, solidarias o ecológicas, se consume de acuerdo a esos valores y no sólo en función del beneficio monetario personal.

Para edificar con paciencia un ejercicio continuo de consumo ético hay que buscar información y apuntar a la formación de un pensamiento crítico. Desde septiembre de 2007 se debate en Bariloche la cuestión del consumo de alcohol y su incidencia en lamentables sucesos que troncharon vidas demasiado jóvenes. Si se ojea someramente la cantidad de avisos televisivos y gráficos que equiparan diversión y seducción con la ingesta de bebidas alcohólicas, se advertirá qué tan necesaria es una visión crítica de los mandatos publicitarios.

Por otro lado, la reducción de los niveles de consumo es una opción ética. Quizás esta aseveración sea más válida para los países del Primer Mundo que para los nuestros, eternamente en vías de desarrollo. Pero no carece de sensatez. Se viene el verano y sabemos qué suele suceder: sólo los aparatos de aire acondicionado de las grandes ciudades demandan la mitad de la oferta energética del país. Por otro lado, ya señalamos aquí en reiteradas oportunidades el carácter perverso que tiene poner el campo al servicio de la producción de combustibles, en desmedro de los alimentos. ¿Para qué se fabrican motores tan grandes en vehículos familiares, si el agotamiento de las fuentes tradicionales de energía es un hecho? ¿Para qué se desarrollan automóviles capaces de alcanzar altas velocidades que están prohibidas y demandan mayor combustible?

El poder individual del consumidor podrá resultar muy pequeño pero Gandhi ya se encargó de demostrar qué tan eficaz pueden resultar las huelgas de consumidores o boicots. Además, pueden resultar más saludables. ¿Cuántos productos supuestamente alimenticios adquirimos por semana para nosotros y nuestros hijos que en realidad, deterioran nuestra salud dental, nuestra línea y con los años, nuestro funcionamiento cardiovascular?

¿Cuántos árboles se dejarían de talar si las prestadoras de servicios públicos y otras empresas fueran más racionales a la hora de llenarnos de folletos cuando llegan las facturas o resúmenes cada mes? Papelería que dicho sea de paso, la mayoría de los clientes ni siquiera lee. ¿Cuántos ríos menos se contaminarían si a la hora de los envoltorios, las empresas se propusieran ahorrar?

Al consumo ético hay que cruzarlo con el ecológico, más difundido con su fórmula de las tres “R”, es decir, reducir, reutilizar y reciclar. Si bien a raíz de la dimensión social de la vida, siempre tendrán más incidencia los comportamientos que puedan articularse colectivamente, no hay que desdeñar las posibilidades individuales o familiares al poner en práctica esas ideas. El asunto está en manos de todos y cada uno.

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