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La Navidad celebra la diversidad cultural

¡Qué diría el que nació en Belén si viera que aquella tierra es escenario de tanta intolerancia! A juzgar por los datos históricos, que a veces coinciden y otras no con los relatos bíblicos, la sociedad de entonces era diversa culturalmente. Por ejemplo, las recreaciones de la tradición de los Reyes Magos indican que a pesar de la opresión romana, las culturas dialogaban entre sí en un marco de convivencia que deberíamos envidiar.

El relato de los Reyes Magos tiene su origen en una cita de San Mateo, uno de los cuatro evangelios que la Iglesia admite como válidos. Sin embargo, el texto bíblico no hace mención al número exacto de magos que concurrió a Belén para honrar con sus presentes a Jesús. Tampoco se refiere a su condición real pero no terminan allí las supuestas omisiones: no menciona a Gaspar ni a Melchor ni a Baltasar, tampoco sus orígenes o nacionalidades, fecha de la visita ni destino después de la escala.

La ausencia de definiciones motivó que en distintas representaciones iconográficas que se realizaron durante los siglos III y IV, aparecieran dos, tres y hasta cuatro magos. Sin embargo, en los primeros tiempos la interpretación fue bastante libre, ya que otras fuentes cristianas, en este caso sirias y armenias, imaginaron doce reyes, porque asociaron a los adoradores con las doce tribus de Israel o con los doce apóstoles.

Recién a partir del siglo III comenzó a institucionalizarse la tríada. Le correspondió esa tarea al teólogo Orígenes, quien vivió entre 185 y 253 y estableció que los magos eran tres. Como el texto de Mateo menciona que Jesús recibió la misma cantidad de regalos, es decir, oro, incienso y mirra, terminó por aceptarse su versión, aunque se trate de sustantivos incontables. En realidad, pudieron ser decenas los adoradores que coincidieron en regalar diversas cantidades de oro, de incienso o de mirra.

El mismo relato se reprodujo en Israel y Palestina, pero adquirió formas singulares en Siria, Egipto y Armenia sin que nadie se ofendiera demasiado. De hecho, hay que ver si efectivamente, Melchor, Gaspar y Baltasar se llamaban así. Como mencionábamos más arriba, Mateo tampoco se tomó el trabajo de estampar su identidad. Aquellos nombres son relativamente nuevos.

Los investigadores apuntan que aparecieron por vez primera en asociación a los Reyes Magos en un códice del siglo VII, que estaba en la Biblioteca de París. Como podría suponerse, cada tradición cristiana llamó a los enigmáticos personajes de diversa manera. Por ejemplo, en griego recibieron las denominaciones de Appellicon, Amerín y Damascón. En hebreo, se los “bautizó” como Magalath, Galgalath y Serakin. Aunque como pronto veremos, la veracidad de esos apelativos también es relativa.

Según las interpretaciones más difundidas, los Reyes Magos no eran hebreos, más bien se les atribuye el carácter de astrólogos babilonios o sacerdotes persas. Quiere decir que difícilmente llevaran nombres en hebreo. También se considera que eran hombres ilustrados en astronomía pero no desde la perspectiva fría de las ciencias modernas, sino desde un ángulo espiritual.

Dos milenios y monedas atrás, se consideraban magos no a los que sacan conejos de una galera, sino a quienes sabían interpretar el mensaje de las estrellas. Y una vez más, aflora el sincretismo cultural: “magoi” es un término de origen griego que puede significar matemático, astrónomo o astrólogo. Mucho tiempo después, Tertuliano afirmó que los magos debían ser reyes que procedían de Oriente, de las mismas latitudes que Occidente hoy ahoga en sangre.

Persia es Irán y Babilonia, quedaba en el actual Irak. Después de Tertuliano, se impuso la postura de considerar reyes a quienes adoraron a Jesús en el pesebre de Belén. Pero como decíamos más arriba, Mateo no afirma nada al respecto. ¿Por qué tuvo el cristianismo posterior la necesidad de otorgar rango real a los magos que homenajearon al Ungido? Sí es verdad que los magos babilónicos o persas constituían un sector social de mucha influencia.

Hoy parecería mentira, pero por entonces babilónicos (iraquíes) y judíos tenían muchas cosas en común. Además, Israel sufría la ocupación de Imperio Romano, así que difícil que provinieran de otro cuadrante. Sin embargo, hay relatos que consideran a los magos hombres de Persia porque en verdad, muchas de las costumbres que se recrean en Navidad tienen su origen en tradiciones culturales anteriores al cristianismo.

En los comienzos del cristianismo, se representaba a los tres como pertenecientes a una raza. Con el paso del tiempo, se los pensó como un anciano (Melchor), un joven blanco (Gaspar) y un negro de barba espesa (Baltasar) para simbolizar universalidad. Como puede advertirse, las culturas son construcciones más que esencias y si antes pudieron dialogar, por qué no ahora. A esa esperanza hay que aferrarse.

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