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Bastante más que tormentas

Los pronósticos apocalípticos siempre son cuestionables. En general, las prospecciones que anuncian desmoronamientos drásticos del orden político y económico que más conocemos, suelen no cumplirse. Como contrapartida, adquieren ribetes traumáticos situaciones que pocos prevén y abren interrogantes de toda índole. Dentro de ese margen, en el transcurso de 2016 tuvieron lugar varios hechos realmente llamativos que necesariamente, irán a configurar las claves del funcionamiento global durante el año que arranca el próximo domingo.

Hablar de tormentas, nubarrones, relámpagos y demás fenómenos meteorológicos no es feliz, porque la metáfora tiende a adjudicar carácter de natural a situaciones o procesos que detonan a raíz de decisiones políticas. Referirse a volatilidad, viento de cola, temblores y demás paralelismos, sirve para soslayar la responsabilidad de los hombres y mujeres que deciden de manera consciente determinados cursos de acción en lugar de otros.

Quizá la primera conmoción política de 2016 que tuvo consecuencias globales fue la decisión de los votantes británicos de abandonar la Unión Europea, determinación que se definió como Brexit. Pero del otro lado del Canal de la Mancha, la agitación también es significativa, ante el crecimiento de las expresiones de extrema derecha y del racismo antiinmigrante. Para algunos observadores, no debería llamar la atención que alguna expresión política de esas características pueda acceder al gobierno.

Tanta vorágine informativa quizás hiciera olvidar que en Turquía se produjo un intento serio de golpe de Estado que si bien fracasó, provocó consecuencias políticas muy serias. En Medio Oriente, pareciera que la violencia es la única metodología a la que se puede echar mano para resolver diferencias políticas y a nadie que observe los sucesos con atención, escapará que el unilateralismo estadounidense de unos pocos años atrás, cedió paso a la intervención más o menos abierta de una serie de potencias que comienzan a rivalizar con Washington de manera descarada, entre ellas Rusia y China.

Lejos de la atención significativa de la opinión pública argentina, tiene lugar una guerra terrible y silenciada. Como la potencia regional que comete crímenes de lesa humanidad en Yemen es Arabia Saudita, las mismas potencias occidentales que se llenaron la boca de improperios contra Irak o Irán en las últimas décadas, se llaman a silencio. Cada vez más profunda la crisis internacional de valores e instituciones…

Los votantes estadounidenses decidieron que su próximo presidente sea Donald Trump. Más allá del sesgo que pueda asumir su gobierno y de qué tan fiel pueda ser a sus promesas, convengamos que las ideas que quiso representar el próximo ocupante de la Casa Blanca, ponen en duda la noción de humanidad como colectivo. En términos geopolíticos, está en los cálculos un creciente enfrentamiento entre Estados Unidos y China.

Desde esa mirada cobra relevancia el Mar del Sur de la potencia asiática, escenario por donde transcurre la mayor parte de su comercio exterior, inclusive los grandes petroleros que abastecen de combustible a su economía. Más allá o más acá de Trump, es bastante evidente que estamos frente a una era de decadencia estratégica estadounidense y que si alguna vez la súper potencia irradió fuerza moral, no es el caso del presente.

En América Latina, expresiones de derecha se instalaron en los gobiernos de dos países clave: la Argentina y Brasil, aunque hay que diferenciarlos porque el proceso brasileño fue de legalidad muy dudosa. Más al norte se produjo uno de los acontecimientos más sorprendentes en términos de opinión pública: el tortuoso camino que asumió el proceso de paz entre el gobierno colombiano y las FARC contó con la negativa inicial del electorado.

En Venezuela, la conmoción no cesa ante las ganas de la oposición de destituir al presidente, proceso que se da la mano con la incapacidad del gobierno de estabilizar al país. Pero más allá de los signos y los estilos, el dato es que los gobiernos pierden legitimidad a una velocidad llamativa, mientras las crisis económicas persisten y la desigualdad no deja de multiplicarse. En la Argentina, en Estados Unidos, en Brasil y en otros sitios.

Es que la pretendida tormenta, no es una cuestión pasajera. La hipotética normalidad no se recuperará con un par de correcciones o medidas económicas acertadas. El “ciclo progresista” de Sudamérica es un claro ejemplo. Si la crisis es sistémica, la o las soluciones deberán asumir el mismo carácter. La debilidad de los Estados, la desintegración de las sociedades, el descrédito de los partidos e incluso los sindicatos, demanda el alumbramiento de nuevas instituciones. Claro que como siempre, las culturas políticas se revelan resistentes a los cambios. Pero ya no se trata de alternativas, sino más bien de necesidades.

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