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Revisionismo callejero

Al designar a sus calles, Bariloche participa de la tendencia general de las ciudades argentinas en combinación con un marcado espíritu localista. De su centro neurálgico parte la Avenida San Martín, denominación infaltable inclusive en los pueblitos más chiquitos. También de allí sale la Mitre, en homenaje a unos de los personajes más discutidos de la historia nacional. Asimismo, se pone de relieve a Francisco Moreno, un personaje menor en el contexto de la historia argentina que sin embargo, en el ideario barilochense alcanzó estatura de prócer.

Abundan las calles que intentan recordar a quienes integraron la Campaña al Desierto o a los llamados pioneros, siempre muy cerca del Centro Cívico. Se ve que con el correr del tiempo, quienes imponen los nombres de las vías de circulación advirtieron el desequilibrio y consagraron barrios enteros a poner de relieve figuras indígenas que tuvieron actuación en la región. O bien, adjudicándole la denominación de Juan Manuel de Rosas a un segmento de la costanera, como para disimular la clara inclinación hacia un sector de la biblioteca.

En uno de los barrios más bonitos, la identificación de una calle de no muchas cuadras puede prestarse a equívocos. Al leer en los cartelitos “Cacique Cumbay”, el transeúnte o el conductor podrán suponer que la leyenda tiene como finalidad poner de relieve la figura de algún viejo lonco que tuviera su toldería en las cercanías de la ciudad o al menos, en el resto de la Patagonia. Nada de eso y la verdad, su existencia es llamativa.

Haga el lector un esfuerzo con su imaginación y sitúese en la gesta cuyo bicentenario celebramos austeramente durante el año que se va. Como todo el mundo sabe, en julio de 1816 las Provincias Unidas del Sud consideraron que tenían que declarar su independencia. En aquel congreso célebre, participaron con sus representaciones varias de las provincias del Alto Perú, jurisdicciones que gracias a las vicisitudes de la política americana, una década más tarde pasaron a formar parte de Bolivia, un país independiente que por entonces no estaba en la mente de nadie. Tan propias eran aquellas zonas para los protagonistas de la Gesta de Mayo, que se cansaron de enviar expediciones para arrancarlas del yugo realista y de paso, amenazar a los maturrangos en la capital del virreinato vecino. Pero las expediciones que comandaron González Balcarce, Belgrano y Rondeau, siempre terminaron en fracaso aunque hubiera victorias parciales.

Fue después de una de esas derrotas, con las tropas porteñas en retirada, que crecieron las figuras de Manuel Ascencio Padilla y de su mujer, Juana Azurduy. Hay que ponerse en el cuero de los patriotas del Alto Perú: los “abajeños” podían poner pies en polvorosa cada vez que la suerte de las armas se inclinaba en contra, pero aquella era su tierra, ahí estaban sus hijos, sus casas y posesiones materiales. Los partidarios alto-peruanos de la revolución no estaban en condiciones de marcharse sin más. Por eso, los Padilla no tuvieron otra que continuar con la lucha.

Se dice que ambos mantenían una buena relación con los indígenas. De hecho y por parte de madre, Juana tenía ascendencia quechua. Por entonces, en la figura de la mujer convivían la realidad con la leyenda. Según nos cuenta Pacho O`Donnell, “fue así como el cacique Cumbay, el poderoso jefe indio guaranítico que dominaba las selvas de Santa Cruz y gran parte del este de Chuquisaca, a favor del gran ascendiente que por su heroísmo y rectitud tenía sobre sus súbditos, como así también por su preocupación en la buena formación militar de sus flecheros, se presentó un día en el campamento de los esposos guerrilleros”.

Según el historiador, “lo hacía a instancias del general Belgrano, a quien Cumbay había querido conocer y rendir honores. El jefe argentino le había hecho grandes elogios de los Padilla. Cumbay parece interesado fundamentalmente en conocer a Doña Juana, tanto es así que desciende de su caballo blanco que le obsequiara Belgrano e inclina, en un gesto inusitado para un jefe tan poderoso, su cabeza en señal de pleitesía, mientras sus hombres disparan flechas hacia el cielo lanzando ese alarido colectivo que tanto terror siembra en sus enemigos”.

El relato de O’Donnell tiene bastante de película de Hollywood, pero acierta a la hora de rescatar no sólo la actuación de la teniente coronela, sino también su cercanía y compromiso con los indígenas que se involucraron en la revolución. Según informa el autor, varios de los “mejores soldados” de Cumbay quedaron a las órdenes de Padilla. Curioso que los concejales barilochenses decidieran mencionar su figura, bastante antes de la fiebre revisionista que se tornó partidaria durante la “década ganada”.

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