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Desarrollo no puede significar destrucción

Son tres los grandes espacios del planeta que albergan reservas forestales. O más bien, eran… Éstas funcionan o funcionaban como factores de regulación de los ecosistemas a escala planetaria.

Por orden arbitrario, Malasia e Indonesia en el sudeste de Asia; Congo en el centro de África y la Amazonía en Sudamérica. El primero prácticamente desapareció, porque entre los dos países destruyeron más del 80 por ciento de sus selvas originarias para permitir la plantación de palma aceitera (africana) y eucaliptos. En Congo, las continuas guerras tuvieron un costado irónicamente benéfico: se detuvo la explotación de madera y la extracción minera pero ambas actividades se reanudaron en la última década. Y la Amazonía atraviesa un serio proceso de degradación gracias al modelo de desarrollo que abrazaron Brasil y los demás países.

Para tomar conciencia del asunto, quizás haga falta puntualizar que la superficie amazónica abarca 4 millones de kilómetros cuadrados y se disemina por nueve jurisdicciones nacionales. Almacena nada menos que 109.660 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2), es decir, el 50 por ciento del gas que contienen los bosques tropicales del planeta. En el área habitan 33 millones de personas, entre ellos, integrantes de 400 pueblos indígenas.

El “océano verde” de la Amazonía cumple cinco funciones “ambientales”. En primera instancia, la selva mantiene la humedad del aire y permite que se produzcan lluvias en lugares distantes de los océanos, gracias a la transpiración de los árboles. En segundo lugar, las lluvias abundantes ayudan a conservar un aire limpio. En tercero, se perpetúa un ciclo hidrológico benéfico aún en circunstancias adversas, porque la selva lleva el aire húmedo de los océanos hacia dentro de los continentes y mantiene las lluvias. En cuanto término, la Amazonía “exporta” agua a través de los ríos a grandes distancias y así, se convierte en un argumento importante contra la desertificación, sobre todo al este de los Andes. Por último pero no menos importante, la selva amazónica evita fenómenos climáticos extremos gracias a su densidad forestal, un auténtico obstáculo contra las tempestades.

Si bien la importancia de las funciones que trajimos a colación se conoce con suficiencia, entre los gobiernos y el “mercado” hacen la vista gorda. En consecuencia, los efectos de la degradación de la selva amazónica son visibles: reducción de la transpiración, modificación de las lluvias y prolongación de la estación seca. Solamente en el Brasil se produjo por año, una deforestación que alcanzó 763 mil kilómetros cuadrados, es decir, tres veces el estado de Sao Paulo o 21 veces Bélgica. Otro parangón: 184 millones de canchas de fútbol.

Según los expertos, se calcula que una disminución del 40 por ciento de la selva significaría el inicio de un proceso de transición hacia la sabana. En la actualidad, se supone que el 20 por ciento de aquella ya se destruyó, mientras otro 20 por ciento corre serio peligro. Según declaró la FAO oportunamente, si la velocidad de la destrucción no se altera, en 40 años no habrá más selva amazónica, sino sabana con algunos bosques.

Como acostumbramos a decir en esta columna, en materia de preservación ecológica y de cara a los grandes problemas que enfrenta la humanidad, derechas e izquierdas comparten criterios. En los países de orientación neoliberal que albergan en su territorio porciones de Amazonía, se explotan los “recursos naturales” para acumular capital. Donde gobiernan quienes se consideran progresistas, piensan que hace falta extraer las riquezas naturales y promover exportaciones agrícolas para financiar políticas sociales. Entre los socialdemócratas, se cruzan ambos argumentos… Pero más allá de las motivaciones ideológicas, los resultados concretos son los mismos: la destrucción sin pausa de los ecosistemas más importantes y necesarios del planeta.

Desde la Argentina y Paraguay, suben desde el sur los monocultivos de soja y palma aceitera. Si se ve desde un avión, se observarán sobre el Amazonas grandes rectángulos que parecen y son, heridas abiertas en el paisaje verde. El código forestal brasileño explica en su introducción que el país quiere favorecer la “agricultura moderna”, es decir, la industrial. Los vínculos entre el poder político y los intereses sojeros no repararon en sutilezas en el vecino país.

Para evitar el suicidio al que nos empujan, hace falta una reversión radical del modelo económico que tanto abrazan progresistas como derechistas. Donde la selva fue destruida, es necesario su restauración, además de la difusión de conocimientos para que la opinión pública sepa qué hay detrás de cada “plan social” o política de inclusión. Los gobernantes tienen que entender que nadie los votó para destruir y además, deben pensar en sus descendientes. Ellos tampoco tendrán demasiado oxígeno para respirar.

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