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Achicar distancias entre productores y consumidores

Eran dignas de consideración las iniciativas que pusieron en marcha diversas jurisdicciones gubernamentales en el período anterior para achicar la distancia entre los productores de alimentos y los consumidores. En la actualidad, continúan a través del Mercado Comunitario Municipal propuestas por las cuales verduras y hortalizas del Valle Medio arriban a esta ciudad a precios accesibles de manera periódica, además de chivos y corderos.


Más allá de los cambios de gestión, es necesario que desde áreas nacionales, provinciales y municipales se respalde en forma decisiva a la agricultura familiar, porque ya se demostró a nivel global que la producción industrial de alimentos no sólo aporta en forma sustantiva al cambio climático, sino que además atenta contra la biodiversidad y contribuye a la concentración económica.

Si bien se vio envuelta en discusiones, la continuidad del Mercado Comunitario Municipal es un logro, aunque reste instrumentar incentivos a los productores de Bariloche y del resto de la región. Después de décadas de abandono, las producciones cercanas no alcanzarán a satisfacer significativamente la demanda local, pero contar con posibilidades de comercialización a mano debería implicar un fuerte estímulo.

Son medidas parciales que se entroncan con la noción de soberanía alimentaria, concepto que se elaboró hace más de 20 años y que en ocasiones, se repite sin demasiado conocimiento. A esta altura de los acontecimientos, nos atrevemos a destacar que no es posible la soberanía política o económica si los pueblos no están en condiciones de decidir con qué alimentarse y de qué manera.

Para la Real Academia Española, comer se limita a “masticar y desmenuzar el alimento en la boca y pasarlo al estómago”. Pero no se trata solamente de tragar sustancias que pasan por alimenticias. Comer de manera sana y consciente, implica preguntarse por la procedencia de nuestros consumos, de qué manera se elaboraron los alimentos, en qué condiciones y cómo se compone su precio.

Desde esa perspectiva, la soberanía alimentaria refiere a tomar el control de nuestras costumbres alimentarias y no delegar. Dicho de otra manera, somos soberanos cuando podemos decidir sobre nuestra alimentación. El concepto se acuñó en 1996, cuando el movimiento internacional de agricultores puso sobre el tapete la idea, en coincidencia con una cumbre de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).

Con su difusión, el objetivo principal es promover la agricultura local, campesina y a pequeña escala, a la vez que enfrentar los subsidios que recibe la agroindustria para la exportación en los países más desarrollados, práctica que implica competencia desleal hacia los pequeños productores de países como la Argentina. En el presente, la demanda no se limita exclusivamente al sector campesino, atañe a todos los ámbitos de la sociedad porque todos ingerimos alimentos.

Decidir de qué manera alimentarse es un asunto de todos y cada uno. La Vía Campesina establece que por soberanía alimentarse se entiende “el derecho de cada nación a mantener y desarrollar sus alimentos, teniendo en cuenta la diversidad cultural y productiva”. O sea, ejercer soberanía para decidir qué se cultiva y qué se come. Concepto que está ausente en la Argentina, gobierne quien gobierne.

En 1996 se aprobó aquí la introducción de la soja genéticamente modificada. Desde entonces y hasta hoy, el país no hizo otra cosa en materia de política agrícola y alimentaria que resignar soberanía. Para “aprovechar las oportunidades que nos brindan los mercados internacionales”, son muchos los que abandonaron su diversidad agrícola anterior para favorecer a los monocultivos.

El esquema sólo beneficia a un puñado de empresas. ¡Hasta la política cambiaria se relaciona con la soberanía alimentaria! Desde una perspectiva comercial, la voluntad política de varios gobiernos queda supeditada a los dictados de la Organización Mundial del Comercio (OMC) cuando precisamente, el rasgo central de la soberanía alimentaria consiste en “poder decidir”.

Sería muy importante que los consumidores nos preocupáramos por obtener información sobre los productos alimentarios que consumimos. En estas materias, no es menor la posibilidad de identificar si un alimento contiene ingredientes genéticamente modificados o no. Recordemos que la Municipalidad de Bariloche fue pionera en ese sentido, pero la pereza de un ex director de Inspección General y la ceguera de un ex intendente, echaron por la borda el considerable avance.

Las iniciativas aplaudibles que mencionábamos más arriba sólo funcionarán como parches mientras la especulación con la tierra esté a la orden del día, la privatización de semillas sea un hecho y las etiquetas de los productos oculten sus ingredientes. Hay que insistir con las alternativas que suponen las cooperativas de consumo crítico y la proliferación de huertas urbanas. Por aquí todavía no asistimos a experiencias significativas de “cocina comprometida” o de Kilómetro 0, pero sería interesante que alguien hiciera punta.

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