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Los logros científicos, al acceso del pueblo

Quizás hoy los homenajes no cobren tanto espacio como hasta 2015, aunque tampoco aquellos fueron suficientes. Sobre todo, si se tiene en cuenta que en la Argentina del siglo XXI hay gente que sufre hambre y que el andamiaje de la salud pública fue la gran asignatura pendiente de la “década ganada”. Ramón Carrillo fue el primer ministro del área que tuvo el país.

Vino al mundo un día como hoy en 1906 en Santiago del Estero y recién partió de allí al finalizar los estudios secundarios, así que puede decirse que la realidad de una de las provincias más pobres del país condicionó sus opciones futuras. Obviamente, estudió medicina. Se recibió en 1929 con la Medalla de Oro al mejor alumno de su promoción. Pero los sucesos futuros demostrarían que no era un simple “traga”.

Fue un erudito que se inclinó hacia la neurología y la neurocirugía. Gracias a sus desempeños académicos, obtuvo una beca para perfeccionarse en Europa, donde trabajó e investigó junto a los más destacados especialistas. Pero cuando volvió no aplicó sus conocimientos a cotizar en alza su consultorio o clínica, prestó sus servicios al pueblo cuyas necesidades intuía.

Estaba en curso la Década Infame. A Carrillo, el panorama de decadencia moral, corrupción, empobrecimiento de la gente y enajenación del patrimonio nacional no le gustaba nada. En consecuencia, adhirió a las posturas que encarnaban por aquella época, hombres como Homero Manzi, de vínculos con la FORJA de Jauretche y Scalabrini Ortiz. Todavía se dedicaba a la investigación y la docencia.

En 1939 se hizo cargo del Servicio de Neurología y Neurocirugía del Hospital Militar Central. En aquellos tiempos regía el servicio militar obligatorio, así que el médico se topó con la realidad sanitaria del país, al tomar contacto directo con colimbas que venían de todas partes. Allí advirtió el joven facultativo, que la mayoría de las enfermedades tenía que ver con la pobreza.

Inquieto, llevó a cabo estudios estadísticos según los cuales, el país sólo contaba con el 45 por ciento de las camas necesarias. Esa cantidad insuficiente se distribuía de manera muy desigual porque había regiones que participaban con cero camas cada mil habitantes. Carrillo sabía de la postergación y la miseria que acuciaban a buena parte del interior nacional.

Años después obtuvo por concurso la titularidad de la cátedra de Neurocirugía en la Facultad de Ciencias Médicas de Buenos Aires. Contaba con sólo 36 años, es decir, la carrera que tenía por delante era a todas luces brillante desde la perspectiva científica y académica. Sin embargo, eligió salvar la vida de otros en lugar de ornamentar la propia.

En 1943 se produjo el golpe de Estado que terminó con la restauración conservadora. En esa época, Carrillo conoció a Perón. Después de compartir largas conversaciones, el futuro presidente convenció al médico para que colaborara con la planificación sanitaria. Cuando formalizó su poder a través de elecciones democráticas, Perón nombró a Carrillo secretario de Salud Pública, cartera que luego se transformaría en el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de la Nación.

Entre 1954 –cuando Carrillo se retiró- y la actualidad, jamás se volvió a hacer tanto en materia de salud pública. En primera instancia, llevó la cantidad de camas de 66.300 en 1946 a 132.000 en 1954. Además, erradicó en sólo dos años, enfermedades endémicas como el paludismo, a través de campañas sumamente agresivas. Por otro lado, hizo prácticamente desaparecer a la sífilis y otras enfermedades venéreas. Disminuyó la mortalidad por tuberculosis de 130 cada cien mil personas a 36 cada cien mil. También terminó con epidemias como el tifus y la brucelosis y redujo drásticamente el índice de mortalidad infantil del 90 por mil a 56 por mil.

¿Cómo hizo? No le pidió créditos al Banco Mundial ni al BID, tampoco llenó los hospitales de remedios de origen trasnacional. Más bien, le dio importancia central al desarrollo de la medicina preventiva y sobre todo a la organización hospitalaria: “centralización normativa y descentralización ejecutiva” fue uno de sus preceptos más eficaces.

Los pensamientos de Carrillo gozan de toda actualidad. “Los problemas de la Medicina como rama del Estado, no pueden resolverse si la política sanitaria no está respaldada por una política social. Del mismo modo que no puede haber una política social sin una economía organizada en beneficio de la mayoría”. De otro de sus asertos deberían tomar nota varios de los investigadores prestigiosos que honran a la ciencia argentina: “sólo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son accesibles al pueblo”. Como no podía ser de otra manera, tamaño argentino murió en el exilio y en la pobreza. Ojalá que el hospital barilochense que lleva su nombre pueda salir de su precariedad crónica.

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