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Basta de guerra contra las mujeres

De Zoya llamará la atención su estatura. Sus captores se esmeraron en registrar la ejecución y existen numerosas fotografías en internet, algunas de las cuales no hace falta ver. Ni siquiera los más insensibilizados permanecerán impasibles al observar su cuerpo mientras pende de la horca, mancillado y semidesnudo ante los rigores del invierno ruso. En una de ellas, aún con vida, la joven aparece rodeada por varios soldados alemanes que sonríen de manera extraña ante la cámara. Otros caminan con despreocupación.

Zoya Kosmodemiánskaya contaba con 18 años cuando la Unión Soviética sufrió la sorpresiva invasión de las tropas alemanas, en 1941. Dos años antes, había ingresado al Komsomol, es decir, la organización de las juventudes comunistas. El avance alemán fue tan vertiginoso que puso en ridículo a Stalin y asestó golpes mortales a la capacidad del Ejército Rojo. En las zonas que quedaron bajo ocupación alemana, la resistencia soviética se expresó a través de la formación de unidades de partisanos.

Zoya se unió a uno de los grupos, que asumió la misión de minar campos, atacar instalaciones logísticas y hacer efectiva la táctica de “tierra arrasada”, ordenada por Moscú. En noviembre de 1941, la partida de partisanos que integraba entabló una escaramuza con unidades alemanas y se vio aislada del resto de las formaciones guerrilleras. La partisana buscó refugio en la aldea de Petrischevo pero un colaboracionista la delató.

Los ocupantes la capturaron, la torturaron y previsiblemente, la ultrajaron sexualmente. Las autoridades alemanas decidieron su ahorcamiento público, para que el resto de la juventud soviética se abstuviera de comprometerse con la resistencia. El episodio del ahorcamiento fue minuciosamente registrado por los alemanes, aunque las fotografías fueron capturadas por los soviéticos en un contraataque. La narración histórica indica que el cuerpo mutilado y congelado de Zoya permaneció en exhibición durante un mes, hasta que antes de retirarse a raíz de una contraofensiva, las fuerzas alemanas procedieron a inhumarlo.

Cuando las noticias del suceso llegaron a la cúpula del poder soviético, Stalin y quienes trabajaban en la propaganda antinazi, se encargaron de que ningún soldado del Ejército Rojo quedara sin conocer la trágica historia. Afirman historiadores especializados en la Segunda Guerra Mundial que al disponer sus superiores el ataque contra Berlín, los soldados soviéticos que integraban las juventudes comunistas, llevaban consigo los recortes periodísticos que narraban la historia e incluían la foto de la chica. La inscripción “Por Zoya” pudo leerse en varios tanques y aviones soviéticos.

Todavía no se había acuñado el concepto de violencia de género, pero al producirse la revancha, se desató hasta magnitudes inconcebibles. Es posible que la propaganda nazi también se preocupara de magnificar sucesos que luego, en el contexto de la Guerra Fría le vinieron muy bien a Estados Unidos. Pero fuentes que no parecen tener intereses ideológicos, afirman que aproximadamente dos millones de mujeres alemanas fueron víctimas de violación después de que ingresaran las tropas de Moscú a Prusia Oriental, Pomerania, Silesia y luego Berlín. Inclusive, cierto general soviético se ufanó de las violaciones masivas. Se calcula que en el 90 por ciento de los casos, las sobrevivientes recurrieron a abortos.

Quizás haga falta apelar a sucesos tan extremos para que sobre todo en el ámbito de los hombres, se termine de entender a qué se refieren las mujeres cuando hablan de “ni una menos”. Inclusive en la increíble carnicería que se desarrolló en Europa entre 1939 y 1945, las mujeres la pasaron peor. Prisioneros rusos en manos de las tropas alemanas hubo centenares de miles, pero el trágico caso de Zoya evidencia que más allá de las atrocidades que sufrieron todos los cautivos, para las mujeres el umbral de sufrimiento siempre quedaba más lejos. El cuerpo de las mujeres es desde hace muchísimo tiempo una continuación del campo de batalla. En cambio, difícilmente un prisionero ruso o alemán por más guerrillero que fuera, tuviera que temer una violación o el escarnio público a su intimidad.

Al producirse el ingreso soviético al territorio alemán, otro tanto: el pueblo ahora derrotado sufrió de mil maneras a través de la violencia directa, el hambre, la falta de agua, la proliferación de enfermedades, las ejecuciones sin justificación militar y demás. Pero en ese marco de ensañamiento, las mujeres alemanas debieron enfrentar ultrajes mayores por el sólo hecho de ser mujeres.

Cada 18 horas muere una mujer en la Argentina y ninguna guerra está declarada. ¿O sí? Conmemorar al 8 de Marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora -origen de la fecha- ya queda corto porque mueren de todas las clases y ámbitos sociales. Urge poner fin a ofensiva tan insensata y a diferencia de aquellas situaciones bélicas, impedir que cada crimen se regodee en la impunidad.

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