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Tiende a decrecer el armamentismo

Según el prestigioso Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el gasto militar decreció en 2015 un 2,9 por ciento, magnitud que representó una bienvenida contracción de 67 mil millones de dólares. En Sudamérica, el gasto militar absoluto bajó un 4 por ciento, según el reporte que elaboró la organización para 2016. Para quienes el espanto de las guerras es siempre condenable, se trata de una perspectiva que alivia. 

Sin embargo, más allá de la enumeración, puede resultar más ilustrativo para representarse la importancia del gasto militar en cada país, ver qué porcentaje representa en relación al PBI. Desde esa perspectiva y según el Banco Mundial, Colombia es el país más beligerante de la región, ya que destina el 3,8 por ciento de su PBI a erogaciones en armas o al ámbito militar en su conjunto.

Después del país al que los relatores de fútbol suelen identificar como cafetero, viene Ecuador con un 2,7 por ciento. Allí están en pleno transcurso de un período electoral y provienen de varios años de experiencia “progresista”. Tercero se ubican nuestros vecinos: el 1,9 por ciento del PBI chileno se consagra a las fuerzas armadas y a su equipamiento. Le siguen Bolivia, con 1,62 por ciento y la problemática Venezuela, con 1,15 por ciento (datos de 2014). Bastante por detrás sigue la Argentina, con un magro 0,87 por ciento.

Además de la mirada estrictamente económica, existen otras metodologías para evaluar la capacidad militar de cada país. Es la tarea que asume el Global Firepower Index (GFI), que combina el análisis de 50 factores demográficos. Según el reporte especializado, la lista de los ejércitos más poderosos del mundo tiene previsiblemente a Estados Unidos a la cabeza, a quien siguen Rusia, China y curiosamente para los ajenos a la materia, India. A diferencia de Washington y Moscú, Beijing anunció un incremento de su presupuesto militar del 7 por ciento, inferior al de 2016, en coincidencia con su tendencia decreciente de los últimos años.

Para el GFI, la mayor potencia militar de América Latina es Brasil, cuyas fuerzas armadas ocupan el sitial 15 entre las más poderosas del planeta. Para llegar a esa conclusión, el informe especializado contabilizó 486 tanques, 735 aviones militares (43 de ellos de combate), 251 helicópteros (12 de combate) y cinco submarinos, entre otros pertrechos. Además de tomar en cuenta el equipamiento, el GFI también contabiliza la cantidad “real” y “potencial” de soldados, más la posibilidad de reservistas.

Después del principal socio comercial de la Argentina, sigue en términos latinoamericanos México. Los aztecas ocupan el lugar 31 en el ranking planetario, al contar con 695 vehículos de combate, seis aviones con capacidad de combatir y 189 helicópteros (ninguno de combate). En cambio, las fuerzas armadas mexicanas no cuentan con tanques ni submarinos, según el documento.

Cuatro puestos más abajo se ubica la Argentina, es decir, sus fuerzas armadas están 35 en el ranking. El GFI no contabiliza directamente la capacidad nuclear de cada país, aunque toma en cuenta como referencia la situación relativa de cada uno. Otra de las variables que permite analizar el grado de belicismo de determinado país es el volumen absoluto de compa de armas, variable distinta al gasto militar. En este caso, ninguno de la región figura entre los primeros diez importadores de armas pesadas. Los primeros cinco son India, Arabia Saudita, China, la Unión de Emiratos Árabes y Australia.

Más allá de ese aparente consuelo, el ordenamiento no implica que los últimos tiempos no pudieran detectarse movimientos significativos. Tanto el SIPRI como el Banco Mundial anotaron que México aumentó sus importaciones generales en materia de armas, las que se situaban en 261 millones de dólares en 2012 para trepar a 500 millones en 2015. Cerca de la duplicación.

Brasil siguió un camino inverso. En 2001, había importado armas por 626 millones de dólares mientras que en 2015, sus transacciones se ubicaron en “sólo” 289 millones. En parte, la retracción se explica por el vigor de la producción armamentista de Brasil, ya que en los últimos años, el socio en el MERCOSUR se convirtió en uno de los mayores exportadores de armas ligeras a escala global. En este caso, el análisis corresponde a Small Armas Survey.

Los análisis que traemos a colación refiere exclusivamente al armamentismo legal que tiene como protagonista al sector público. No contabilizan el comercio interno y el tráfico legal de armas, fenómeno sobre el cual poco se conoce en términos latinoamericanos y que goza de más visibilidad en Estados Unidos. Ni qué decir de la circulación ilegal de armas en las cada vez más poderosas redes narcotraficantes y en otras variantes de delincuencia organizada.

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