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Federalizar la Biblioteca Nacional

La Biblioteca Pública de Buenos Aires fue la antecesora de la Biblioteca Nacional e iniciativa de la Primera Junta, que la fundó el 13 de septiembre de 1810 aunque recién se inauguró el 16 de marzo de 1812. Su primera sede estuvo en la célebre Manzana de Las Luces, corazón de Buenos Aires. El gobierno revolucionario asumió como misión constituir modos públicos de acceso a la ilustración, camino que se concebía como requisito para el cambio social.


Le tocó a Mariano Moreno impulsar su creación, como parte de un conjunto de medidas cuya meta eran forjar una opinión pública atenta a la vida política y cívica. En ese marco, también cobraban relevancia la edición de libros, la traducción y el periodismo. Entonces, el surgimiento de la Gaceta de Buenos Aires, además de la traducción y publicación de “El contrato social” (J.J. Rousseau), se relacionaron íntimamente con la formación de la Biblioteca. Es más, bajo el título “Educación” el diario gubernamental anticipó la creación de la institución con un tono bélico y literario, texto que se considera pieza relevante del pensamiento crítico argentino.

Meses antes de su puesta en marcha, la Junta ordenó la expropiación de los bienes del obispo Orellana, entre ellos, sus libros. El religioso había conspirado contra la Junta. De ese acto surgió el primer fondo de la entidad, que en sus orígenes se relacionó íntimamente con la lucha contra la monarquía y por la república. También integraron las primeras colecciones las donaciones que provinieron del Cabildo Eclesiástico, del Real Colegio San Carlos y de los vecinos Luis José Chorroarín y Manuel Belgrano.

Al frente de la Biblioteca hubo grandes nombres que aportaron a la construcción de la trama cultural argentina: Marcos Sastre, Carlos Tejedor, José Mármol, Vicente Quesada, Manuel Trelles o José Antonio Wilde, entre otros. La institución se hizo nacional recién en la década del 80 del siglo XIX, cuando se construía a pasos agigantados el Estado después de la derrota de la Confederación.

Paul Groussac protagonizó un período de modernización y estabilización, acorde con el clima de la época. Su gestión duró más de cuarenta años y entre otras cosas, logró que fuera un punto de referencia para el pensamiento argentino, en especial en temas históricos y de crítica literaria. Logró aliar la acumulación bibliográfica (se duplicaron los fondos patrimoniales y se creó la Sala del Tesoro), con la constitución de un centro considerable de creación y pensamiento.

Durante el siglo XX hubo dos largas gestiones recordadas. La primera fue la de Gustavo Martínez Zuviría, autor de libros de venta masiva y difusor de posiciones antisemitas. Al frente de la Biblioteca, desplegó una vasta labor de compras bibliográficas, publicación de documentos e intervención en los debates culturales. La otra fue la de Jorge Luis Borges, quien supo instalar a la Biblioteca Nacional como tema de pensamiento y literatura.

Menos dotada cuantitativamente que otras de Latinoamérica y aún en proceso su modernización, la Biblioteca Nacional posee un patrimonio cuya calidad es de excelencia, indispensable para considerar la bibliografía y la hemerografía de la historia nacional y particularmente rica en lo que hace a los antecedentes remotos de la formación social, económica y simbólica de la Argentina. Resta federalizarla para ponerla al alcance de todos los argentinos y no sólo de los porteños. En esa búsqueda, la tecnología tiene una contribución importante que dar.

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