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Cuando argentinos y chilenos no tuvieron tiempo para angustiarse

Hubo un tiempo en que los argentinos cruzaban la cordillera pero no para aprovechar ofertas, aunque en realidad en aquellos tiempos todavía se autodefinían como rioplatenses o americanos del Sur. Habrá que ver si en 2018, Buenos Aires y Santiago atinan a dar fe de su vocación integracionista y ponen de relieve la victoria de Maipú, que se produjo un día como hoy pero de 1818. Después de ese triunfo, nunca la colaboración entre ambos países resultó tan estrecha.


A su término, se produjo el abrazo que pintó Pedro Subercaseaux. Bernardo O’Higgins había cosechado una gran herida durante la derrota de Cancha Rayada y no debía ser de la partida. Pero sabía que los acontecimientos eran decisivos y no pudo mantenerse lejos de la disputa. Antes de que finalizara el último ataque contra los realistas, cabalgó hacia el sitio donde San Martín comenzaba a disfrutar de los laureles de la victoria. Allí, los dos americanos se fundieron en el gesto que grafica como ningún otro testimonio, la suerte común que corren la Argentina y Chile.

Poco antes del mediodía del 5 de abril de 1818, había comenzado la hora de las armas en el Valle del Maipo (o Maipú). Fue el ejército de los revolucionarios el que rompió el fuego, con la artillería al mando de Manuel Blanco Encalada. Pero San Martín advirtió que los maturrangos estaban en plan defensivo y entonces, decidió el ataque. Comenzó a destacarse en la ofensiva el contingente que conducía Juan Gregorio de Las Heras, que después de tomar un cerro quedó en posición amenazante sobre la izquierda del enemigo.

Sin embargo, en el resto de la línea, el ejército que componían las Provincias Unidas y Chile, no podía vulnerar el dispositivo realista. En consecuencia, el gran estratega se jugó a fondo, envió los batallones que estaban de reserva y dispuso un ataque simultáneo por todos los flancos y el centro adversario. Los historiadores militares suponen que esa determinación fue la que produjo la victoria.

Las primeras unidades realistas empezaron la retirada pero otras, no se resignaron y pusieron en marcha maniobras no muy felices, a raíz de la estrechez del terreno. En consecuencia, la mayor parte de las filas patriotas pudo hacer pie en el llano, donde sólo resistían cuatro batallones partidarios del rey. Quedaron rodeados pero no aceptaron las intimaciones de rendición. Por otro lado, ya no podían huir.

Formaron los realistas el cuadro, maniobra desesperada que funcionaba como último recurso antes del desbande. Si bien la formación les permitió desbaratar intentos de la caballería patriota, de la misma manera los convirtió en blanco fácil para los tiradores de la infantería. Pero no fue hilar y cantar. Al término de la batalla, diría San Martín: “Con dificultad se ha visto un ataque más bravo, más rápido y más sostenido, y jamás se vio una resistencia más vigorosa, más firme y más tenaz”.

La mortandad fue tremenda. En aquella jornada, los patriotas dejaron en el campo un 35 por ciento de sus fuerzas, entre muertos y heridos. Por su parte, murieron 1.500 realistas y otros dos mil cayeron prisioneros. La última carga de la batalla tuvo a su mando al coronel Manuel Rodríguez, figura mítica y legendaria de la historia trasandina. Quizás, el más popular entre los revolucionarios.

Como siempre decimos, es imperioso llamar a las cosas por su nombre. Creemos que las revoluciones americanas no fueron independentistas hasta que Fernando VII volvió al trono de Madrid y urgió la finalización de las juntas que en su nombre, habían ejercido el gobierno durante la ocupación napoleónica. En sus inicios, el proceso tuvo más que ver con una revolución democrática contra el absolutismo, antes que con una secesión. Y además, el punto de partida fue íntimamente americano, perspectiva que explica por qué chilenos y argentinos se aliaron en una fuerza militar única para enfrentar a los partidarios de la monarquía. Cometido que también justificó la continuidad de la campaña hacia Perú de varios de los efectivos rioplatenses, aunque bajo bandera chilena y al mando de San Martín.

Después de Maipú siguió el dominio naval sobre el Pacífico, que permitió la expedición al Perú. Puede entenderse entonces el alivio que experimentara Simón Bolívar, porque aún con sus triunfos en el Norte, se le presentarían dificultades en su marcha hacia el Sur, donde todavía la corona reunía 30 mil efectivos. Por último, recordemos que las huestes patriotas que doblegaron al adversario en Maipú, eran inferiores en número y 15 días antes, habían sido derrotadas en Cancha Rayada. Una combinación de talento, grandeza de espíritu y convicciones que siempre será necesario destacar. Aquellos vencedores no tuvieron tiempo para la angustia que quiso encontrar el actual presidente en los congresales de Tucumán.

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