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Frente a la realidad no hay chicana que valga

No augura nada bueno que el presidente de la Nación exprese periódicamente su desprecio hacia una proporción importante de sus gobernados. Cabe recordar que Mauricio Macri ocupa la Casa Rosada después de imponerse en un balotaje, quiere decir que en aquella coyuntura electoral no fueron muchos los votos que le sobraron. Pero más allá de los cálculos numéricos y electorales, difícil llegar a buen puerto si desde el lugar del primer mandatario, se insiste con estereotipos descalificadores que en ocasiones rozan el racismo.

No llegamos hace dos días y sabemos cómo funcionan los “aparatos” sindicales o partidarios, pero atribuir el creciente descontento popular a la disposición de micros y la repartija de choripanes, no sólo es errar fiero en el diagnóstico de la realidad, además implica meter en la misma bolsa de manera muy peyorativa a gente que inclusive, es crítica del gobierno desde distintos puntos de vista.

Llama la atención, porque el actual elenco gobernante llegó al ejercicio del poder con frases y consignas un tanto ingenuas, como aquella de la “revolución de la alegría” y la necesidad del “cambio”. Pero con su prédica de los últimos meses, hace su parte en el reverdecimiento de aquellas antinomias que marcaron a fuego la política argentina desde 1955 en adelante: peronistas y antiperonistas.

Cualquiera que sepa un poco de historia política reciente, sabe que con el apodo de “gorila” no sólo se supo designar a quienes abrigaron sentimientos antiperonistas, sino también a todos aquellos que se molestaban ante cualquier expresión masiva y popular. El presidente se metió en un laberinto de su propia invención cuando al querer aclarar, dijo que en la concentración del último fin de semana participó “la familia”. ¿Los que vayan al paro en la jornada de hoy serán todos solteros?

Dirán los simpatizantes del gobierno que la trama de desencuentros comenzó a reavivarse durante la gestión anterior, con su visión tan sesgada de la historia y su actuación recargada ideológicamente. En parte, tienen razón. Pero lejos de trabajar para cerrar las heridas, la administración de Cambiemos les tira sal. Puede soslayarse en el caso de un funcionario de segunda o tercera línea, pero no en el caso del primer mandatario.

Por otro lado, la Casa Rosada asumió un discurso duro contra el sindicalismo, al que no tan elípticamente, trató de mafioso. Cabe recordar que la cúpula de la CGT corrió el riesgo de quedar superada por las bases ante la incomprensible demora en convocar a la medida de fuerza, si se tiene en cuenta la cantidad de puestos de trabajo que se perdieron en los últimos 15 meses.

Haga memoria el lector y recordará que desde diciembre de 2015 en adelante, los dirigentes gremiales más conspicuos tendieron a coquetear con la nueva administración, antes que a enfrentarla. En virtual soledad, sólo los gremios estatales atinaron a enfrentar al gobierno desde el vamos porque fue sobre los empleados de la administración pública que se descargó la primera oleada de despidos, con la excusa de que se trataba de “militantes”.

Por entonces, no fueron pocas las “fotos” en las que aparecían los sindicalistas junto con figuras encumbradas del gobierno. ¿Un año y tres meses atrás no había mafias? ¿Son un fenómeno reciente en la trayectoria del gremialismo argentino? Afloran chicanas que creíamos pertenecientes a otros tiempos… Un paro general no tiene por qué brindar la solución a nada, es una expresión de descontento y protesta de los asalariados. Son los que se prepararon durante años para gobernar y los que asumieron esa responsabilidad después del veredicto de las urnas los encargados de idear respuestas creativas a la crisis que en este caso, ellos mismos profundizaron.

Si se perdieron 80 mil puestos de trabajo solamente en la construcción, ¿qué esperaba la Casa Rosada? Más allá de los dichos gubernamentales y la difusión de mediciones que apuntarían una inversión de la marcha de la economía, ayer se informó que el consumo no repunta y que ya van 13 meses con tendencia descendente: bajó 5,7 por ciento contra febrero del año pasado, cuando la merma ya se advertía.

Mientras apurábamos estas líneas trascendía la convocatoria a las elecciones legislativas, que se celebrarán el 22 de octubre con las PASO el 13 de agosto. El gobierno nacional debe entender que el cronómetro avanza, de hecho ya se esfumó el 30 por ciento de su período y todavía aguarda que las cosas arranquen. Más allá o más acá de la CGT, está claro que la abrumadora mayoría de los argentinos vive peor que dos años atrás y frente a esa realidad incontrastable no hay chicana que valga. La inteligencia gubernamental debería invertirse de mejor manera.

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