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La concentración mediática es obstáculo para la libertad

Quizá como nunca antes, el rol de los grandes medios de comunicación se debatió con énfasis durante el anterior período gubernamental, controversia que todavía tiene razón de ser. La disputa podría analizarse a la luz de nuestros orígenes, ya que el 20 de abril de 1811, cuando estaba en funcionamiento la Junta Grande, se dictó el primer reglamento sobre libertad de imprenta en las Provincias Unidas del Sud.


La iniciativa corrió por cuenta del deán Gregorio Funes y contó con la buena acogida de sus pares. Tipo inquieto, el cordobés era poseedor de una formación intelectual importante, de ahí que fuera fuente de consulta obligatoria para los integrantes del Poder Ejecutivo. Además, se dice que por aquel entonces fue el redactor de la mayor parte de las proclamas, cartas y manifiestos.

Después de abril de 1811, el deán pasó a dirigir la “Gaceta de Buenos Aires”, órgano que había puesto en funcionamiento Mariano Moreno y que desde entonces, funcionaba como el periódico oficial del gobierno. Periodista al fin, fue un decidido defensor de la libertad de imprenta y cuando las cosas pintaron mal, de su pluma salió la exhortación al pueblo a la resistencia, luego de la derrota en la batalla de Huaqui.

El primer artículo de aquella decisión inaugural, decía que “todo hombre puede publicar sus ideas libremente y sin censura previa. Las disposiciones contrarias, a esta libertad quedan sin efecto”. No obstante, estipulaba a renglón seguido el reglamento que “el abuso de esta libertad es un crimen, su acusación corresponde a los interesados si ofende derechos particulares; y a todos los ciudadanos, si compromete la tranquilidad pública, la conservación de la religión católica, o la Constitución del Estado. Las autoridades respectivas impondrán el castigo según las leyes”. A diferencia de los tiempos que corren, en nuestros albores no se podía publicar cualquier cosa…

Celosa de la anterior determinación, la Junta Grande dictaminó que “para evitar los efectos de la arbitrariedad en la calificación y graduación de estos delitos se creará una Junta de nueve individuos con el título de: Protectora de la libertad de la Imprenta. Para su formación presentará el Excelentísimo Cabildo una lista de cincuenta ciudadanos honrados, que no estén empleados en la administración del gobierno; se hará de ellos la elección a pluralidad de votos”, entre otras determinaciones.

Además de determinar que las obras que tuvieran como temática la religión debían pasar por la censura eclesiástica, el reglamento establecía que “los autores son responsables de sus obras, o los impresores no haciendo constar a quien pertenecen”. El propósito de aquella determinación tenía que ver con avanzar hacia la libertad de expresión, a pesar de las restricciones de la época. Por entonces, no existía la posibilidad de silenciar que deriva de la concentración mediática.

La narración de la historia más reciente podría arrancar con la privatización de los canales de aire, que permitió la constitución de los grupos multimedia en la Argentina. En primera instancia, capital nacional con origen en el sector gráfico hizo pie en el sector televisivo y así, comenzaron a formarse los grandes conglomerados que hoy conocemos. Los que picaron en punta en una primera etapa fueron Clarín y Telefe.

A mediados de los 90 se radicalizó el proceso de concentración e internacionalización del capital en el área de la comunicación, con la entrada de grandes operadores internacionales. Ejemplo paradigmático fue la llegada del Citicorp Equity Investment (CEI) que se asoció de diversas maneras con Clarín. En el lapso de dos años, el CEI adquirió una cantidad considerable de firmas que le permitieron constituirse en el principal operador de medios, frente a la mirada impávida o la complicidad de los gobernantes.

Ese imperio comenzó a resquebrarse en 1998, cuando empezó la recesión. Hubo varias crisis que terminaron con el CEI y Clarín salió a buscar un socio financiero que le permitiera encontrar una solución es su exorbitante deuda. El otrora “gran diario de los argentinos” había asumido una estrategia de diversificación multimedia que le permitió expandirse a diferentes segmentos de la industria cultural y así ingresó también en áreas conexas como las telecomunicaciones. De esa manera, se convirtió en uno de los jugadores mejor posicionados en el negocio de la convergencia.

Después del enfrentamiento con el gobierno anterior, la “corporación” quedó muy bien parada y no es un secreto para nadie su cercanía con la gestión actual. La verdad es que durante la experiencia K nunca se avanzó demasiado a la hora de construir otra comunicación y la concentración mediática goza de buena salud. Sin dudas, un obstáculo muy serio para el pluralismo y la libertad que soñaron el deán Funes y sus compañeros.

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