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Disfrute de la miel, pronto será un buen recuerdo

Por lejos, el primer productor mundial de miel es China. Siguen Estados Unidos y muy cerca, la Argentina. Entre los norteamericanos y nosotros, apenas si se supera la mitad de la producción china. En las investigaciones que sobre todo se hicieron en el país del Norte, se estableció que las abejas son polinizadoras de más del 80 por ciento de todos los cultivos. En tanto, para Sudamérica se afirma que el 40 por ciento de las frutas que se consumen y el 75 por ciento de la flora silvestre son tributarias de la polinización.


No obstante la trascendente función que cumplen las abejas y el importante estigma que imprimieron en la historia de la humanidad, tampoco pueden escapar a la lógica de un sistema socio-económico que tiene como característica central la destrucción de las formas de vida. Queremos decir que así como otras especies, recursos naturales y ecosistemas, las abejas también están en peligro.

Se detectó que su mortalidad es creciente en los últimos años a raíz de varios factores, entre ellos, la generalización de los pesticidas, la proliferación de virus, parásitos, su nutrición precaria, algunas causas genéticas, el cambio del clima e inclusive, la proliferación de las torres para telefonía móvil. Para el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, la principal causa en la mortandad de las abejas es un pequeño parásito al que llaman Verroa.

Desde que fue descubierto en 1987, se puso en marcha un verdadero circulo vicioso, porque las compañías agroquímicas que producen un insecticida y herbicida genéticamente modificado para combatirlo, generan al mismo tiempo un debilitamiento en las defensas genéticas naturales de las abejas. De todas maneras, se apunta que las causas principales en el exterminio de las abejas son los pesticidas neonicotinoide, bienvenidos cuando aparecieron porque remplazaron al mortífero DDT.

En Estados Unidos y Canadá se sabe que tales pesticidas se utilizan de manera corriente en el 95 por ciento de las plantaciones de maíz y la canola, la mayoría del cultivo de remolacha, el 60 por ciento de la soja y en todos los demás granos y frutas. En el primero de los países, se calculó que la polinización de las abejas y su resultado en la producción agrícola equivale a más de 40 mil millones de dólares.

Existe un reporte al que se conoce como TFSP (Task Force on Systemic Pesticides), que lleva la firma de 50 científicos independientes provenientes de diversos rincones del planeta. En la investigación analizaron más de 800 estudios hechos en los últimos cuatro años sobre los pesticidas neonicotinoide. Éstos prueban que no sólo dañan a las abejas, también a las mariposas, a los gusanos de la tierra y a los pájaros.

Al fenómeno del colapso de las abejas se lo bautizó como CCD (Colony Collapse Disorder). Ocurre que el químico neonicotinoide destruye el sistema nervioso central de los insectos y a pesar del descalabro que provoca, representa el 40 por ciento del mercado de los insecticidas en términos globales. El volumen de las transacciones es tan importante que existe una fuerte resistencia a su prohibición, a pesar de las evidencias sobre su carácter letal.

En los últimos 12 años, tanto Estados Unidos como la Unión Europea reportaron pérdidas anuales del 30 por ciento en su población de abejas, pero la disminución trepó al 50 por ciento más recientemente. En el primero de los países, en 2014 los apicultores reportaron pérdidas del 42 por ciento en sus colmenares, el segundo índice más alto en nueve años. Además, se señaló que por primera vez, mueren más abejas en verano que en invierno, como era la norma.

En la jurisdicción estadounidense, las colonias llegan a 2 millones y medio, cifra distante de los 3 millones de 1990 y más lejana aún de los 6 millones de 1947. Frente a la magnitud del desastre, el gobierno de la provincia de Ontario (Canadá) se convirtió en el primero en América del Norte en restringir los pesticidas neonicotinoides. Sin bien no se trata de una prohibición, es un primer freno. Con la medida, Ontario apunta a reducir la mortandad de las abejas en un 15 por ciento, aunque debe transcurrir algún tiempo para constatar la efectividad de la determinación.

A nadie medianamente informado escapará que la baja o la eliminación de las abejas tienen grandes consecuencias sobre la cadena alimenticia de la que se abastece el humano. En términos estrictos, no es novedad: de manera permanente científicos y organizaciones defensoras del medio ambiente señalan que especies del mar y de la tierra están en peligro de extinción y que otras ya se extinguieron con una velocidad enervante. En la catástrofe coinciden la contaminación, la creciente temperatura del agua y la pérdida del hábitat o entorno natural.

El camino se estrecha cada vez más y a pesar de las múltiples evidencias, la manera predominante de entender la economía no se concibe a sí misma sin destruir el medio ambiente. Frente a los datos, los representantes corporativos y los gobernantes de los países más importantes del planeta hacen gala de un optimismo muy sospechoso, según el cual la evolución de la tecnología va a resolver los problemas que en sentido estricto, su propia producción generó.

Es muy probable que dentro de poco, para ver a una abeja tengamos que recurrir a una foto, a una pintura o a un documental. Es que para ir en su socorro, hace falta avanzar hacia otro paradigma que aparezca como alternativa ante el estilo de vida en el que estamos inmersos, depredador y consumista. Es necesario y urgente que nos desacoplemos de la modalidad destructora de la vida que recreamos a diario y ya no sólo inconscientemente. Es difícil imaginar la vida sin miel pero hacia ese destino vamos y la Argentina no es la excepción, gracias a su adoración al monocultivo de la soja.

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