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Nunca la subordinación externa fue buen negocio

La lluvia de inversiones extranjeras en la que confió el gobierno para dinamizar la economía nunca se produjo y en los últimos meses redobló esfuerzos para atraerlas. No sólo el presidente Macri acumuló un millaje considerable recientemente, además se organizaron actividades en Buenos Aires que permitieron el sucesivo desembarco de figuras políticas de importancia en el concierto de la “comunidad internacional”.

Éstas en general, exteriorizaron elogios por “el rumbo de la política económica”, en sintonía con los juicios de los funcionarios de los organismos internacionales. Tanto en foros locales como globales, el gobierno argentino procura tentar a las grandes trasnacionales pero si llegan, las tan mentadas inversiones se producen a cuentagotas.

La reticencia estadounidense y europea hizo que todas las miradas se dirigieran recientemente a China. Hacia allí se trasladó el presidente 10 días atrás para rematar su visita con una serie de anuncios deslumbrantes, aunque varios de ellos no revistieron novedad y curiosamente, fueron objeto de críticas cuando el actual oficialismo era oposición. En general, tuvieron que ver con grandes obras de infraestructura energética por cifras millonarias.

La Casa Rosada reiteró el asunto de las represas que deberían construirse en esta región, que todavía no cuentan con estudios de impacto ambiental, pequeño “detalle” que hasta el momento demoró su avance. Además, sumó represas en otros puntos del país y la novedad, la constituyó la construcción de dos nuevas centrales nucleares por 12.500 millones de dólares. Todas las iniciativas merecen reparos desde la perspectiva medioambiental.

La experiencia indica que cuando China pone el gancho, suele hablar de un paquete que incluye financiamiento, su fuerza de trabajo y tecnología. El impacto en las fuentes de empleo local suele ser mínimo y el desarrollo tecnológico propio, nulo. En la Argentina, los intentos del anterior gobierno no alcanzaron a superar la crónica dependencia tecnológica que padece el país y al parecer, no hay que esperar que el acercamiento hacia Beijing tenga que ver con romper esa subordinación.

La profundización de las relaciones con China arrancó durante el gobierno anterior y se percibe que los vínculos tienen que ver con el pragmatismo. En relación al gigante asiático, el déficit comercial es creciente: en 2016, las importaciones desde China sumaron 10.483 millones de dólares, contra 4.661 millones que se exportaron desde la Argentina. Quiere decir que el saldo negativo alcanzó los 5.822 millones de dólares.

Difícil que en el mediano plazo la brecha pueda achicarse significativamente o revertirse, porque el país profundiza el proceso de primarización de la economía, mientras que las políticas gubernamentales tienden al achicamiento del sector industrial. En efecto, sólo durante el primer bimestre del año en curso, el déficit totalizó 1.022 millones de dólares. De mantenerse la tendencia, superará bastante al de 2016.

La relación comercial con China crece desde que la Argentina asumió convertirse prácticamente en mono-productora de soja genéticamente modificada, camino que arrancó en 1996 pero que se profundizó notoriamente durante el anterior período gubernamental. El rol financiero del país asiático irrumpió con énfasis en los últimos tiempos del mandato de Cristina Fernández, a través de una operación en yuan equivalente a 11 mil millones de dólares.

En el presente, China es el segundo socio comercial de la Argentina, en una preocupante situación de subordinación. El primero es Brasil, que presenta un panorama interno sumamente amenazador para el país, como acaba de observarse después del cimbronazo que sufrió la cotización del dólar a fines de la semana pasada. ¿Por qué la corrida? Entre otros factores, porque los grandes especuladores conocen los números: en 2016 la Argentina importó desde Brasil por 13.674 millones de dólares y exportó por 9.028 millones, es decir, un déficit de 4.647 millones. El primer bimestre del año en curso acusó un rojo de 962 millones, quiere decir que tiende a aumentar en relación a 2016.

En la crisis brasileña el real se devaluó, entonces las exportaciones que salen de Brasil se abarataron y se encarecieron las que parten de la Argentina. Quiere decir que el pronóstico para el país no es alentador, al menos en el corto plazo. Más aún si se tiene en cuenta que desde el Palacio de Hacienda se impulsan medidas que tienden a complicar el panorama de la industria argentina. Se calcula en un 40 por ciento su capacidad ociosa.

En términos estrictos, Brasil y China son “responsables” de la parte más sustantiva del déficit comercial argentino: 10.469 millones de dólares en conjunto. Sólo en el primer trimestre, redondeó 1.984 millones. El momento político de la Argentina no permite especular con políticas que combatan la histórica subordinación externa de la economía. Pero la experiencia deja afirmar que nunca las inversiones externas bastaron para alcanzar el bienestar de las grandes mayorías.

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