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Ocho millones de pobres “estructurales” en el país

Si se analiza a la pobreza estructural desde la perspectiva de la seguridad alimentaria, la cobertura de salud, el acceso a servicios básicos como el agua de red, vivienda digna, servicios educativos, seguridad social y otras variables, encontraremos que ocho millones de argentinos no encuentran satisfacción para al menos, tres de los componentes. La mirada supera la más habitual, que analiza a la pobreza según el nivel de ingresos.


La conclusión corrió por cuenta del Observatorio de la Deuda Social Argentina (OSDA), ámbito que funciona en la Universidad Católica Argentina (UCA). Los informes del espacio cobraron celebridad cuando, ante la ausencia de estadísticas oficiales, no había chances ciertas de conocer la verdadera evolución de la pobreza. Precisamente, el próximo análisis del OSDA referirá a los últimos 15 años, es decir, a la “década ganada” y al primer año del hipotético “cambio”.

A tono con conceptualizaciones recientes, el relevamiento incluirá en la nómina de derechos, el acceso a las comunicaciones y a la información. En relación con la coyuntura, podrá concluirse que la pobreza estructural está lejos de ceder y que el panorama de 2016 fue similar al de 2014. En 2015, pudo apreciarse una mejoría pero, según el ODSA, esa tendencia obedeció al año electoral.

Si bien el informe admitirá una situación más favorable en materia de ingresos, ésta coincidirá con un empeoramiento de las condiciones estructurales. ¿Cómo es posible? Porque precisamente, la metodología que pone en juego el análisis considera siete dimensiones. Cuando ocho millones de conciudadanos no alcanzan a satisfacer sus derechos en tres o más, la carencia estructural no puede superarse con los planes sociales, sean del gobierno anterior o del actual.

Hace años, dijimos aquí que, desde los 90, el salario dejó de ser necesariamente, sinónimo de bienestar en la Argentina. De ahí que las mediciones de la pobreza en función de los niveles de ingreso de los trabajadores o las familias otorgan un parámetro importante, pero ya no definitorio. Y, en ocasiones, de muy corto plazo, como ocurrió en 2015... Al tratarse de un año electoral, desde el Estado se distribuyeron programas sociales de dudosa sostenibilidad.

El criterio que hizo suyo el ODSA descansa sobre una certeza: si bien a la pobreza estructural se la puede medir de acuerdo a diversas metodologías, nadie puede negar que hace falta un gran debate nacional para entender de qué hablamos cuando nos referimos a la pobreza. Como presenta diferentes dimensiones, a partir de datos claros, será posible que los sucesivos gobiernos se fijen metas cuantificables para lograr su disminución y mejorar la calidad de vida del pueblo argentino.

En marzo pasado, el ODSA había difundido que, hasta el tercer trimestre de 2016, había caído en la pobreza un millón y medio de personas. Después, en los últimos tres meses del mismo año, la situación había mejorado un tanto a raíz de la menor inflación, los aumentos en las jubilaciones, asignaciones familiares, AUH, aguinaldos y un leve repunte en la tasa de empleo. Pero al reactivarse la inflación en los primeros cuatro meses de 2017, es inevitable un repunte de la pobreza.

El estudio de la UCA advertirá que, en la Argentina, 6 millones de personas padecen hambre porque, según sus análisis, en uno de cada 10 hogares, no hay recursos para alimentar a la familia. No por nada, en los últimos tiempos, recobraron importancia los comedores comunitarios o merenderos, como puede advertirse casi a diario con sólo leer las páginas de “El Cordillerano”.

Sin embargo, también sabemos los barilochenses que los ámbitos que contienen alimentariamente a niños y niñas de los sectores menos favorecidos, lejos estuvieron de desaparecer entre 2003 y 2015. En este sentido, recientemente el actual titular del INDEC sostuvo una polémica, no sólo con el gobierno cordobés sino también con el ministro de Hacienda, hecho que difícilmente tuviera lugar durante el período anterior.

Jorge Todesca aportó, en el marco de los debates en los que se vio envuelto, que “la crisis en lo social es más profunda de lo que muchos imaginaban. Si uno mira las estadísticas hacia atrás, los momentos en que más se logró bajar la pobreza fue cuando se bajó la inflación. La conclusión que sacaría es que la pobreza baja más cuando baja la inflación que cuando los salarios aumentan más que los precios”.

El director del INDEC es un hombre serio. Por eso, habría que preguntarle si recuerda algún período durante el cual efectivamente, la evolución de los salarios superó a la marcha de los precios. Ni siquiera en el período K sucedió efectivamente eso, a pesar del proclamado “fifty – fifty” de la ex presidenta. Claro, sin estadísticas confiables, era fácil hablar de reducciones en la pobreza.

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