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Animarse a no encajar

Su figura no quedó bien parada en una película reciente que, básicamente, intenta homenajear a Manuel Belgrano. A partir de ella, los poco avisados pueden recrear una imagen distorsionada sobre su persona: un día como hoy pero de 1787, lloraba, por primera vez, el bebé al cual bautizaron como Manuel Dorrego. Un tipo que resultó inclasificable para las corrientes tradicionales de la historiografía argentina.

Desubicación que sería una constante de su existencia, porque “Dorrego, entonces, es apenas el cruce de dos paralelas. Liberal, pero nacionalista. Federal, pero ilustrado. Porteño, pero federal. Ilustrado, pero popular. Nacional y popular, pero democrático y republicano. Nacionalista y localista, pero profundamente americanista, bolivariano y sanmartiniano. Por eso, no encaja en los moldes de las líneas históricas”.

Es la descripción que arriesga Hernán Brienza en “El loco Dorrego”. En su epílogo, el autor intenta explicar por qué la figura del malogrado gobernador de Buenos Aires era, hasta hace poco, soslayada por las dos grandes vertientes de las narraciones históricas, es decir, la liberal y la revisionista. “No encaja”, dice. Y tiene razón, a la luz de las identificaciones que describía en el párrafo anterior.

Dorrego se consagró como héroe en las batallas de Tucumán y Salta y, como más o menos se sabe, murió durante un hecho de sangre tremendo que todavía no encuentra justificación cuando, el 13 de diciembre de 1828, Juan Lavalle –otro guerrero de la Independencia- ordenó su fusilamiento en el curso de un golpe de Estado. Esa vía de facto permitió que, poco más tarde, Rosas se mostrara como el Restaurador de las leyes.

Con ese fusilamiento, se inauguró el prolongado ciclo de la violencia política que caracterizó a la Argentina durante el siglo XIX. En verdad, si bien terminó de ensombrecer nuestros albores, el asesinato de Dorrego se entronca con la muerte de Mariano Moreno, la traición que hizo blanco en José Artigas, la prisión de Castelli y muchos otros hechos lamentables que comenzaron a desatarse en las mismas jornadas de mayo de 1810.

Suele suponerse que el primer golpe de Estado tuvo lugar el 6 de septiembre de 1930, cuando los cadetes del Colegio Militar y grupos civiles desalojaron del poder a Hipólito Yrigoyen. Pero la verdad es que ya en los tiempos del Triunvirato se había vulnerado la formalidad institucional.

El fusilamiento de Dorrego se inscribió en unos de esos movimientos, en los cuales una minoría no trepidó en vulnerar la legalidad con tal de defender intereses de sector.

Aquellos golpistas pusieron en vigencia un estilo. La eliminación física del opositor se convirtió en un recurso frecuente. Suponían los verdugos que, con la muerte del gobernador, pondrían fin a la utopía federal y republicana que buena parte de los porteños siempre detestó, junto a representantes de varias de las aristocracias provinciales. Recordemos, desde Mayo, Mariano Moreno y sus compañeros abogaban por una organización republicana y federal sobre bases democráticas y sufragio universal.

Pero, para Rivadavia, Agüero, Del Carril, Martín Rodríguez y el propio Lavalle, quienes así pensaban eran los resabios del “barbarismo” criollo. Eran ellos los portadores de la civilización. Así, quienes antaño habían sido guerreros de la Independencia trabajaron para establecer un nuevo sistema que no admitía una distribución espacial del poder entre todas las Provincias Unidas. Buenos Aires sería mandamás.

Dorrego era porteño y, por eso, más peligroso. Se había alistado en las tropas patriotas para enfrentar a los realistas y participó en el Ejército del Norte. Se ganó sus jinetas de coronel en el campo de batalla, no en las aulas. Dicen que Belgrano afirmaba que, si Dorrego hubiera participado en Vilcapugio y Ayohúma, otra hubiera sido la suerte de las armas. El comentario del abogado merece mucha consideración porque, precisamente, los dos gigantes de la Revolución no se profesaban amistad. Más bien al contrario.

Con la vocación americanista que caracterizó a muchos de los militantes de la causa federal, Dorrego no se contentó con llevar la lucha fronteras adentro del antiguo virreinato. Antes de ponerse a las órdenes de Belgrano, colaboró con los patriotas chilenos y, cuando las vicisitudes internas de las Provincias Unidas del Río de la Plata lo obligaron, se sumó a los colombianos que tomaron por asalto la isla Margarita.

Además, en febrero de 1826, desembarcó en Colonia con los 33 Orientales, a la par de su amigo Lavalleja. La idea, recuperar esa porción del territorio que había sido usurpada por el imperio brasileño. Porque, una vez más, su ideario republicano no admitía que una parte de las Provincias Unidas quedara bajo una monarquía. Triste destino, entonces, el de un hombre que se había jugado el cuero en tantas partidas contra el enemigo... ¡Morir fusilado por las armas propias! Incomprensible hasta hoy.

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