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Hay recuperación pero no venimos bien

El sector de la construcción apuntó, en mayo último, un crecimiento del 10,3 por ciento contra el mismo mes del año pasado, guarismo que permitió afirmar que esa rama del quehacer económico consolida su recuperación: redondeó un trimestre con mejoras por encima de los dos dígitos. Por su parte, la industria rompió la racha: después de 15 meses de caída, avanzó un 2,7 por ciento en el quinto mes del año contra mayo de 2016. Quizás ante esa evidencia, el presidente repitiera en los últimos días: “llevamos un año y medio, y venimos muy bien”.

La evolución de la construcción apuntala su hipótesis. Después de 13 meses de variaciones negativas, el sector había revertido la tendencia en marzo, cuando creció 10,8 por ciento. La dirección ascendente se reiteró en abril, con una marca del 10,5% y se fortaleció en mayo con el 10,3% de suba interanual. En ese ámbito de la actividad económica, se da por sentado que el ritmo continuará.

Con las PASO a la vista, es de imaginarse el alivio de la Casa Rosada al informar el INDEC que la industria dejó de caer y comenzó a recuperarse. El Estimador Mensual Industrial (EMI) encontró su piso en abril y en mayo recuperó un 2,7 por ciento interanual. Según el organismo de las estadísticas oficiales, la industria no crecía año contra año desde enero de 2016. La baja de 2017, en relación a 2016, se recortó entre enero y mayo a 1,4 por ciento.

Son datos interesantes pero, para la calificación del presidente, falta demasiado porque contrasta de manera significativa con la situación social. Como mínimo, debió matizar sus expresiones, al pronunciarlas horas después de producirse el suicidio de un jubilado en las dependencias marplatenses de la ANSES. Es verdad que el lamentable episodio fue amplificado por la oposición pero la consternación generalizada fue legítima.

Mientras el gobierno pidió que no se utilizara políticamente el suceso, el sindicato que agrupa a los trabajadores del organismo previsional paró el viernes para no convertirse en “cómplices de este plan de exterminio de nuestros viejos”. Más allá de la pirotecnia verbal, el 70 por ciento de los jubilados cobra la mínima, que se reduce a 6.394,95 pesos. Según la Defensoría de la Tercera Edad, en mayo, la canasta básica para los trabajadores y trabajadoras en situación de retiro debió ascender a 16.134 pesos. La distancia es enorme.

Nadie debería ofenderse si decimos que el presidente no es precisamente un experto en materia previsional. No hace mucho, en un programa televisivo de alto rating dijo, sin mayores empachos, que la cifra de la jubilación mínima está en “9000 y pico”. Entonces, está bien que el gobierno preste atención a la evolución de los índices de actividad cuando resultan favorables pero debería prestar, como mínimo, la misma consideración a los indicadores sociales. Si no, su noción de realidad estará distorsionada.

Durante la semana que hoy finaliza, también se conoció gracias el INDEC –no a una consultora cercana a los Kirchner- que la mitad los argentinos y argentinas recibe ingresos que están por debajo de los 10 mil pesos mensuales. Según la junta interna de ATE en ese organismo, la “canasta de consumos mínimos” equivale a 22.768 pesos en el Gran Buenos Aires. Esa distancia explica, en parte, que el 10 por ciento más pobre de la población arañe el 1,4 por ciento del ingreso nacional, mientras que el 10 por ciento más rico se queda con el 31,6 por ciento.

También durante la semana que cerró junio, debió apuntarse un incremento de la conflictividad social, porque cobraron estado público varios hechos de despidos masivos, entre ellos, en las filiales locales de compañías trasnacionales de renombre. Según el Ministerio de Trabajo, en abril, se perdieron 50.000 puestos en el sector privado aunque, según los voceros del gobierno, contra la creación dio un resultado neto positivo.

En relación a los sucesos del miércoles último, en la capitalina Avenida 9 de Julio, los funcionarios de Cambiemos intentaron restarle importancia al adjudicarle intencionalidad “claramente política”. Fue la expresión de Carolina Stanley, la ministra de Desarrollo Social. Probablemente, tenga razón pero, en general, nadie sale de su casa para exponerse a los palos policiales si no padece alguna necesidad de índole material que sirva como caldo de cultivo para las radicalizaciones de las protestas.

El oficialismo no puede pretender que sus ajustes en la administración pública y otros sectores sean recibidos con sonrisas y flores. Todas las fuerzas que compulsarán en agosto están en campaña, pero negar las causas profundas del descontento ciudadano con frases livianas no parece una buena senda para aquietar los ánimos. Tiene que ver con la relación que existe entre el fuego y la nafta…

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