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El julio más anticolonial

La primera actitud de rebeldía de los americanos del Sur ante la monarquía española no tuvo lugar en 1810 y mucho menos en 1816, sino durante el proceso previo a la segunda de las invasiones inglesas. Se produjo el 10 de febrero de 1807, mientras los agresores estaban en la Banda Oriental del Uruguay. De este lado del charco, un cabildo abierto decidió destituir al representante del rey, al resolver que tenían que prevalecer los intereses americanos sobre los coloniales.


Aquella intentona fue una agresión en regla porque las expediciones fueron consecuencia de una decisión política del gobierno británico. Existen documentos que demuestran que la suerte de las columnas invasoras se siguió de cerca en Londres, inclusive a través de la prensa. Los partes oficiales que daban cuenta de la capitulación británica arribaron a Londres en septiembre de 1807 y fueron reproducidos por el diario “The Times”, que tituló a su artículo “Evacuación de Sudamérica”.

El periódico publicó entonces: “El ataque sobre Buenos Aires ha fracasado y hace ya tiempo que no queda un solo soldado británico en la parte española de Sudamérica. Los detalles de este desastre, quizás el más grande que ha sufrido este país desde la guerra revolucionaria, fueron publicados ayer en un número extraordinario. El ataque de acuerdo al plan preestablecido se llevó a cabo el 5 de julio y los resultados fueron los previsibles. Las columnas se encontraron con una resistencia decidida. En cada calle, desde cada casa, la oposición fue tan resuelta y gallarda como se han dado pocos casos en la historia. La consecuencia fue que el plan de operaciones se frustró”.

Quizá haga falta traer a colación los testimonios de afuera para valorar la hazaña que protagonizaron los hombres y mujeres de Buenos Aires y sus alrededores. El teniente coronel invasor Denis Pack, describió así sus impresiones. “Antes de que me hubiese escasamente aproximado a la Iglesia de San Francisco, ya había perdido bajo el fuego de un enemigo invisible y ciertamente inatacable para nosotros, los oficiales y la casi totalidad de los hombres que componían la fracción de vanguardia, formada por voluntarios de distintas compañías, los oficiales y casi la mitad de la compañía siguiente, y así en proporción en las otras compañías que componían mi columna”.

El 4 de julio de 1807 los británicos le habían puesto sitio a Buenos Aires y desembarcado a 50 kilómetros del fuerte. Las tropas comenzaron su avance, al que desarrollaron con dificultad, ante tantos riachos, arroyos y bañados. Efectivos a las órdenes del entonces virrey Liniers se cruzaron con el enemigo cerca de Miserere y el combate se extendió hasta la noche.

En la mañana siguiente, el ejército británico se reunió en el mismo lugar para iniciar el avance, pero los vecinos de Buenos Aires habían construido barricadas, pozos y trincheras que obstaculizaban el ingreso por las calles de la ciudad. El comandante adversario, John Whitelocke, dividió a su gente en doce columnas y ordenó el avance hacia el fuerte y Retiro.

Si los atacantes se dejaron llevar por los informes de la invasión anterior, se equivocaron. La tradición popular recuerda que los porteños recibieron a los marciales servidores de su majestad británica a piedrazos y torrentes de aceite hirviendo. Pero en verdad, la cosa no fue tan espontánea. Entre una y otra invasión, se había organizado una tropa de nueve mil soldados y milicianos, en la que revistaron varios futuros héroes de la Independencia, como Belgrano o Güemes.

Como testimoniaba Pack, sus filas se toparon con defensas y con un fuego permanente. Pero además, los oficiales que estaban al mando de las respectivas columnas no se entendieron entre sí y cada esquina, significó un desbarajuste para los veteranos de tantas guerras coloniales. El invasor resolvió la capitulación cuando observó que entre bajas y prisioneros, sólo comandaba a la mitad de su tropa.

Más tarde, los sucesos de la Revolución de Mayo de 1810 eclipsarían la importancia de las invasiones inglesas en la construcción posterior de la argentinidad, sobre todo al pasar por el tamiz filo-británico de Mitre. A tal punto que en general y de manera un tanto folklórica, sólo se pone de relieve la utilización del agua y el aceite hirviendo como armas de la defensa.

Pero fueron muchas las “primeras veces” que tuvieron lugar durante aquellas jornadas: la organización de los primeros cuerpos que no contaron con la autorización real y justamente, la designación de Liniers como autoridad por el voto de los cabildantes, en reemplazo del que oficialmente habían designado en España. Tres años después y con el camino de la autonomía como Norte, fueron mayores los riesgos que se asumieron.

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