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Cuando prevaleció el coraje sobre la angustia

Enero de 1815. Quince días después de asumir, Carlos María de Alvear enviaba dos cartas a personajes de la diplomacia inglesa. El texto contenía aseveraciones escandalosas. “Cinco años de repetidas experiencias han hecho ver, de un modo indudable, a todos los hombres de juicio y opinión, que este país no está en edad ni estado de gobernarse por sí mismo y que necesita una mano exterior que lo dirija y contenga en la esfera del orden, antes de que se precipite en los horrores de la anarquía”.


No todos en el bando supuestamente patriota pensaban así y, el 15 de abril de 1815, un golpe de Estado terminó con su gestión. Entre las demandas de los alzados, figuraba la urgente convocatoria a un Congreso General Constituyente. En aquellas épocas, los movimientos eran difíciles pero justo es destacar que los centralistas –futuros unitarios- no tenían la menor intención de acelerar el proceso. Las sesiones recién arrancaron el 24 de marzo del año siguiente.

La representación fue muy parcial. La suerte que había corrido la antigua jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata era diversa. Algunas provincias estaban de nuevo en poder de los realistas, los representantes de la Liga Federal (Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Santa Fe) no pudieron arribar a Tucumán porque fueron detenidos o desviados por los agentes de Buenos Aires. Sólo un gobierno federal se las arregló para estar presente: Córdoba. Por su parte, Paraguay no se consideraba parte de las Provincias Unidas.

Dieron comienzo a las sesiones 33 diputados. Ante la dilación que se perfilaba, San Martín le escribió a Tomás Godoy Cruz, diputado por Mendoza. “¿Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia? No le parece a usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y, por último, hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos y con mucha razón, nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos (…) ¡Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas!”.

Las vacilaciones estaban a la orden del día. No obstante, se interpretó la decisión final de una manera diferente. Por ejemplo, Félix Luna supo escribir que “la Declaración de la Independencia fue, básicamente, un acto de coraje, una especie de gran compadrada en el peor momento de la emancipación americana. En el norte del continente, Bolívar había sido derrotado. Chile estaba nuevamente en manos de los realistas. Los españoles amenazaban Salta y Jujuy y apenas si eran contenidos por las guerrillas de Güemes. Para empeorarlo todo, Fernando VII había recuperado el trono de España y se preparaba una gran expedición cuyo destino sería el Río de la Plata (…) En ese momento crítico, los argentinos decidimos declararnos independientes. Fue un gran compromiso, el rechazo valiente de una realidad adversa. Era empezar la primera navegación de un país independiente, sin atender las borrascas ni los riesgos. Un acto de coraje”.

Manera algo romántica de relatar el episodio, porque es verdad que hubo corajudos pero, también, estaban los angustiados que detectó el presidente. El Acta de la Declaración de la Independencia admite, con sutileza, que las presiones sobre los indecisos se tornaron, en un momento, insoportables. “Era universal, constante y decidido el clamor del territorio entero por su emancipación solemne del poder despótico de los reyes de España. Los representantes, sin embargo, consagraron a tan arduo asunto toda la profundidad de sus talentos, la rectitud de sus intenciones e interés que demanda la sanción de la suerte suya”.

En la sesión del 9 de julio de 1816, después de la pregunta que formuló la presidencia, el Congreso manifestó su acuerdo: “declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli. Quedan en consecuencia de hecho y derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia, e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias”. Días después, hubo que agregar en la solemne declaración que también las Provincias Unidas se consideraban independientes de toda otra dominación extranjera.

Quizá sea verdad que, en los primeros pasos de vida independiente, hubo quienes se dejaron ganar por la angustia. Pero, en julio de 1816, prevalecieron los corajudos. Recordemos a unos y otros. Y tengamos presente quiénes son sus respectivos continuadores -intelectuales y emocionales- en los días que toca vivir.

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