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La nieve estaba antes de 1902

A una semana de la nevada que puso en serios aprietos a Bariloche, la ciudad todavía no recuperó la normalidad, sobre todo en materia de comunicaciones y conectividad informática. Está claro que las nuevas tecnologías que se incorporaron a nuestras vidas para, supuestamente, hacerla más fácil, al menos por estas latitudes, no tienen soportes materiales que sean capaces de soportar una precipitación nívea intensa.

Quizás, en el Primer Mundo, funcionen los servicios de telefonía celular, Internet y demás, incluso durante los peores temporales, pero suponemos que, para lograr esas performances, son necesarias permanentes inversiones que acompañen la creciente demanda. Entre nosotros, está a la vista que las trasnacionales que prestan servicios en esos rubros invierten mucho en promoción y no tanto en infraestructura.

Nada nuevo bajo el sol. Desde que se puso en práctica el aperturismo de los noventa, siempre se sospecha que las grandes compañías demoran hasta último momento para desembolsar las inversiones que son necesarias para sostener los servicios que prestan.

Fuera del ámbito de las telecomunicaciones, los barilochenses podemos dar fe: la distribuidora de gas hace rato que se dejó de preocupar por acompañar el crecimiento de la demanda.

La copiosa nevada de días atrás puso sobre el tapete una situación novedosa: ya no sólo los barrios históricamente relegados se ven en aprietos cuando el frío aprieta… Las limitaciones en las redes de gas no impidieron que, en los últimos tiempos, la urbanización creciera más allá de su alcance. En consecuencia, sectores de clase media y más adinerados, avanzaron hacia la construcción de elegantes domicilios que se entibian a través de electricidad, leña o gas envasado.

Ahora bien, durante la reciente crisis, el servicio eléctrico sufrió un duro golpe que incluso en sectores del oeste, prolongó los cortes por espacio de una semana. La situación se tornó poco menos que dramática en lugares donde el abastecimiento de agua potable depende de bombeos eléctricos. Días y días sin electricidad y sin agua son incomprensibles para una ciudad que se pretende estrella en el horizonte turístico de un país que integra el G-20.

Para acentuar más las carencias y por cuestiones que tienen que ver con el predominio del mercado en desmedro de los intereses públicos, la circulación de garrafas y tubos mermó de manera considerable en los últimos tiempos, porque supuestamente ya no es más negocio para las firmas que antaño se consagraban a esa actividad. Hace años que en Bariloche sólo existe una comercializadora que recibe cargas de una cooperativa sita en El Bolsón.

Ocurre que, precisamente, cuando se registran nevadas de proporciones considerables, la Ruta 40 hacia el sur suele sufrir cortes que alejan aún más a los usuarios de su calefacción. La que se vale de leña no sólo es sumamente onerosa en esta ciudad, además no tiene nada de sustentable. Un poeta local que conoce muy de cerca las postergaciones de los sectores populares suele afirmar que “no hay nada más caro que ser pobre en Bariloche”.

Por estos días, se escuchan frases temerarias desde los medios de comunicación, a través de algunas comunicadoras o comunicadores que no entienden dónde viven. Por ejemplo, se reclamó un plan masivo de apeo, tanto en los espacios públicos como en los domicilios particulares, incluso a través de multas a los vecinos que no cumplan con los lineamientos de ese supuesto programa.

Cualquiera que conozca la historia reciente de esta ciudad sabrá que, en las últimas dos décadas, el crecimiento fue poco menos que explosivo, incluso en dirección al oeste boscoso. Carente de planificación, las demandas inmobiliarias y urbanísticas se llevaron por delante todo resguardo ambiental, ante la virtual ausencia del Estado en su jurisdicción municipal, siempre pequeño ante la magnitud inasible de los intereses económicos.

Los resultados de esa extensión hacia las zonas boscosas del ejido barilochense están a la vista: viviendas sin acceso a redes de gas, sin redes de agua y en entornos ambientalmente frágiles, que padecen tanto ante precipitaciones fuertes como ante las sequías veraniegas. Es muy fácil achacar responsabilidades a los sucesivos gobernantes porque no atinaron a planificar el crecimiento exorbitante de la localidad pero, ¿qué sucede en el ámbito de la sociedad civil?

¿Cuántas veces vimos retroexcavadoras que, en el afán de “limpiar” terrenos, arrasaron arbustos y bosque nativo a la manera de las provincias norteñas? ¿Cuántos fueron los propietarios que, probablemente llegados de latitudes más llanas, quisieron emparejar sus lotes y no trepidaron en cortar laderas? No será con más agresiones al ambiente que Bariloche podrá defenderse de las inclemencias naturales. Más bien, habrá que calcular con más detenimiento qué implicancias tiene vivir en la montaña y el bosque. La nieve está aquí mucho antes de 1902.

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