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Poner a resguardo la urbanización

Durante mucho tiempo, vocablos como urbanidad o urbanización fueron sinónimos de progreso, de bienestar material o de comodidad. Pero en la segunda década del siglo XXI, hay que tomar precauciones. Según establece UNICEF, “la experiencia urbana conlleva muy a menudo la pobreza y la exclusión. Aproximadamente una tercera parte de la población urbana del mundo vive en tugurios y en África esa proporción es superior al 60”.


La organización internacional llama así a los asentamientos que en Buenos Aires y las grandes ciudades del país se denominan “villas miseria” o eufemísticamente, “villas de emergencia”. En la realidad patagónica, sabemos que muchos de los “asentamientos” que se apiñan en la periferia de las ciudades, comparten características similares: ausencia de servicios públicos, precariedad en la vivienda, irregularidad en la tenencia de la tierra y otros rasgos.

Lejos estamos de un fenómeno exclusivamente nacional. UNICEF proyectó que cerca de 1.400 millones de personas vivirán en asentamientos precarios y “tugurios” en 2020. En ese marco, las dificultades que enfrentan los pobres se agravarán a raíz de factores como la ilegalidad, la participación limitada en la toma de decisiones y la falta de seguridad en la tenencia de la tierra urbana.

Por otro lado, sabemos que la discriminación por razones de género, origen étnico, raza o discapacidad, subrayan la exclusión. Si bien UNICEF aclara que no todos los pobres urbanos viven en barrios marginales y que no todos los habitantes de un barrio marginal son pobres, “los asentamientos precarios son una expresión de la privación y la exclusión”. También, una respuesta práctica ante los dos fenómenos.

La definición de “urbanidad” no es igual en todos los países y además, puede adquirir significados diferentes en sucesivos momentos de la historia, circunstancia que dificulta las comparaciones. Una zona urbana se puede definir a partir de criterios administrativos o límites políticos, por ejemplo, al formar parte de una determinada jurisdicción municipal. También, a partir del tamaño de la población, la densidad demográfica o la función económica.

Al comenzar la década en curso, vivían en zonas que se consideraban urbanas 3.500 millones de personas. El tema es que al carecer de una vivienda adecuada o de seguridad en la tenencia a raíz de las políticas económicas y sociales en vigencia, los sectores empobrecidos tienen que recurrir al alquiler, a la construcción de viviendas ilegales y muy frecuentemente, improvisadas. También hay que tener en cuenta la incidencia que tiene en el fenómeno la inequidad de las reglamentaciones sobre el uso y la gestión del suelo.

Como correlato, las condiciones de hacinamiento e insalubridad facilitan la transmisión de enfermedades, especialmente neumonía y diarrea, las dos principales causas de muerte entre los niños menores de 5 años a escala planetaria. Los brotes de sarampión, tuberculosis y otras enfermedades que se pueden evitar a través de vacunas, también son más frecuentes en los “tugurios”, donde la densidad de población es alta y los niveles de inmunización son reducidos.

Las personas que viven en barrios marginales se enfrentan con frecuencia a la amenaza del desalojo y a los malos tratos que derivan incluso, de la intención de las autoridades de “limpiar” las zonas. Los desalojos causan trastornos importantes y pueden destruir sistemas económicos, sociales y redes de apoyo que suelen funcionar desde hace tiempo. Dice UNICEF que entonces, es preciso prestar atención para minimizar el grado en que la realidad y el miedo a los desplazamientos pueden perturbar la vida de los niños. Juntos con los adolescentes, aquellos se encuentran entre los miembros más vulnerables de una comunidad y suelen sufrir de manera desproporcionada la pobreza y la falta de equidad. Además de los niños y niñas pobres de los tugurios, los que viven y trabajan en la calle, los que fueron objeto de trata y los que trabajan, merecen una especial atención para que lleguen a su alcance soluciones específicas.

La experiencia de la infancia es cada vez más urbana. Más de la mitad la población mundial -incluidos más de mil millones de niños y niñas– viven en ciudades grandes y pequeñas. Aunque desde hace tiempo las ciudades se asocian con el empleo, el desarrollo y el crecimiento económico, la verdad es que cientos de millones de niños y niñas en las zonas urbanas crecen en medio de la escasez y las privaciones.

No obstante, una mejoría es posible y se torna impostergable, ya que cada año la población urbana mundial aumenta alrededor de 60 millones de habitantes. Se calcula que en 2050, 7 de cada 10 personas vivirán en ciudades grandes y pequeñas. Es de esperar que la desigualdad no aumente en la misma proporción. Y como ciudad que no deja de crecer, Bariloche tiene que tomar nota de las tendencias.

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