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Basta de ensayos nucleares

No hace falta esperar que Corea del Norte y Estados Unidos finalmente se vayan a las manos para preocuparse severamente por la situación que se registra en aquella península lejana: los ensayos nucleares liberan radiactividad capaz de afectar la vida humana, aunque nadie declare formalmente una guerra. Hace rato que se tiene esa certeza y el sismo que produjo la más reciente detonación norcoreana es sólo su consecuencia más visible.


Al momento de redactar estas líneas, trascendía que el estallido que Pyongyang dispuso concretar el último domingo se ubicó entre los 50 y los 120 kilotones. Si bien los especialistas occidentales aún dudan en confirmar que se tratara de una bomba de hidrógeno, en cambio admiten que fue el ensayo más poderoso de los que hasta el momento, produjo el cada vez más desconcertante régimen.

Las estimaciones se realizan a partir de las mediciones sismológicas que pudieron efectuar diversos organismos. Entre coreanos del sur, japoneses y noruegos, estimaron que osciló entre los 50 y los 120 kilotones y más allá de las diferencias, los cálculos sirven para concluir que en el último año, las armas nucleares norcoreanas quintuplicaron su potencial destructivo, inclusive si sólo se considerara la probabilidad más baja.

Los observadores occidentales desconocen hasta qué punto avanzó la miniaturización de la tecnología militar en Corea del Norte, aspecto que resulta imprescindible para montar una bomba como la detonada en la cabeza de una proyectil de largo alcance. Como se sabe, en sus periódicas bravatas las autoridades norcoreanas avisaron que su armamento nuclear tiene capacidad para llegar a Estados Unidos.

Pero más allá de la presente escalada, hay que recordar que a partir de 1945, cuando se llevó a cabo el primer ensayo nuclear, se concretaron casi dos mil pruebas similares, sin que sus impulsores prestaran demasiada atención a sus efectos sobre la vida humana. Tampoco se estudió la precipitación radiactiva que deriva de los ensayos atmosféricos. Poco más de 70 años después de aquel inicio, se conocen con suficiencia los efectos trágicos y aterradores que siguen a los ensayos nucleares.

Las consecuencias fueron especialmente graves cuando se produjeron fallos en los controles y más aún en los tiempos recientes porque al lado de las armas atómicas de la actualidad, la bomba de Hiroshima puede considerarse un artefacto artesanal. Con el objetivo de captar la atención sobre la gravedad de este asunto, el pasado 29 de agosto se conmemoró el Día Internacional contra los Ensayos Nucleares.

La conmemoración data de 2009, cuando la Asamblea General de la ONU puso de relieve la necesidad de accionar de manera unificada. La resolución pertinente se aprobó por unanimidad, una rareza para esos ámbitos diplomáticos. No obstante, a pesar del acuerdo general respecto de la declamación, una década después de su celebración, el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares aún no entra en vigor.

La iniciativa corrió por cuenta de la República de Kazajistán, ex integrante de la Unión Soviética, porque los kazakos no necesitan que nadie les cuente qué tan grave resulta convivir con ensayos nucleares. En su actual jurisdicción estuvo el polígono de Semipalatinsk, que precisamente se clausuró el 29 de agosto de 1991. A su solicitud, la ONU alienta a informar sobre la necesidad de prohibir los ensayos de armas nucleares, como paso importante hacia un mundo más seguro.

Según la ONU, “un mundo libre de armas nucleares sería un bien público global de mayor prioridad” pero a la luz de los últimos acontecimientos, tal aspiración asume el rango de quimera. No sólo por la vertiginosa carrera norcoreana sino porque en términos reales, en los últimos 20 años no se avanzó hacia el objetivo del desarme nuclear. Inclusive, la creciente tirantez entre Rusia y Estados Unidos debería convertirse en motivo de preocupación global.

En aquel polígono kazako se practicaron nada menos que 450 ensayos nucleares pero el “legado venenoso” se extendió por Asia Central, África del Norte, América del Norte y el Pacífico Sur, según la contabilidad de la ONU. Recientemente, en su discurso ante la Conferencia sobre Desarme, el secretario general de la entidad subrayó que si bien las cuestiones de seguridad son cada vez más complejas, no hay lugar para la inacción y el cinismo.

Puntualizó António Guterres que “aunque los desafíos persisten, especialmente debido al deterioro de la seguridad internacional, el aumento del gasto militar y la tendencia estratégica al desarrollo de armas nucleares, se han producido algunos avances en 2017: la aprobación del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares” aparece como el más sustantivo, después de casi dos décadas de inactividad. Sin embargo, hasta que no desaparezcan las armas nucleares de sus respectivos arsenales, será necesario manifestarse contra los ensayos nucleares, al igual que trabajar por la paz y la seguridad.

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