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Realzar la dignidad de la mujer indígena

El 5 de septiembre de 1983, el Segundo Encuentro de Organizaciones y Movimientos de América instituyó el Día Internacional de la Mujer Indígena, que se conmemoró en la víspera. Se eligió la fecha en homenaje a Bartolina Sisa, valerosa mujer aimara. Al oponerse a la opresión de los conquistadores, fue brutalmente asesinada y descuartizada durante aquella jornada de 1782 en La Paz.


Para contribuir a la gestación de una conciencia rica en diversidad cultural, traemos a colación determinados pasajes de la historia regional, que ayudan a echar luz sobre el pasado de estas latitudes. Se trata de la visión que ciertos viajeros experimentaron en torno a las mujeres indígenas, mapuches en algunos casos y tehuelches en otros. Se busca poner de relieve las raíces ancestrales de muchas de las personas que viven en Bariloche y la Patagonia.

Al inglés George Musters, que unió Santa Cruz con las tierras de Sayhueque entre 1869 y 1870, le llamó particularmente la atención la belleza de una de las hijas del “lonko” Foyel. El marino británico viajaba junto a un grupo de “tehuelches” que venía a parlamentar con los “manzaneros” de Neuquén. A la altura de la actual Ñorquinco, Musters se topó con los mapuches, con quien entabló buenas relaciones. Allí conoció al líder que pasaría por el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

Después de la fiesta que selló el encuentro entre mapuches y tehuelches, Musters escribió: “Al otro día de la francachela, como la carne escaseara, comí en el toldo de Foyel parte de una pequeña torta de maíz y un postre de manzanas y piñones; comida en que hizo los honores la hija de Foyel, linda muchacha de diez y ocho años con largos cabellos negros y sedosos, que su doncella, una chica tehuelche cautiva, tenía que peinar diariamente como obligación especial. Esa señorita no se humillaba nunca haciendo algún trabajo doméstico, aunque de vez en cuando aplicaba sus delicados dedos a la aguja; su dote de cerca de ochenta yeguas, y la influencia de su padre, hacían de ella, como es natural, un partido muy deseable; pero, hasta el momento de mi partida, la niña había ejercido el privilegio de una heredera rechazando todos los ofrecimientos. Esa tarde estaba muy agitada, porque había perdido una manta nueva y varios otras prendas de valor, robadas indudablemente por los tehuelches”.

Raúl Rey Balmaceda, comentarista de la obra de Musters que rehízo su itinerario a mediados del siglo XX, aclaró en sus estudios que “esta hija de Foyel vivió posteriormente en el Museo de La Plata, donde falleció el 21 de septiembre de 1887; en concordancia con lo expresado por Musters mostraba un carácter dulce y alegre”. Dos años atrás, después de más de un siglo de sufrir humillaciones en ese establecimiento, sus restos encontraron descanso en la comunidad mapuche Las Huaytekas, a unos 90 kilómetros de Bariloche.

Eurocéntrico al fin, aunque menos exacerbado que otros de su tiempo, el marino inglés también se admiró de las costumbres de las tehuelches. “Las mujeres jóvenes son con frecuencia bien parecidas; ostentan mejillas rosadas, llenas de salud, cuando no las cubren con pintura. Son de porte modesto, aunque muy coquetas, y tan prácticas en el galanteo como si hubieran sido educadas en una sociedad más civilizada (sic). La viuda linda que estuvo a punto de echar el gancho al inglés (habla de sí mismo) podía en oportunidad pedir ayuda tan zalameramente como una joven dama en imaginarias dificultades”.

Pero no había sido la parcialidad de Foyel la primera mapuche que Musters encontrara en su marcha junto con los tehuelches. En un sitio al Norte del actual emplazamiento de Esquel, el inglés y su grupo se encontraron con las tolderías del “lonko” Quintuhual y allí también el marino observó a las “damas araucanas”. Escribió: “Después de despedirme de mis nuevos amigos, diciéndoles no ‘adiós’ sino ‘hasta más ver’, volvía a nuestro campamento cuando me llamaron de un toldo donde estaban sentadas cuatro mujeres cosiendo mantas. Una de ellas, vieja y fea, que parecía ser de la tribu pampa, hablaba el español y me dijo que había estado antes en Río Negro con el cacique Chingoli. Actuaba como intérprete de las otras, tres muchachas altas y rollizas, hijas de un hermano de Quintuhual que era capitanejo de la partida. Estaban vestidas lúcidamente con ponchos de varios colores, y habían ceñido con pañuelos de seda sus cabellos finos y brillantes, divididos en dos largas trenzas, que hacían resaltar encantadoramente sus rostros frescos y despejados”. Más allá de cierto tono frívolo, no perdamos de vista el origen del homenaje y los increíbles padecimientos que durante siglos, sufrieron las mujeres indígenas de América. Tampoco sus gestos dignos, como los de Bartolina Sisa.

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