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Inspirarse en los orígenes para valorar la salud pública

Cuando se reflexiona sobre los orígenes de la vida independiente en la Argentina, se traen a colación sucesos políticos y militares. Pero, ¿qué fue de otras ramas del incipiente acontecer estatal? Por ejemplo, ¿cómo se ejercía la medicina en las Provincias Unidas? ¿Hubo instituciones o todo quedó librado al esfuerzo individual de los facultativos? En un rastreo sobre esos comienzos, nos cruzaremos con un apellido que la gente referencia, sobre todo en Buenos Aires porque le da nombre a un par de nosocomios: Argerich.


A fines del siglo XVIII vivía en la zona el coronel Francisco Argerich, quien se desempeñó como médico de los jesuitas. Si tenemos en cuenta que éstos fueron expulsados al momento de crearse el virreinato, antes de 1776 ya ejercía la medicina el primero de los Argerich. En aquel período, se organizó la institución que las autoridades denominaron Protomedicato, para regular la manera en que debían ejercer su tarea los médicos.

Con la pomposidad de la época, se creó el cargo de “Protomédico General y Alcalde Mayor de todos los facultativos en Medicina, Cirugía y Farmacia en todos los distritos del virreinato”. Hacia 1780, al coronel Argerich le tocó marchar hacia el Alto Perú, como jefe médico de la expedición que partió de Buenos Aires para sofocar el levantamiento de Túpac Amaru. Ostentaba el título de cirujano mayor de los ejércitos del rey.

Francisco fue el papá de Cosme, que vino al mundo en Buenos Aires el 26 de septiembre de 1758. En 1776 marchó a España y seis años después accedió al título de Medicina del Gremio y Claustro de la Real y Pontificia Universidad de Cervera (Barcelona). Allí se casó y comenzó a ejercer la profesión pero no demoró mucho en regresar a Buenos Aires, donde recibió la designación de Médico del Colegio de Huérfanos. Al tiempo, se convirtió en el Primer Examinador del Protomedicato.

Durante dos años, tuvo que esmerarse para enfrentar un brote de viruela que tuvo a mal traer a Buenos Aires. En forma simultánea, redactó las Ordenanzas del Real Colegio de Medicina y Cirugía de Buenos Aires. Con el despuntar del nuevo siglo, Cosme publicó un artículo en el “Telégrafo Mercantil” donde recomendaba la vacunación antivariólica. No mucho tiempo después, le tocó protagonizar una circunstancia poco usual: al desempeñarse como profesor de la carrera de Medicina, tuvo como alumno a su propio hijo, Francisco Cosme.

Cuando los británicos intentaron adueñarse de Buenos Aires, sirvió como médico jefe en el Hospital de la Caridad, donde se recibía a los que caían en el combate. Como tantos abogados, soldados y frailes, Argerich participó de las jornadas de Mayo, inclusive tomó parte en el Cabildo Abierto del 22. Hubo que esperar hasta 1815 para que se pudiera abrir un curso de medicina. No obstante, el Protomedicato continuó en funcionamiento, como auténtico guardián de la salud pública y garante de la profesión médica.

En 1812, el gobierno de las Provincias Unidas delegó en Cosme Argerich, Luis Chorroarín y Diego Savaleta la misión de desarrollar un plan de estudios y de educación pública en un colegio de ciencia a crearse, pero el plan no prosperó. Sin embargo, en marzo de 1813 la Asamblea decidió crear la Facultad Médica y Quirúrgica. El 9 de abril de 1813 Argerich recibió la nominación de catedrático de medicina “por cuanto se ha creído indispensablemente necesario realizar en esta ciudad un plan de estudios de medicina y cirugía que proporcione a la juventud acontecimientos e ilustración de los objetos de tanta importancia que comprende”.

El plan que tenía al médico como autor era de 6 años. Pero como todavía no llegaban los tiempos de tranquilidad institucional, en mayo del mismo año la Facultad Médica y Quirúrgica pasó a denominarse Instituto Médico Militar, porque nadie más que los ejércitos necesitaban cirujanos. También fue su director Cosme Argerich, quien designó a su hijo Francisco Cosme como uno de sus colaboradores.

Siguió trabajando en Buenos Aires y elevó al gobierno un Reglamento de Medicina Militar para aplicar en el instituto. Los cursos arrancaron en 1815. Más tarde, Argerich también tuvo que ver con las facetas médicas del Ejército de los Andes. Dejó de existir en 1820, pero ya había dejado sentadas las bases sobre las cuales luego prosperaría más tarde la medicina argentina.

Es una auténtica lástima que la salud pública no experimentara las mejoras y avances que se registraron en otros ámbitos de la actuación estatal durante la década que hipotéticamente se ganó. Ahí están las permanentes falencias del Hospital Zonal Bariloche como irrefutable testimonio. Evidentemente, la prioridad que tuvo la sanidad en los albores de la vida independiente, no se corresponde con el lugar que ocupa en nuestros tiempos.

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