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Ponerle precio al sobreconsumo

¿En qué Bolsa cotizan las emisiones de gases de efecto invernadero? ¿Hay algún índice que registre en forma cotidiana la evolución de los bosques? Las calificadoras de riesgo, ¿cómo interpretan que se pueda circunnavegar el Ártico sin necesidad de utilizar rompehielos? ¿Y las sequías y las inundaciones? Así como hay medios que se especializan en economía y finanzas, ¿existe alguno que se dedique exclusivamente a la más profunda crisis que atravesamos?


La información está disponible para quien quiera considerarla. Si la actividad económica global mantiene su ritmo actual de consumo, a comienzos de la década de 2030 hará falta otro planeta para responder a su ritmo, según dio a conocer el informe “Planeta Vivo” de la WWF a comienzos de esta década. La ONG prefiere referirse a humanidad y consideramos que en la utilización de esa categoría hay una trampa considerable…

Quienes básicamente deben reducir en forma sustancial sus pautas de consumo son los países desarrollados y los denominados emergentes, como China o India, porque nadie tiene derecho a exigirle menos demanda de bienes a somalíes, etíopes, camboyanos, haitianos, bolivianos, guyaneses y demás habitantes de países periféricos. Las diferencias en materia de consumo entre los países del Sur y los del Norte son estratosféricas.

¿Se acuerda del conflicto por las pasteras que se instalaron sobre el río Uruguay? En aquellos momentos, trascendió que la demanda europea o estadounidense multiplicaba por 10 y hasta por 20 el consumo uruguayo o argentino de los productos que derivan de la pasta de celulosa. Entonces, no hay que diluir responsabilidades al utilizar el término “humanidad”. Sin embargo, es verdad que si no torcemos entre todos el curso de los acontecimientos, en un lapso más breve del que se calculaba estaremos fritos.

No salió en la portada de ninguno de los diarios importantes, como sí ocurrió cuando cayó alguno de los gigantes bancarios, pero el 23 de septiembre de 2008 pasó a la historia. Ese día no quebró ninguna entidad crediticia ni aseguradora, fue el planeta como entidad que suministra bienes y servicios la que entró en quiebra, ya que su capacidad de producción y absorción de contaminación se agotó.

En efecto, la tasa de consumo global supera en 40 por ciento la tasa de regeneración de la Tierra. En consecuencia, nos metimos en un auténtico brete del cual algunos líderes mundiales no parecen tener conciencia. Ya sabemos que (no) piensa sobre la temática el actual ocupante de la Casa Blanca. En cambio, no sabemos qué tan preocupante es el horizonte para las autoridades rusas, indias o sudafricanas, es decir, tres de los integrantes del BRICS.

En Europa existe una mayor conciencia sobre la necesidad de reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero, pero tampoco es para descorchar. La crisis tiene que ver con el sobreconsumo y nos conduce directamente hacia un desastre ecológico que como todos, tendrá irreversibles consecuencias económicas y sociales. Quienes hablan habitualmente de la marcha de la economía global, soslayan la relación entre el sobreconsumo y el predominio del capital especulativo, que es por otro lado, resultado y factor de retroalimentación de la sobreproducción.

Cada vez se produce más, se concentra también más y se especula sobre elementos que no existen. Todo en aras de la multiplicación indefinida de las ganancias. Sin embargo, habría que redefinir qué se entiende por ganancias. Los procesos de crecimiento, ¿redundan en mejores condiciones de vida para el conjunto de la población? ¿O más bien, ensanchan la brecha entre los más ricos y los más pobres? Además, ¿no es verdad que multiplican el número de hambrientos, como admite la FAO periódicamente?

La producción global de bienes y servicios se lleva a cabo a un ritmo que insume los recursos finitos de la Tierra y ya se agotó su capacidad de regeneración y absorción de la contaminación. Frente a tamaño cuadro, la respuesta es todavía la hipocresía. Cuando en 2007 comenzó la debacle financiera en Estados Unidos, mucho se discutió en qué medida ésta se trasladaría al mundo de la economía real. Pocos aventuraban el carácter drástico que después adquirió.

Con la crisis ecológica, no hay margen para las especulaciones: las alteraciones climáticas ponen en riesgo la vida y las condiciones de existencia de millones de personas. Sin contar que las especies animales y vegetales adquirieron una velocidad de extinción pasmosa. ¿Qué esperábamos? Si las fuentes de agua potable se tornan escasas o se agotan, si los suelos pierden fertilidad, si la vida en los océanos disminuye en forma ostensible y si la biodiversidad terrestre también se angosta, ¿hasta cuándo habrá que aguardar el salvamento de las grandes potencias? Será infinitamente más sabio ponerse en acción porque en verdad, no hay otra chance.

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