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Guardaparques para el siglo XXI

El 9 de octubre de 1934 se sancionó la Ley 12.103 que creó la Dirección de Parques Nacionales. La norma también instituyó dos áreas naturales protegidas, hasta entonces figuras inéditas para la República Argentina. En forma simultánea, impulsó que el primer directorio de la institución formara un cuerpo de guardaparques. De ahí que en la jornada correspondiente a la fecha de cada año, se conmemore el Día del Guardaparque Nacional.

La repartición que antecedió a la actual Administración de Parques Nacionales, debía distribuir estratégicamente al personal para que asumiera la responsabilidad de ejercer tareas de conservación. En aquellos tiempos todavía no se hablaba de biodiversidad genética y la humanidad estaba todavía lejos de superar la capacidad de regeneración de la Tierra en materia de recursos, pero sí se apreciaban las bellezas escénicas.

Se advertía que a pesar del predominio de la lógica de la producción, se tornaba necesario preservar elementos del patrimonio natural. Más tarde, el criterio se extendió a los rasgos de la cultura material, también susceptibles de protección. Con aquel cometido, en primera instancia se practicó una selección entre pobladores de la zona, tanto en Iguazú como en Nahuel Huapi. Como bien sabemos, Bariloche fue pionera en la experiencia.

La repartición incorporó gente baqueana, profundamente conocedora de la zona. En primera instancia, se consideraron valores como la adaptación a las características climáticas locales y a la existencia en soledad. Los primeros guardaparques también tenían que ser buenos jinetes o navegantes, según el parque nacional donde prestaran servicios. O ambas habilidades a la vez, además vocación de servicio para afrontar cualquier tarea de campo.

Más adelante en el tiempo, se sumó la posibilidad de brindar atención a los visitantes. En la actualidad, la función del guardaparque se cumple a través de su permanente presencia en la seccional que tiene a su cargo. Desde allí, emprende patrullajes terrestres y acuáticos para controlar la actividad de los pobladores que quedaron en la jurisdicción del área protegida que se trate.

También es función de los guardaparques fiscalizar la conducta de quienes acampan durante las temporadas turísticas o de los concesionarios de aprovechamientos forestales, con énfasis en la administración de la leña y en nuestras zonas, de la caña colihue. Por otro lado, en parques con espejos de agua, demanda una tarea considerable la fiscalización de la pesca deportiva.

Si bien en los últimos tiempos se instituyó un cuerpo específico, también es tarea inicial de los guardaparques prevenir y combatir los incendios forestales. De tanta responsabilidad y ante la versatilidad que se tornó necesaria con el paso del tiempo, la figura del guardaparque se constituyó en el emblema de la Administración de Parques Nacionales, al menos en el ideario de la mayoría de la gente.

En décadas recientes, la creación de nuevas áreas naturales protegidas y la ampliación de las superficies bajo vigilancia y fiscalización de la APN, implicó la necesidad de mejorar su funcionamiento y manejo. Así, se tornó impostergable capacitar, elevar las aptitudes profesionales y técnicas del personal, precisamente para atender la complejidad creciente que ofrece la conservación de los recursos naturales en jurisdicción argentina.

A pesar de su dilatada historia, recién en 1970 se institucionalizó el Servicio Nacional de Guardaparques. La norma que le dio origen le otorgó características “de fuerza pública” con actuación de “contralor y vigilancia en los Parques Nacionales, Monumentos Naturales y Reservas Nacionales”.

En la actualidad, los cursos tienen una capacidad limitada, así que hay un cupo anual que se reserva para becarios que llegan de las provincias o inclusive, del resto de los países latinoamericanos.

En los primeros tramos del siglo XXI y a partir de la dinámica que alcanzó la actividad económica, pareciera que si las tareas de conservación se limitaran a las áreas naturales protegidas, sólo el deterioro general quedaría garantizado. En consecuencia y para referirnos a la zona en la que vivimos, haríamos bien en considerar a cada terreno urbano un parque nacional en sí mismo. Desde esa perspectiva, todos deberíamos asumir la vocación de los guardaparques, salvo que nos dé lo mismo vivir en una ciudad cualquiera que a orillas del Nahuel Huapi.

Pareciera necesario que las partidas presupuestarias que se asignan a las áreas protegidas sean coherentes en su evolución con la cantidad de nuevas zonas y con los requerimientos que surgen de la permanente presión inmobiliaria y turística. Los desafíos que afrontan los parques nacionales y con ellos sus guardianes, no son los mismos que un siglo atrás. Ni siquiera son idénticos a 20 años atrás, ante los retos que plantea el calentamiento global. Saludemos a los y las guardaparques en su día y exijamos que sus funciones, se adecuen a los tiempos que con incertidumbre, nos toca vivir.

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