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Reeditar experiencias como la de Salvador Mazza

No sólo en la historia de la lucha contra el mal de Chagas, Salvador Mazza escribió una página destacada. Vino al mundo en un pueblo de la provincia de Buenos Aires y después de cursar sus primeros estudios en el colegio nacional del mismo nombre, en 1910 se graduó como médico en la UBA. Se doctoró allí y comenzó a desempeñarse como bacteriólogo del entonces Departamento Nacional de Higiene.

En el exterior, conoció e inició una gran amistad con el Premio Nobel de Medicina Charles Nicolle, entomólogo y bacteriólogo que cobró notoriedad por sus investigaciones sobre el tifus exantemático. Para el argentino, fue “el padre espiritual de todos mis trabajos”. En 1925, Nicolle llegó a la Argentina y apoyó a Mazza en su proyecto de crear un instituto que se ocupara del diagnóstico y tratamiento de las enfermedades endémicas del país, especialmente las de Noroeste.

Con ese cometido nació la Misión de Estudios de la Patología Regional Argentina (MEPRA), la institución más importante en ocuparse de las endemias propias, cuyo ejemplo todavía no se reedita. Precisamente, la página más trascendente de Mazza se escribió en el marco de la MEPRA y del Mal de Chagas. La enfermedad afecta todavía hoy a 24 millones de latinoamericanos y provoca 45 mil muertes en forma anual.

Genera el mal el parásito Tripanosoma cruzi, que llega al humano a través de la vinchuca. Se trata de un insecto que encuentra condiciones para su desarrollo y multiplicación en las deficientes estructuras habitacionales que todavía presentan vastas regiones de América. En el momento en que la vinchuca pica y succiona sangre en el humano, expulsa el parásito sobre la piel. La picazón y el rascado facilitan su penetración e ingreso al torrente sanguíneo.

La enfermedad se descubrió en 1909, gracias a la tarea del brasileño Carlos Ribeiro Justiniano das Chagas, por entonces un joven científico que trabajaba para el Ministerio de Salud Pública de Brasil, en el estudio de la presencia de focos de paludismo en el Nordeste. Mientras hacía ese trabajo, detectó enfermos que en la sangre presentaban un parásito tripanosoma, al cual denominó cruzi en honor a Oswaldo Cruz.

Fiel a las metodologías de entonces, Chagas consiguió infectar y reproducir en monos la enfermedad que él observaba en humanos, mediante la inoculación de tripanosomas que extrajo de la sangre de sus pacientes. Cumplió así los postulados clásicos para caracterizar a una enfermedad infecciosa: el aislamiento del germen, su asociación con manifestaciones y lesiones que se reiteran y finalmente, la reproducción de la enfermedad mediante su inoculación.

El mal es una enfermedad socioeconómica típica, que se vincula a la pobreza y el subdesarrollo, ya que existe una relación directa entre la proliferación de los insectos y las viviendas precarias donde pueden establecerse, alimentarse y multiplicarse. En 1912 Chagas presentó sus investigaciones en Buenos Aires, pero como su descripción de la sintomatología era parcialmente errónea, cayó en el descrédito y la comunidad científica argentina supuso que la presencia del parásito era casual. Hasta que Mazza precisó las informaciones y las dio a conocer a nivel mundial.

El argentino no se dejó impresionar por el transitorio fracaso de Chagas. A los datos del brasileño añadió sus propias investigaciones y sugirió la creación de un instituto que se dedicara a estudiar las enfermedades propias de la región. En 1928, con el apoyo de Nicolle, organizó la primera Sociedad Científica de Jujuy, entidad que cumplió ese cometido y que pronto tendría filiales en la mayoría de las provincias.

En 1928 se creó oficialmente la MEPRA, organismo que dependió del Instituto de Clínica Quirúrgica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Bajo su dirección, contó con un equipo multidisciplinario que se ocupó de todas las patologías regionales humanas y animales, con la concreción de múltiples actividades terapéuticas, de investigación y docencia. Entre sus funciones realizaba estudios de laboratorio para los casos clínicos, impulsaba y secundaba reuniones con los médicos de la zona en verdaderas jornadas de extensión, efectuaba medicina y cirugía experimental en animales, no descuidaba la docencia y atendía publicaciones.

Jamás hasta su creación se había encarado en la Argentina un relevamiento biológico de esa magnitud en el campo de las patologías regionales y con un equipo profesional multidisciplinario de calidad. Los logros de la Misión trascendieron las fronteras argentinas y se difundieron a países limítrofes, además de lograr reconocimiento en el exterior. La entidad no sólo ratificó la enfermedad cuando ésta se negaba, además logró grandes adelantos en el estudio de sus síntomas y lesiones. Mazza falleció un día como hoy, de 1946. Tanto el MEPRA como su labor se erigen en conductas a reeditar en el ámbito de la salud pública de la actualidad.

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