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La tolerancia es respeto

En general se entiende a la tolerancia como indulgencia y a veces, como indiferencia. Pero el concepto que quiere resaltar la comunidad internacional es el respeto. Tal es el criterio que la ONU se comprometió a fortalecer a través del fomento de la comprensión mutua entre las culturas y los pueblos, imperativo que aparece tanto en la Carta de las Naciones Unidas como en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.


En 2017, el Día Internacional para la Tolerancia que se conmemora hoy, se da en un contexto en el cual el extremismo y la violencia van en aumento, no sólo por parte de los grupos más radicalizados que gozan de prensa, sino también de varios gobiernos y sus fuerzas armadas. Los conflictos se amplían y se caracterizan por un menosprecio fundamental de la vida humana. En 1995, los países que integran la UNESCO adoptaron una Declaración de Principios sobre la Tolerancia que entre otras cosas, afirma que ésta no debe confundirse con indulgencia o indiferencia porque más bien, es respeto.

La tolerancia tiene que ver con el saber apreciar la riqueza y variedad que ofrecen las culturas del mundo y las distintas formas de expresión que caracterizan a los seres humanos. La tolerancia reconoce los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los otros. Como la gente es “naturalmente” diversa, sólo el valor que hoy resaltamos puede asegurar la supervivencia de comunidades mixtas en cada región del planeta.

Aquella proclama de 1995 describe a la tolerancia no sólo como un deber moral, sino como un requerimiento político y legal para los individuos, los grupos y los Estados. Está en el marco del derecho internacional sobre derechos humanos, que reconoce 50 años de elaboración. Señala que los gobiernos deben legislar para proteger la igualdad de oportunidades de todos los grupos e individuos de la sociedad.

Como contrapartida, la injusticia, la violencia, la discriminación y la marginalización son formas comunes de intolerancia. La educación es un elemento clave para luchar contra tales formas de exclusión y para ayudar a los jóvenes a desarrollar una actitud independiente y un comportamiento ético. La diversidad de religiones, culturas, lenguas y etnias no debe ser motivo de conflicto sino más bien, una riqueza que todos y todas puedan valorar.

Desde la ONU está en vigencia la campaña “Juntos”, que tiene como objetivo promover la tolerancia, el respeto, la seguridad y la dignidad en todos los rincones del planeta. La iniciativa asume como metas reducir las percepciones y las actitudes negativas hacia los refugiados y los migrantes, además de fortalecer el contrato social entre aquellos y los países o comunidades de acogida.

Desde ya, la lucha contra la intolerancia exige un marco legal. En consecuencia, los gobiernos deben aplicar las leyes sobre derechos humanos, prohibir los crímenes y las discriminaciones contra las minorías, independientemente de que se cometan por organizaciones privadas, públicas o individuos. El Estado también debe garantizar un acceso igualitario a los tribunales que imparten justicia, a los responsables de garantizar el cumplimiento de los derechos humanos y a los defensores del Pueblo, para evitar que las posibles disputas se resuelvan a través de la violencia.
No obstante, como en cualquier otro ámbito, las leyes son necesarias pero no suficientes para luchar contra la intolerancia y los prejuicios individuales. Aquella nace frecuentemente de la ignorancia y del miedo a lo desconocido, al otro, a culturas, a naciones o religiones distintas… También contribuye un sentido exagerado del valor de lo propio y de un orgullo personal, religioso o nacional que se exacerba desde edades muy tempranas.

De ahí que sea necesario poner énfasis en la educación y enseñar la tolerancia y los derechos humanos a las niñas y niños, para animarles a tener una actitud abierta y generosa hacia el otro. Pero la educación es una experiencia vital que no empieza ni termina en la escuela. Los esfuerzos para promover la tolerancia a través de la educación no tendrán éxito si no se aplican a todos los grupos en todos los entornos: en casa, en la escuela, en el lugar de trabajo, en el entrenamiento de las fuerzas de seguridad, en el ámbito cultural y en los medios sociales.

Como está a la vista en la Argentina desde comienzos de año, la intolerancia es especialmente peligrosa cuando individuos, grupos o gobiernos la usan con fines políticos o territoriales. Identifican un objetivo y desarrollan argumentos falaces, manipulan los hechos y las estadísticas y mienten a la opinión pública con desinformación y prejuicios. La mejor manera de combatir estas políticas es promover leyes que protejan el derecho a la información y la libertad de prensa, entre otras medidas.

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